OPINIÓN
Matrimonio por placer
Antonio Yuste | 16·03·2010 | 00:00

En las arias de las operas de Rossini, Bellini o Donizzeti, grandes maestros de la bufa, de la ópera cómica, la burguesía del XIX buscaba respuesta para la pregunta de si era posible una relación entre el hombre y la mujer presidida por el amor. El Barbero de Sevilla, basada en la obra de Pierre-Augustin de Beaumarchais, estrenada por Rossini en febrero de 1816, constituyó un escándalo de proporciones mayúsculas al hacer triunfar el amor, logrando que el conde Almaviva pudiera contraer matrimonio con su amada Rosina, pupila de un viejo doctor insensible al amor. Es el triunfo de los ideales románticos donde el matrimonio tenía que ser necesariamente el resultado del amor. Del ideal de matrimonio como compromiso, donde el afán de lealtad es una fuerza noble que forma el carácter y estructura el deseo de un compañero pleno en una unión perdurable, se pasó, poco a poco, a un ideal de matrimonio que incluyera la mutua atracción y la pasión correspondida. El matrimonio que solo era compromiso, con frecuencia fruto de un pacto familiar, fue dejando paso al matrimonio deseado.

Y desde entonces, hasta ahora, la institución matrimonial ha sufrido numerosas transformaciones hasta convertirse, doscientos años después, en una institución efímera, a la que se le exige que satisfaga numerosas expectativas sin contrapartidas de ningún tipo, ni en forma de compromiso, ni en forma de amor romántico. Del matrimonio, institución a la que todo se le opone, empezando por la Hacienda Pública, se espera acomodo material (económico); acomodo espiritual o reserva energética para que cada parte realice sus deseos individuales a menudo dispares y abiertamente contradictorios; acomodo químico para que cada parte consume sus expectativas hormonales; y acomodo social, para que las partes integrantes proyecten con éxito la imagen pública que quieren para sí mismos (no para la otra parte). El matrimonio, 200 años después, es una institución bajo sospecha incapaz de satisfacer, gratuitamente, las enormes expectativas que soporta. Se le ha vaciado de nutrientes y, ahora, sin la energía del compromiso, del mutuo reconocimiento, sin salvavidas, está en fase de asfixia. Del matrimonio por compromiso hemos pasado al matrimonio por placer del que se espera mucho a cambio de menos que poco.


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