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La Guerra de la Independencia (II)

Un lunes histórico para un estallido de furia

Jesús María López de Uribe | 20·05·2008 | 12:18 |
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→ Ver entrega (I), ver entrega (III). La presencia de las tropas francesas en la península ibérica desde octubre de 1807, debido al intento de conquista de Portugal, que se negaba a cumplir el embargo continental que Bonaparte impuso contra Inglaterra, no era bienvenida para los ciudadanos españoles. Los gabachos, nombre despectivo con el que se les empezó a llamar entonces y que hasta hoy en día sigue prosperando, eran altivos y despreciaban a los españoles sobre todo por su piedad religiosa. El efecto de la Revolución Francesa y la soberbia de los militares galos, imbatibles desde hacía años, provocaban tensiones y fuertes desencuentros entre los soldados y los civiles.

Manuel Godoy había firmado el Tratado de Fontaneibleau para repartirse Portugal y conseguir ser Rey del Algarve. Lo rubricó el 27 de octubre de 1807, con la presencia de unidades francesas en la península —el general Junot había cruzado el Bidasoa el 18 de octubre—, mientras las tropas de calidad españolas entraban en el norte lusitano. En pocos días el Ejército español del Norte había conquistado Oporto y el del Sur llegaba a Setúbal. El cuerpo expedicionario francés atravesaba la península —no sin incidentes— y cruzaba la frontera lusa el 20 de noviembre por Alcántara para entrar en Lisboa diez días después. ¿Una operación perfecta? En aparencia sí, pero tenía truco: las mejores tropas españolas —junto con las del marqués de la Romana, acuarteladas en Dinamarca— se encontraban fuera del territorio nacional.

Hasta aquí, todo parecía normal. Pero Napoleón ya tenía claro que la monarquía hispánica no le servía para sus planes. Necesitaba controlar España para poder golpear de forma contundente a Prusia, Austria y Rusia, los únicos países que todavía le amenazaban en el continente. Por eso, poco a poco fue aumentando la presencia de tropas en España con la excusa de mantener una línea de suministro. En unos meses, sin hacer caso a las cláusulas del tratado, unidades francesas se acuartelaron en Burgos, Salamanca, Pamplona, San Sebastián, Figueras, Barcelona y Madrid, entre otras poblaciones. En marzo de 1808 más de sesenta y cinco mil soldados franceses ocupaban la península. En ese momento le entró el pánico a Godoy, que trasladó a la Familia Real a Aranjuez.

El motín de Aranjuez, el fin del gobierno español

Allí, el Príncipe de Asturias destronó a los reyes como se explicó en el artículo anterior. Godoy intentó llevar a los reyes a Sevilla, para allí embarcar hacia América como había hecho en noviembre la familia real portuguesa. Sin embargo, el príncipe Fernando aprovechó la posibilidad para acabar con él y nombrarse rey. Los españoles salieron como locos a la calle a vitorear al joven Fernando VII, hartos de la debilidad del reinado de su padre. Pero todo era un espejismo. Fernando, al que la historia le llamaría el rey Felón, era un hombre taimado, soberbio y de una gran cobardía moral.

El gran duque de Berg, Joaquín Murat, acababa de llegar a Madrid e intentó aprovecharse de la situación: protegió a Godoy e intentó manejar al ingobernable Fernando. En pocos días éste exasperó al francés que informó a Napoleón de que la Gobernación en España era un caos. Lo mejor era cambiar la monarquía como Francia llevaba haciendo años en Europa. Murat, héroe de caballería, fanfarrón y orgulloso, llegó a pensar que podría ser Rey de España.

La familia de Carlos IV - Francisco de Goya

Sin embargo, las cosas no iban a ser fáciles. El 24 de marzo comenzaron las disputas entre franceses y españoles. Tres militares galos entraban heridos en el Hospital General de Madrid. Peleas con paisanos, abusos, robos, violaciones y ofensas en iglesias tensan la situación. Incluso el general príncipe de Salm-Isemburg asesina a un comerciante en plena calle sin que se haga justicia. A partir de ese momento, los madrileños aprovechan la noche para dejar un constante reguero de heridos, muertos y desaparecidos en el Ejército francés.

Mientras el rey sin coronar, Fernando, intentaba ganarse el apoyo de Murat; incluso le llegó a regalar en bandeja de plata y envuelta en seda la espada de Francisco I que el emperador Carlos V le arrebató en la batalla de Pavía en 1525. Esta anécdota muestra la total debilidad de los Borbones españoles en ese momento: rendidos a los pies del hijo de un posadero francés.

La ‘encerrona’ de Bayona

A mediados de abril el viejo rey Carlos y su esposa Maria Luisa solicitaron al duque de Berg viajar a Bayona. El 23 salieron escoltados por un destacamento francés entre la indiferencia de los españoles absortos, con la figura del joven rey Fernando. Sin embargo, Napoleón inició su jugada: recibió a los dos ancianos con honores reales y de Estado. No sólo eso, sino que los reunió con Godoy, al que Murat había sacado de España. Bonaparte aseguró que sólo reconocía a Carlos como Rey, no a su hijo.

