El Púgil: IDEAS Y PROPUESTAS · Mensual
VIVIMOS EN UNA ERA AMBIGUA
Esto (ya) es el futuro
Existen síntomas de un tiempo, hechos que hablan muy a las claras sobre lo que está sucediendo en un momento que, curiosamente, parece haber sobrepasado ese pretendido y agorero “fin de la historia” (occidental en todo caso, claro). Las cosas cambian para seguir siendo iguales, y el análisis histórico (o de claves históricas) sigue ofreciendo multitud de respuestas; aunque lo cierto es que eso no es ninguna novedad: échese un vistazo sino a esa visión terriblemente esclarecedora de Foucault en aspectos como la locura, el sexo o el poder. Lo que pretendo señalar aquí es un suceso que acaparó en su día cabeceras de noticiarios y portadas en la prensa: un joven de 31 años que trabajaba como operador de derivados en una de las firmas bancarias francesas más importantes, la Société Généralé, fue acusado de crear un fraude que ronda los 4.900 millones de euros a dicha entidad. Su modo de actuación consistió en apostar con futuros por una subida en la bolsa para después quedarse con las ganancias. Lo que paradójicamente causó fue todo lo contrario. Se cree incluso que el cierre del fraude provocó en gran medida el desplome bursátil que se produjo con posterioridad. Es más, de lo que estamos hablando es del mayor agujero financiero que ha causado un solo empleado en la historia de la banca.
“Las sociedades se han visto siempre conformadas más por la naturaleza de los medios a través de los que los hombres se comunican que por el contenido de la comunicación” Marshall McLuhan
La noticia, por tanto, posee cierta entidad en sí misma, pero ofrece a un observador atento el clímax de los posibles significantes de esta era 2.0 ambigua en significados. Primero y ante todo, es un acto del “yo”, lo que encaja perfectamente con los ejercicios teóricos de Guilles Lipovetsky. De hecho, parece un ejemplo que bien podría ilustrar algún capítulo de La era del vacío, con la hipótesis de la “personalización” como eje fundamental del edificio individualista contemporáneo. Es un acto del “yo”, digo, porque evidentemente no cuenta con nadie, no comparte el dinero y no planea en equipo para reducir algún tipo de riesgo, es una acción plenamente individual en un sujeto perteneciente a una generación que ha sido la artífice del crecimiento de las ONG´s desde los años 80, una generación en principio altruista que chocará tarde o temprano con una irremediable verdad, el hombre moderno es un ser económico, y toda la pedagogía contemporánea e “hipermoderna”, por utilizar otro término de Lipovetsky, no puede salvar la distancia con esa verdad. No olvidemos otro dato, es un joven triunfador, jovencísimo, que gana cerca de los 100.000 euros al año, un dotado informático según sus compañeros y una personalidad un tanto “frágil” según sus jefes (aunque la mayor parte de jefes de jóvenes que ronden la treintena dirían algo similar) que crea un acto que casi podríamos definir como revolucionario con el elemento más sagrado de las sociedades modernas: el dinero. Estoy plenamente convencido de que en su mente ni por un momento pensó en los matices de su acto fraudulento, pero lo que sí es probable es que creciera en un entorno agradable, con una buena educación basada en la constancia y el esfuerzo, una televisión con series de ficción llenas de buenos sentimientos y donde las acciones positivas eran siempre recompensadas. Además, seguro que la realidad era fácilmente divisible en extremos transparentemente colocados, en definitiva, un mundo ordenado en todos los sentidos; cuando curiosamente la experiencia demuestra cierta hipocresía en lo que nos rodea, y no es necesaria una actitud vital demoledoramente pesimista o trágica a lo Cioran para darse cuenta de ello.
Posee ese extraño virus del “deseo”, inagotable, sin fondo, sin contornos verdaderamente definibles, por lo que 100.000 euros al año no serán suficientes, pero tampoco una suma que se multiplique por diez. El deseo no conoce agotamiento, teorización y mucho menos solución, el deseo está ahí para quedarse y toda la orientalización que se quiera sumar a ello podrá producir alivio a determinado individuo, pero quizá no tiene en cuenta que el deseo es en sí un instrumento de socialización en nuestras sociedades. Evitar el deseo será convertirse en un ser asocial en una economía de mercado, que es lo que viene a plantear también Baudrillard en sus ensayos iniciales sobre el consumo.
