*En California no tiran su basura a la papelera, la convierten en programas de televisión.
(Woody Allen)

 

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La Guerra de la Independencia (I)

España, una potencia en declive

Jesús María López de Uribe | 20·05·2008 | 12:05 |
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→ Ver entrega (II). A finales del siglo XVII, en 1790, España era la tercera potencia mundial. Veinticinco años después no era nada en el concierto europeo, mientras que Prusia y Rusia se disputaban ese puesto. Un año antes, los españoles —que habían apoyado la revolución Americana contra Inglaterra— se horrorizaban ante los sucesos de la Revolución Francesa. En 1791, decapitaron a Luis XVI y el pacto de familia entre Francia y España —que se había sostenido durante todo el siglo, pocas veces a favor y muchas en perjuicio de los españoles— se rompió de forma abrupta. España se encontró aliada con su mayor enemigo, Inglaterra, y en guerra con su partidaria natural.

En aquel momento los marinos ingleses conocieron y admiraron a los españoles: Churruca, Gravina y Alcalá Galiano sorprendían a los antiguos enemigos de la pérfida Albión por su profesionalidad en el bloqueo de Tolón en 1793. Pero la guerra contra los revolucionarios franceses fue un desastre para las tropas de tierra hispánicas en el Rosellón, llegando los franceses a invadir la península por los Pirineos. El Rey Carlos IV tuvo que firmar una humillante rendición ante los asesinos de su primo justo cuando el Ejército español comenzaba a devolverle el golpe a los revolucionarios franceses entrando de nuevo en el Rosellón, lo que fue aún más bochornoso. A partir de ahí, España fue entrando en un declive que le llevó a la perdición en la Guerra de la Independencia.

En 1797 los marinos ingleses y españoles, éstos otra vez al lado de Francia, midieron fuerzas en la batalla del Cabo San Vicente, que se saldó en derrota española por la incompetencia de un almirante francés y la valentía de un nuevo peligro para España, Horatio Nelson. Un preludio del desastre de Trafalgar, en 1805, donde Gravina, Churruca y Alcalá Galiano —arrastrados por el incompetente almirante francés Villeneuve—, murieron para sincero espanto de los propios ingleses. Lo mismo ocurrió con el genial, y a la vez terrible para los intereses españoles, comandante anglosajón.

España, con un rey poco ducho y con la economía cada vez peor, no pudo hacer más que firmar la paz con Francia en 1795, tres años después de la ejecución de Luis XVI en la guillotina. La situación, al final, obligó a la monarquía a aliarse con el Directorio francés en 1796. No era solo una cuestión de debilidad como muchos historiadores han relatado a lo largo del siglo XX. El valido de los reyes, Manuel Godoy, se encontraba en una difícil tesitura: si apoyaba a Inglaterra los ejércitos franceses invadirían la península; si apoyaba a Francia, las flotas inglesas diezmarían a los barcos españoles. La solución no podía ser otra más que evitar una guerra en tierras españolas que perjudicaría a miles de ciudadanos y sufrir los ataques del corso británico en el mar como mal menor. Esta solución, además, unía a las armadas gala e hispánica para intentar evitar la preponderancia naval inglesa. Era una cuestión de equilibrio mundial.

En manos de ingleses y franceses

La situación económica empeoraba en los últimos años del siglo XVIII, las guerras contra Inglaterra fueron desastrosas, el oro de América no llegaba, el estado del Ejército y de la Armada era lamentable. Entre tanto, en 1799, el ascenso de un general corso al poder en Francia como primer cónsul comenzaría a complicar las cosas hasta un extremo insospechado. España entraba en el siglo XIX a merced por completo de los caprichos de Napoleón Bonaparte.

En 1801 los españoles se embarcaron en la guerra de las Naranjas con Portugal. La campaña militar duró 18 días entre mayo y junio. De forma aparente fue un éxito de las tropas españolas comandadas por Godoy, pero los portugueses no se resistieron al saber que el rey Carlos IV no tenía más pretensiones territoriales que la ciudadela de Olivenza.

Muerte de Churruca en la batalla de Trafalgar

En 1805, hartos los españoles de los ataques ingleses y Napoleón del bloqueo a las costas francesas, el ya coronado por sí mismo Emperador urdió un plan para invadir las islas Británicas. Se saldó en el desastre de Trafalgar, donde los españoles perdieron 15 navíos de línea, más de la tercera parte de su fuerza naval. Una adversidad que se palió años después durante el levantamiento de 1808 cuando se capturaron ocho barcos franceses en Cádiz: la flota entera del almirante Rossily. Todo para nada. La falta de dinero para recuperar la flota, por culpa de la guerra de Independencia, influyó de forma decisiva en la pérdida de las colonias de ultramar en 1824.

La conquista del país luso será al final lo que lleve a la perdición a la tercera potencia mundial. La ambición perdió a los españoles, porque en 1807 pretendieron repartirse el territorio portugués con Francia. Aquí Godoy demostró su codicia desmedida. Al trocear Portugal, como estipulaba el tratado de Fontainebleau, España se quedaba el norte, entre el Miño y el Duero; Francia el centro, hasta el Tajo; y el resto se convertiría en el Reino del Algarve, cuya corona portaría el ministro al servicio de Carlos IV.