Esto terminó enfureciendo a Fernando VII, que solicitó una reunión con el emperador francés. El corso le atrajo hasta Burgos, donde le aseguró que se reunirían. Fernando salió el 10 de abril. Cuando llegó a la capital de Castilla la Vieja, Napoleón se excusó y dijo que se verían en Vitoria… para decirle cuando llegó allí que era mejor en una ciudad francesa. En el momento en que el joven Borbón entró en Bayona, Bonaparte atrapó a toda la Familia Real española. Días después ni el propio Emperador se creía que hubiera sido tan fácil que padre e hijo hubieran renunciado a la corona. Cuando se repuso de la sorpresa comenzó a pensar en que su hermano mayor, José, sería el perfecto rey para el Estado satélite de Francia que soñaba.

El Dos de Mayo - Francisco de Goya

Mientras, en algunas ciudades como Burgos y León se produjeron algaradas y proclamas. La Junta de Gobierno española se encontraba inerme ante la situación. Murat cada vez exigía cosas más absurdas e injustas, y los grandes de España que la formaban no podían hacer nada más que agachar la cabeza si no estaba su Rey —Fernando o Carlos— para decidir. Los poderosos de todas las épocas han temido siempre a la anarquía, venga de donde venga; siempre han preferido el orden para proteger su posición aunque tengan que humillarse ante el poderoso de turno.

Por ello, cuando el domingo 1 de mayo el gran duque de Berg fue abucheado y apedreado cuando montaba a caballo por las calles de Madrid, la situación estaba a punto de explotar. Días antes había quemado todos los ejemplares de La Gaceta de Madrid —el BOE de la época—, donde se publicaba la proclama del 24 de abril en León a favor de la coronación de Fernando VII. Murat intentaba evitar disturbios y ordenó publicar otro número nuevo sin esa noticia. De paso, redactó una orden para detener a todo aquel que llevara un arma mayor que un cortauñas; lo cual significaba que cualquier español de la época era sospechoso, ya que todo el mundo llevaba una navaja. La Junta de Gobierno se la envainó, como dirían los madrileños meses después.

Sin embargo no pudo frenar el correo postal. Ni siquiera a los viajeros. Los madrileños sabían ya el domingo 1 lo que había ocurrido en León y la censura que había ejercido el duque de Berg. Es más, muchos leoneses habían acudido a Madrid con ganas de gresca con los franceses. Los insultos hacia Murat no eran algo ocasional o sólo producto del aumento de la tensión entre franceses y españoles. Desde hacía días se cocía algo en la capital de España. Sólo faltaba la espoleta que iniciara el estallido.

Las lágrimas del ‘infantito’ y los gritos del pueblo

El lunes Dos de Mayo, por la mañana, un gentío se agolpó en la plaza de Palacio. Observaron unos carruajes donde pudieron reconocer a la Reina de Etruria. Minutos después divisaron al infantito don Francisco de Paula. Son los dos últimos miembros de la Familia Real que quedaban en España. Alguien comentó que había visto lágrimas en los ojos del niño Borbón. La gente se impacientó y comenzó a protestar mientras la Guardia de Corps española, cumpliendo órdenes, intentaba manejar la situación. Hasta que el cerrajero Blas Molina gritó: “¡Traición! Se llevan al infante. ¡Traición!”

La explosión de rabia fue tal que los guardias reales tuvieron que introducir en el Palacio a María Luisa, la Reina de Etruria, y al infantito. Aunque los ánimos parecieron calmarse de momento, la espoleta había estallado. En pocos minutos la gente vociferaba que todo era “culpa del francés”. Y la explosión de rabia del pueblo se expandió por todo Madrid, para desgracia de cualquier soldado galo que estuviera en la calle.

Porras, cachicuernas, navajas, armas de caza, todo lo que fuera necesario para descargar la ira retenida durante meses. Cientos de vecinos madrileños y de otras ciudades asaltaron con salvajismo a los militares franceses y comenzaron a gritar: “¡Fuera el invasor!”.

El Tres de Mayo - Francisco de Goya

Esto hizo perder los nervios a Murat: “¡Una sublevación! ¡Están locos estos españoles! ¿Cómo se levantan contra mi mando?”. El duque de Berg se había cuidado mucho de no perder el control de la capital española. La había rodeado con 25.000 tropas francesas y ordenado que los tres o cuatro mil soldados españoles entregaran la munición. En pocos minutos ordenó la entrada de sus unidades en Madrid para reprimir la protesta. Horas después se daría cuenta de que necesitaba enviar tres correos para el mismo destino, porque dos no llegaban al ser interceptados por los madrileños.