“Hay que ser absolutamente moderno”
Arthur Rimbaud
Otro dato que puede resultar también revelador es que Jérôme Kerviel, así se llama nuestro hombre, se convirtió en un nombre habitual en los buscadores de Internet. Llegó a ocupar el puesto 26 como el más buscado en el archiconocido Google y cuenta con muchas decenas de miles de referencias en la Red. Lo que planteo es que el eco social de los acontecimientos está hoy en Internet, sé que no es novedosa esta aseveración, pero sí la distancia con la repercusión en el resto de medios. Para muchos, especialmente para la generación de Jérôme, la prensa está hoy definitivamente anticuada, y sólo traslada los mensajes oficiales de las grandes compañías y habitualmente demasiado tarde; por lo tanto se encuentra lejos de la inmediatez que se le exige y con la que no puede competir (hoy todos los grandes rotativos apuestan claramente por su versión digital) y, claro, la televisión ha ido perdiendo paulatinamente su legión de fieles y su protagonismo para convertirse en otro objeto vintage, quizás simplemente una parte del mobiliario —tradicional y aprendido—. Así la TV resulta bastante menos persuasora o cargada de ideología de lo que pretendió, hoy es una fuerza más del entertainment como filosofía unidimensional y sin límites. O, en todo caso, la apatía como filosofía o ideología de masas.
Una frase que llegó a ser una extraña consigna postmoderna resultó la de que “la revolución no será televisada”. Y probablemente no lo será, pero principalmente porque estará cargada de artículos sin interés para esa gran franja de población que son los jóvenes, obviando, eso sí, que sus motivaciones son otras y que se ha educado a esta generación por encima del consumo, en una utopía que no va a poder ser satisfecha nunca. Si ocurre algo será en Internet, por ser el medio “novedoso” (ya no lo es tanto), irreal, último, generacional, pero sobre todo novedoso. La entronización de lo nuevo como reclamo totalitario ha llegado a ser una premisa fundamental de las sociedades modernas, con la palabra “nuevo” invadiéndolo todo como una carga autoimpuesta para los productos o las personas, y curiosamente internet puede satisfacer este aspecto contemporáneo hasta límites insaciables e imposibles. Existen novedades a cada instante, a un clic, es la democratización de lo novedoso como apremiante necesidad en la pirámide obsoleta de Maslow, lo nuevo eterno, podría llegar a afirmarse.
Pero me estoy alejando de nuestro principal protagonista, Jérôme, que con su acto no crea nada nuevo en sí, el fraude es cosa de todos los días, pero no en un joven de 31 años que arriesga y tiene acceso, sea del modo que sea, a 50.000 millones de euros que no son suyos (una suma mayor que el PIB de un país como Marruecos). Bien mirado, este dato puede ofrecernos varios aspectos destacables, entre ellos, uno fundamental: si nuestro joven informático tenía acceso a esas cantidades, y no sólo de un modo ilegal (hay quien asegura que varios directivos tenían constancia de las mencionadas operaciones fraudulentas y favorecían las mismas siempre y cuando tuvieran éxito), quiere decirse que ha habido un traspaso de responsabilidades. El dinero, las empresas, la dirección global de una sociedad comienzan a estar en manos de unos treintañeros (pocos, la verdad) descontentos (la mayoría) y con mucho talento (habitualmente), separados de las decisiones importantes (pese a ser una generación altamente cualificada para ello), una realidad, en definitiva, que para su propia supervivencia, tiene que incentivar un traspaso paulatino de poderes a esa masa subterránea de jóvenes en plena “disonancia cognitiva”. El futuro es joven, eso es algo incuestionable, pero parece que el modelo económico global y sus adalides son reacios a aceptarlo. La figura del mileurista habla a las claras de ese cambio, entendiendo el sueldo de éstos como otro concepto predecible de marketing: índices de audiencia, plan de carrera profesional, cumplimiento de objetivos y un largo etcétera. Insistiendo, por supuesto, en esa pretendida objetividad que lo impregna todo, cuando bien pensado sólo los objetos pueden ser por definición objetivos, el hombre deberá pues conformarse con ser subjetivo.
Casi podríamos llegar a la misma conclusión que Baudrillard sobre el 11-S, él lo hizo pero nosotros lo quisimos
Lo que se crea con todo ello es una vida perfectamente delimitada, al ritmo hiperveloz del deseo, pero un deseo bajo una gama concreta de opciones con un atractivo diseño dorado. Por lo que no debería sorprendernos que poco después de estos hechos comenzaran a crecer a un ritmo vertiginoso las páginas web sobre Jérôme e incluso algunas de ellas ofertaran camisetas en las que podía leerse “De mayor quiero ser como Jérôme Kerviel” o “Jérôme Kerviel es un genio”. Será pues Internet quien convierta a Jérôme (si lo convierte) en un nuevo tipo de héroe, el que hace temblar un espacio irreal, otro subsuelo más profundo, los pequeños blogs o las camisetas de eslogan divertido (el humor es una de las pocas armas de destrucción total, de la apatía especialmente). El que reina en ese espacio muere menos. Porque lo que es seguro es que las cadenas de televisión no harán especiales, ni debates con personajes populares, en todo caso quedará recogido en una pequeña esquina de las crónicas oficiales, un suceso, más bien, de mal agüero y sobre el que es mejor no prestar demasiada atención, ya que según dirán algunos, no es representativo de una generación comprometida y colaboradora. Pero eso, en el fondo, no hace más que echar leña al fuego, acrecentar la hipocresía que lo preside todo. Una generación suele heredar los errores de las predecesoras, por muy distintas que se crean entre sí, y se vuelven a cometer los mismos errores que en el pasado, pero creyendo inútilmente que se vuelve a derrumbar algo, ya sea la tradición, la injusticia o la desesperanza.
