Se marchó el escritor del amor, de la vocación por las cosas sencillas, por los sentimientos intensos y nítidos, sin apenas pliegues, como su pasión por el paisaje. Miguel Delibes conocía al bicho y sus pasiones primarias e inconfundibles para el cazador. Delibes desembozaba pasiones hasta encajarlas en la mirilla de su escopeta, en el lápiz de su literatura. Acechaba al bicho y desentrañaba las pasiones primeras del hombre, sus impulsos sencillos, para volcarlos en sus personajes. Los cazadores son grandes expertos de la muerte, a la que temen y por eso, en su literatura, la visitan con tanta frecuencia. Para Delibes todos fuimos bichos primarios sometidos a los impulsos básicos de vida y muerte y en el caso de los hombres, impulsos atemperados por el significante del amor.
La cartografía medular de la prosa de Miguel Delibes está presente en toda su obra. Jamás se aparta de ella. Su norte era el bien y el amor y sus protagonistas los arrinconados por el desamor y la desatención. Lo que en sus coetáneos eran clases sociales humilladas por la historia, laminados por el rotor económico, desheredados del capitalismo, en Delibes, sus protagonistas, estaban uncidos cardinalmente al peor de los destinos: el desamor, las palabras escamoteadas y la simulación social. En Los Santos Inocentes pesaba más el desamor, los pecados de soberbia de los señores con la servidumbre que la opresión económica. Pesaba más la resignación del humilde, la desdicha emocional que la tiranía económica y social. A Azarías le preocupa el destino de su grajilla que cría con celo, su ¡Milana bonita! A su señor le preocupa, exclusivamente, su propia soberbia. Miguel Delibes escribía sobre todo aquello que cabía en la mirilla y podía ser abatido con sus palabras. No escribía, cazaba.
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