El levantamiento del pueblo español

Pero el plan de Napoleón salió mal. Los franceses intentaron conquistar Portugal dos veces entre 1087 y 1808 —lo intentarían también con fracaso en 1810—, mientras las tropas galas se apostaban en las provincias españolas creando una línea de suministro. Los españoles comenzaron a ver con una preocupación mayor la presencia de los soldados franceses, hijos de una revolución que abominaba de la religión y despreciaba con notable profundidad a los habitantes de la península.

Mientras, el hijo mayor de Carlos IV, el que sería Fernando VII, conspiraba contra su padre y contra Godoy. En 1807 intentó derrocar a su progenitor, pero fue descubierto y juzgado en el proceso del Escorial. Delató a todos sus colaboradores y pidió perdón a sus padres, que se lo concedieron entre lágrimas como a un hijo pródigo. En 1808 se produjo el motín de Aranjuez, en el que el Príncipe de Asturias lanzó al populacho contra Manuel Godoy y conseguía, por primera vez en la historia de España, que un rey fuera destronado por su propio hijo.

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En ese momento de absoluta crisis, Napoleón aprovechó para intentar acabar con la última monarquía borbónica que quedaba en Europa. Atrajo al Rey Carlos, y al aclamado Fernando VII como monarca en Madrid, a la ciudad francesa de Bayona. Con su presencia, el cansancio de Carlos IV y la cobardía de Fernando consiguió que los Borbones españoles renunciaran a su corona. Su hermano José, el rey de Nápoles —donde habían destronado a otro monarca de la misma familia—, tuvo que asumir a regañadientes la corona española.

Pero hete aquí que mientras las autoridades proclamaban que sin rey no podía vivir una nación y que se debía esperar a que el Emperador pusiera remedio a esa situación —esto es tal cual, aunque parezca increíble—, el pueblo español tomó conciencia de la propiedad de la soberanía. El Dos de Mayo, tras haberse calentado el ambiente en varias ciudades españolas durante el mes de abril, el gentío se lanzó a la calle en Madrid. Con apenas unas navajas y cachicuernas —contra las picas, los sables y los alfanjes de coraceros, húsares y mamelucos del Ejército francés— consiguieron humillar a Napoleón. Un día de cólera bastó para que la revolución liberal española estallara y España se desangrara en una terrible guerra de seis años contra el invasor.

Manuel Godoy - Cuadro de Francisco de Goya

:: Godoy, el gran vilipendiado

Una situación política de total ingobernabilidad

El valido de los reyes Carlos IV y María Luisa de Borbón fue un joven oficial de la Guardia Real que llegó a lo más alto en la Corte. Manuel Godoy se hizo con la confianza de la reina, algunos dicen que con artes amatorias —el porte de este guardia de Corps era de una belleza insultante y su inteligencia aún mayor—, y llegó a ser Ministro Universal y Príncipe de la Paz. Este hombre ha sido vilipendiado con toda la maledicencia posible durante casi dos siglos, pero en realidad se encontró con una situación de total ingobernabilidad en la práctica.

En principio, a finales del siglo XVIII dos facciones luchaban por el poder político y burocrático. Los golillas, burócratas que provenían de la hidalguía, como Floridablanca, Jovellanos y Cabarrús, pretendían modernizar España para que su industria creciera y se mejorara la situación económica. Los Aragoneses, el sector conservador, adulaban al Rey con la esperanza de conquistar una mayor posición social. España era el mayor imperio colonial de la época, pero tenía una crisis de fondo tremenda. Las tensiones políticas internas, junto a las externas, hicieron del manejo de la situación algo imposible.

Sin embargo, pese a su desmedida ambición, Godoy consiguió pilotar la maltrecha nave hispana entre aguas de sargazos durante nada menos que dieciséis años. Fue entre 1792 y 1808, con una pausa de cuatro años entre 1797 y 1801 cuando cayó de forma temporal en desgracia. El Príncipe de la Paz cambió de un bando a otro todo lo que consideró necesario para cumplir su único y máximo objetivo: mantener en la corona a los reyes que le habían encumbrado.

En 1808, tras el motín de Aranjuez, fue despojado de todos sus cargos, sus palacios y sus posesiones. No perdió la vida por la intervención del duque de Berg, Murat, que le envió a Bayona junto a los viejos reyes. Godoy, la mala persona que la historia ha hecho que los españoles conozcan, se portó de forma impecable con los soberanos Carlos y María Luisa. Su fidelidad en el exilio fue digna de encomio. Les acompañó en todo momento y sólo después de la muerte de la Real pareja, perseguido de forma tenaz y cruel por Fernando VII, publicó sus memorias.

Godoy intentó lidiar con lo imposible y recibió el premio que todos los quijotes españoles —aunque éste fuera más vividor— obtienen de su pueblo: el desprecio y el olvido.

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