Casi podríamos llegar a la misma conclusión que Baudrillard sobre el 11-S, él lo hizo pero nosotros lo quisimos. La Société Généralé tiene más de un siglo de vida y está dirigida por una generación que salió a las calles para protestar en el 68 y posteriormente adaptarse rápidamente a una vida acomodada como directivos o piezas de la burocracia gala. Una generación, la de sus padres, que se convirtió miméticamente en la figura contra la que luchaban, figura que no ha dudado en especular o contaminar para enriquecerse, como si su existencia fuese la última sobre el planeta. Pero, eso sí, como he señalado, que ha educado perfectamente a sus retoños en una amalgama de buenos sentimientos, conductas apropiadas y ocio saludable, pero sin querer recordar que el aprendizaje es ante todo observacional (Bandura).
Y la vida hoy, si tiene algún elemento directriz total es el ocio, se vive para el tiempo libre, las grandes industrias hoy son culturales, y se dedican al ocio como antes a la consagración del estado y su desarrollo. La realidad está creada para disfrutarla en un goce que se acerca más a la estimulación que a la sedación, aunque nunca antes había existido una demanda mayor de alprazolam y demás ansiolíticos. La estimulación es tanta, los colores tan intensos que el sujeto estalla en su interior en una implosión de información e ideas imposible de abordar. Decía alguien que no pensar en nada es una acción casi metafísica. Hoy no es posible dejar de pensar, nuestro entorno exige actividad constante y cuando nos detenemos es para seguir en acción, escuchando música en un ipod, por la calle, para no perder ni un instante del ocio sagrado, en el autobús, olvidando la existencia del otro, pero también la de uno mismo. Es habitual que antes el adolescente lo primero que hiciera al llegar a su casa fuera encender el aparato de televisión, hoy ocurre más con el PC y más concretamente con el Messenger en Internet. Las relaciones personales se establecen a través de la pantalla del ordenador, de manera interactiva que estimula la noción de acción: se tiene constancia física de estar haciendo algo.
Las relaciones están cambiando, es imposible obviarlo, y el sujeto necesita relacionarse, pero ha vuelto esa relación hacia sí, aunque no de un modo trascendental, sino más bien hedonista. Un narcisismo que refleja una realidad de cristal donde los demás funcionan como actores secundarios. Es lógico entonces que la mayor parte de los casos de psicosis estén presididos por sintomatología que incluye a la masa social. Los demás actúan, observan, persiguen, quedando la figura del neurótico como algo arcaico, más bien cómico, sin ser casual que el elemento arquetípico reciente sea el Woody Allen de los 70: intelectual y en busca de explicaciones a todos los fenómenos y situaciones cotidianas. La conducta actual, incluida la de Jérôme, está más fundamentada en la acción, el ‘por qué’ está trasnochado, es necesario estimularse, crecer, no detenerse, aumentar los beneficios, por lo que la droga estrella moderna será la cocaína (salvo que surja otra de igual efecto y menor coste), que implica siempre verborrea, actividad, multitud de pensamientos, megalomanía… todo para satisfacer la necesidad del individuo de sentirse el protagonista de ese personalizado film de Hollywood de máximo presupuesto donde siempre sucede algo y la inactividad es lo más parecido a la metafísica del mal. La vida como sede constante y perpetua del “espectáculo”, pero de un modo más radical que en Debord, no hay diferencia entre ambos. El “espectáculo” lo es todo. Quizás Jérôme Kerviel sólo sea otra partícula de espectáculo, pero con una transformación sutil. Otro de esos elementos que completan la fórmula de nuestro entorno, ésa sobre la que teorizó y nos ofreció herramientas Greil Marcus y que va desde el Medievo al punk, pasando por el dadaísmo y el surrealismo y que tal vez, ahora, incluya a Jérôme en esa infinitud interrelacionada. Pero el lector no debe agitarse, esto ya no es el presente, en todo caso, esto es (ya) el futuro.











