Análisis. Manuel Pizarro hablaba, recientemente, de los banqueros distraídos: “algo habrá que hacer con ellos”. La financiación (el interbancario) no reverdece y las gentes siguen temiendo por sus depósitos, sigue inquieta, y Joaquín Almunia, Comisario Europeo para Asuntos Económicos, espera la segunda oleada de la crisis. A pesar de las inyecciones de dinero público seguimos teniendo, de todos modos el mismo problema: la recesión, la espantosa recesión: paro, más atonía del mercado, más deuda exterior e interior, más flagelo general y un sistema productivo muy poco competitivo. Cuando los dinosaurios, los políticos, despertaron la crisis seguía allí.
Evitar que el sistema financiero quebrara en cadena era la primera tarea para los viejos dinosaurios, para los políticos ‘bien informados’ (especie exhausta aficionada a la improvisación)
Evitar que el sistema financiero quebrara en cadena era la primera tarea para los viejos dinosaurios, para los políticos ‘bien informados’ (especie exhausta aficionada a la improvisación). Una tarea urgente. Muy urgente. ¡Y tanto! el Estado, los estados, por sí solos, no tienen tamaño ni posibilidad, próxima o remota, para hacer frente a una quiebra sistémica. Hablamos, es lógico, de los estados más modernos, bien estructurados y de mayor tamaño del mundo, los occidentales. Y si no tiene tamaño, y si no les he dado reparar el destrozo de una quiebra enloquecida, en cadena, en avalancha, del sector financiero, qué han hecho, cómo han evitado el colapso. Pues haciendo lo único que podían hacer: trampa.
La magia reside en generar ilusión, la ilusión de que el Estado puede con todo, en prorrogar la luminaria de la omnipotencia del Estado del Bienestar
El colapso ya ocurrió, ya se ha producido. En lugar de ser enloquecido, será igualmente sistémico, pero dilatado en el tiempo. Esa es la apuesta. ¿Dónde está el truco? El encantamiento reside en que hemos cambiado a las cosas de nombre. En lugar de quiebras habrá liquidaciones, absorciones y fusiones: reestructuración masiva.
:: Habrá drama y dolor
La magia reside en generar ilusión, la ilusión de que el Estado puede con todo, en prorrogar la luminaria de la omnipotencia del Estado del Bienestar. Los españoles tienen 2,2 billones en depósitos. ¿Cuánto tiene el Estado? Para organizar la liquidación ordenada de buena parte del sistema financiero el Estado aporta lo que no tiene, papeles, es decir, deuda pública. ¿Quién la compra? El único que puede comprarla, el español de a pie y la comercializarán los bancos. ¿Para qué sirve? Para lo dicho, es una operación de marketing. La asimilación de tal volumen de deuda dejará al sistema financiero sin negocio propio y lo que recauden se usará para liquidar organizadamente (en lo posible) sus negocios, total o parcialmente. El público tendrá que asimilar la deuda del Tesoro Español, 150.000 millones de euros, los primeros, ¡asignados al sistema financiero más sólido del mundo! Y es demasiada deuda que se une a las emisiones asimismo gigantescas del resto de países. Se drenan los ahorros de la gente para matar ordenadamente a buena parte del sistema financiero y se deja sin oxígeno financiero al tejido productivo. ¿Existen alternativas? No. La recesión es inevitable. Habrá drama y dolor.
¿Cuánto se ha depreciado el euro respecto al valor de los bienes inmuebles desde al año 2000 hasta el 2008?
Ahora no toca hablar del índice de expectativas irracionales (IRAT, Index of Irational Expectations), que Kenneth Galbraith pusiera en boca del protagonista de su novela “El profesor de Harvard”. Aunque Galbraith no sea santo al que guarde devoción, no coincido en ninguno de sus planteamientos, me congratulo por su índice de ficción, el IRAT. ¿Cuánto se ha depreciado el euro respecto al valor de los bienes inmuebles desde al año 2000 hasta el 2008? Pues teniendo en cuenta que desde el 2000 hasta el 2007 el valor de los bienes inmuebles creció a un ritmo del 15%, desaloja un total de depreciación de un 105%. No sé lo tome muy en serio, son cuentas magras. ¿A usted qué le parece el dato? Sabemos lo que le parecía a nuestros prodigiosos banqueros, un suflé eterno, que podía subir y subir sin derrumbarse. Un suflé avalado por la arrogancia de sus excelentes equipos humanos más sus extraordinarias aplicaciones informáticas para medir el riesgo y unas matemáticas financieras que quitan el hipo. ¿Entonces, nuestros banqueros eran tontos? Sí, estúpidos y usted y yo también.
Cuando los políticos, los viejos dinosaurios, despierten, se encontrarán con lo que no quieren nombrar, con la Señora Rece (la recesión)
Cuando los políticos, los viejos dinosaurios, despierten, se encontrarán con lo que no quieren nombrar, con la Señora Rece (la recesión), con el tejido productivo amoratado, sin aire, con un país que tiene dificultades extremas para dar respuesta a la economía del conocimiento y con cinco lecciones que a todos nos costará aprender:
1. El tamaño del Estado siempre, siempre, siempre, es más pequeño, mucho más pequeño que el tamaño del país. La física no se deja encandilar por utopías ratoneras.
2. La reedicción de la vieja arquitectura, el ‘capitalismo de estado’ puesta en marcha por los dinosaurios, ‘los políticos bien informados’, es una emergencia amén de una gamberrada fuera de lugar y sin futuro.
3. Surgirán nuevas entidades tenedoras del dinero de la gente con fuertes restricciones.
4. Las actividades de inversión y especulación, necesarias e imprescindibles, repito, necesarias e imprescindibles, consustanciales con la naturaleza de nuestra especie y con la evolución, quedarán dentro del ámbito de la responsabilidad individual y de una nueva intemediacción financiera más capilar y con el riesgo muy distribuido.
5. Tendremos que aceptar todos, todos sin excepción, que las microempresas, las pequeñas y medianas empresas, las infraestructuras y los bienes emblemáticos, forman parte de la economía real, constituyen la mayor tajada, y se la debe atribuir valor y liquidez. Es un acontecimiento que forma parte de la economía del conocimiento y no hacerlo, no capitalizarla, no poner los medios para que ocurra, inducirá, erre que erre, mayor recesión.






