La caballería francesa muerde el polvo por primera vez

Pocos soldados españoles se unieron a las escaramuzas. Las órdenes estaban bien claras desde la Junta de Gobierno: ayudar a los aliados franceses. La obligación de un militar es obedecer las órdenes por duras que sean. En este caso los infantes españoles cumplieron en su mayoría con esa imposición, quedándose en sus cuarteles como mínimo. Pero no fueron los obedientes los que consiguieron la gloria histórica, sino los que salieron a luchar contra el pueblo. De ahí el recuerdo de los capitanes Luis Daoiz y Pedro Velarde, que se atrincheraron en el Parque de Artillería de Monteleón durante horas, junto a vecinos y mujeres como Manuela Malasaña, y lucharon hasta la muerte contra los franceses.

Los vecinos, armados con todo pincho posible consiguieron al principio derribar a coraceros y mamelucos, desjarretar a sus caballos y derrotar a la flor y nata de la caballería francesa. Ninguna población en Europa había resistido ni humillado así al Ejército Imperial. Pero eso duró pocas horas. Al final se impuso la lógica y los soldados del Emperador comenzaron su venganza.

Los vecinos, armados con todo pincho posible, consiguieron al principio derribar a coraceros y mamelucos, desjarretar a sus caballos y derrotar a la flor y nata de la caballería francesa. Nadie había resistido ni humillado así al Ejército Imperial.

Al atardecer, el populacho se había dispersasdo ante la imposibilidad de la victoria. Corrían despavoridos a protegerse en sus casas. Cualquier persona que llevara un instrumento afilado era ajusticiado de inmediato, incluso las costureras por llevar tijeras. Los franceses entraban en las casas y sacaban a la gente sin explicaciones y la llevaban a los calabozos. Sin juicio y sin piedad, fusilaron a cientos en las colinas de Príncipe Pío en la noche y la madrugada del día siguiente. El cuadro más famoso de Goya es el de los fusilamientos del 3 de mayo, provocados por lo ocurrido.

En Móstoles, el mismo día 2 por la tarde, los alcaldes del pueblo proclamaron la guerra contra el francés. Al contrario, la Junta de Gobierno de España condenó lo ocurrido. El pueblo se rebeló, mientras la nobleza bajaba la cabeza ante el Emperador. La espoleta estalló en Madrid, pero el desarrollo de los días posteriores encendió la mecha en todo el país.

:: Burgos y León, levantamiento y proclama

Los antecedentes de la sublevación madrileña

Suele decirse que aquel lunes de mayo se inició la guerra contra el invasor francés. Pero existen dos antecedentes muy importantes que marcaron en abril lo que ocurriría en los primeros días de mayo. Éstos son dos hechos sobresalientes, pero olvidados. La primera escaramuza con muertos contra los franceses y la primera proclama oficial como Rey de Fernando VII.

El honor de levantarse el primero contra los franceses, con violencia, disparos y muertos entre los patriotas es de la ciudad de Burgos. Todo fue provocado por los abusos de la guarnición francesa. El 18 de abril, en el centro de la ciudad, se produjo un tumulto. Minutos después, entre los puestos del mercado comenzaron a oírse disparos. Según explica el historiador astorgano Arsenio García Fuertes en su libro Dos de mayo de 1808, el grito de una nación, varios cientos de burgaleses rodearon la casa donde se alojaba el mariscal Bessières: “A los insultos y amenazas siguieron las pedradas contra la fachada y contra la guardia francesa”. Fueron los propios soldados españoles, siguiendo órdenes del general Cuesta, los que controlaron la situación. Pero para entonces habían muerto cuatro vecinos.

La otra ciudad que fue la primera en proclamar de forma oficial a Fernando VII como Rey fue la capital del Viejo Reino, León. La monarquía hispánica desciende de ese vasto reino, que creó Castilla y Portugal. Por ello, el Ayuntamiento de León tiene potestad para exigir al monarca que se corona que visite la ciudad y honre respeto a la Corporación municipal. El 24 de abril los vecinos leoneses salieron a la calle para manifestarse a favor de Fernando VII y gritaron: “¡Viva nuestro Rey Fernando! ¡Mueran los conspiradores! ¡Mueran los malvados!”. Aunque no había gabachos destacados en la ciudad, también se oyeron gritos de “mueran los franceses”. El Ayuntamiento de León redactó un largo informe sobre los hechos, que envió a Madrid. La Gaceta de Madrid publicó íntegro el manifiesto, pero Murat quemó todos los ejemplares como se explica en el artículo.

Tras la Guerra de la Independencia, el Ayuntamiento de León intentó que Fernando VII, el Deseado en 1808, reconociera de forma oficial lo ocurrido. Nunca se hizo y el hecho quedó en el olvido hasta 1908 y 2008, los dos centenarios del comienzo de la guerra contra el francés. Fernando VII había pasado de ser aclamado a odiado por no reconocer los méritos de quienes defendieron su corona, entre ellos los liberales. Por eso la Historia le llama el rey Felón.

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