«Las calles con nombres terribles —de la Misericordia, de Santa Cruz, de los Moros, de la Tripería— se llena de feroces bienaventurados que toman, para disimular los sabores habituales del vino, un brebaje que llaman Sangría de Cristo, en el que se mezclan con el vino de aguja que viene de Valdevimbre o de Villamañán de los Oteros, el romero del campo seco o los clavos o las baya de enebro, la ramas de canela, los zumos de los limones más ácidos y el azúcar negro, de pilón, sin faltar los que le añadían los demonios iracundos del aguardiente de quemar. Huelen las calles a flores agotadas, a seno de cirios baratos para las ‘ofrecidas‘, a vino bravo, a sangría incendiaria. A judío muerto de dos mil años. De vez en cuando suenan voces, que no cánticos, porque es de herejes cantar cuando el Cristo es muerto. Y en el recodo más hondo, un cristiano viejo, que anda matando judíos desde el primer albor, arroja los cadáveres por la boca, con náuseas que retuercen las tripas. “La ley santa que mantengo/y la enemistad crecida/que al rito judaico tengo”. Se calcula en más de cien mil cántaros los judíos muertos». (Victoriano Crémer).
La sangría es dulce, como dulce es el sabor de la sangre y aún más de la sangre reposada. Beber sangría, en la Pascua, la sangre de Cristo derramada por todos los hombres, es beber sangría, antiquísima tradición leonesa de más 1.000 años, un acto que es de devoción y también metáfora (áspera y torcida), la que se cumplía bebiendo la que bien podía ser la sangre de los supuestos sicarios de Cristo. La sangría se bebió siempre, se hacía en la Pascua, y algunos, muy pocos, la bebieron metafóricamente, para matar dizque judíos. La sangría de verano es una utilidad reciente, novísima, de la antiquísima y siempre presente sangría. Y la Limonada —cielo santo— es el término reciente, de inspiración laica, que se usa, precisamente en las Tierras de León, para malnombrar una bebida, afluente directa de la fe, y que ha devenido en un bebedizo hecho con soberbia y con nada. Beber sangría es beber herencia, lo que siempre se ha hecho y se sigue haciendo sin necesidad de matar a nadie. La limonada jamás, en ningún confín, desde que se conoce, se hizo con vino. Muy recientemente, en León, meseros y criados, paradojas del destino, animados por algún plumilla, juramentados contra la historia y rendidos por la ignorancia, sin fe, deshonrando el buen hacer gastronómico, dieron en llamar limonada (una poción imposible) lo que siempre fue y sigue siendo ’sangría’.
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