Análisis. La crisis atenaza, el ajuste está siendo muy estricto, y se necesitará acudir a todo tipo de recursos. Será necesario incrementar las inversiones públicas en infraestructuras, será imprescindible abaratar el precio del dinero, será necesario socorrer a los que se queden sin empleo y no tengan derechos a prestaciones, sobre todo los autónomos, una auténtica riada, será necesario bajar la presión fiscal de empresas y particulares, también del IVA, para activar la demanda, y será necesario, por último, una reforma laboral en profundidad. A pesar de lo cual la recuperación del pulso económico será lento y diferido en el tiempo.
Y entra los asuntos que necesitamos acometer inmediatamente, uno de los más importantes es la de la reforma laboral
La deflación con recesión es una amenaza muy visible y necesitaremos arrestos y determinación para acortar una crisis que está demostrando muy malos modales: no respeta nada ni a nadie. Estamos ante una crisis muy destructiva. Las razones profundas de la crisis, que son teóricas, quedarán para un poco más adelante, lo que no quiere decir que estemos exentos de la obligación de reflexionar sobre ellas. En estos instantes, se impone sangrar, seguir estirando las posibilidades de un sistema monetario y fiscal exhausto, para taponar las grietas sociales de la crisis. Trabajamos contra el tiempo.
Y entra los asuntos que necesitamos acometer inmediatamente, uno de los más importantes es la de la reforma laboral. En profundidad. Muchas empresas con solera no pueden despedir, reducir costes, porque no tienen caja para hacer frente a las indemnizaciones, tampoco obtienen crédito para hacerlo y al tiempo, paradojas, tampoco pueden hacer frente al pago de las nóminas. Es un círculo virtuoso que las está haciendo quebrar y que está poniendo contra las cuerdas a muchas más. Es una situación kafkiana pero verídica.
:: Los viejos clichés
Hemos atravesado una larga época caracterizada por una legislación obstinada en impedir los despidos, encareciéndolos. En los últimos años la presión empresarial y la lógica de los acontecimientos económicos, han presionado en la dirección opuesta, abaratar los despidos. Ambas fuerzas han estado esquivando el problema principal, crear empleo. Las empresas no pueden pagar lo que no tienen ni contratar lo que no necesitan. Los trabajadores, por su parte no pueden prestar su oficio y esfuerzo donde no existe actividad para ellos y ni reconocimiento para su actividad.
El pésimo enfoque de los problemas reales está impidiendo acometer reformas laborales duraderas y útiles para lo que importa: crear actividad y por lo tanto empleo. Las negociaciones para la reducción de plantilla se estructuran todas ellas alrededor de una única premisa ¿cuánto me toca?
Hemos perdido el norte. El problema no es la riqueza. El verdadero problema es la pobreza. La existencia de ricos no hace pobres. La economía no es una causa de suma cero. Pensamos bajo el falso axioma de que cuando acumulamos riqueza en un punto la retiramos de otro. Así no funciona la economía. La economía, por su propia naturaleza, es asimétrica, como son las relaciones entre las personas. La economía crece y crece sin cesar. Nunca se trata de repartir la tarta, un equívoco, se trata de tener más tartas.
:: Cambio de paradigma
En el actual ciclo tecnológico, dos años fuera de mercado equivalen, bien seguro, a una descualificación garantizada
No consiste en cuánto me llevo si soy despedido, consiste en saber qué posibilidades ciertas tengo de encontrar otro empleo. En el actual ciclo tecnológico, dos años fuera de mercado equivalen, bien seguro, a una descualificación garantizada. La inadaptación, la pérdida de competencias es el principal enemigo de los actores del sistema económico. Y para esa amenaza, la más cierta, no están pensadas nuestras leyes.
Necesitamos flexibilizar el empleo, de gran interés para empresas y trabajadores, y aumentar las garantías para encontrar otro. Necesitamos nuevas habilidades sociales, mejores planes sociales, más incentivos para la cualificación, la recualificación, la reorientación laboral con la adquisición de nuevas competencias y, en definitiva, el mejor uso de los recursos sociales. El contrapunto de un individuo no es su nómina, son sus habilidades, sus competencias, su encarnadura moral, base objetiva con la que logrará haberes.
Con un modelo de contrato es más que suficiente, el contrato fijo. El río de legislación alrededor del vínculo entre empresa y trabajador no hace sino estorbar y perjudicar la emergencia de actividad económica, la que crea empleo. El contrato fijo debiera ir asociado a la abaratamiento de la intermediación del Estado y a la abolición de falsas y estrafalarias seguridades.
:: El empleo para toda la vida
Las grandes empresas acomodan a muy pocos trabajadores, es una parte cada vez más minoritaria del mundo laboral, actúan cada vez menos como motores de la prosperidad y todas estas cosas, que son verdad, deben ser prioritarias
El empleo para toda la vida se corresponde con una forma de pensar anclada en el tiempo, delirante, que requiere la existencia de empresas que no desaparecen, tutipotentes, como las células madre, capaces de adaptarse a cualquier entorno sin perecer en el intento. La realidad no es así. Las empresas suelen tener un ciclo de vida, muy dependiente de sus fundadores, que poco a poco se va angostando, cuando existe el éxito, al mismo ritmo que el agotamiento biológico de sus inspiradores. Las empresas, por más que nos empeñemos en negarlo, tienen alma.
Cuando la actividad de las empresas es sorprendida por cambios tecnológicos y nuevas demandas de los consumidores, para las que no ha existido previsión y no se tiene capacidad de respuesta, la suerte segura es la extinción. El empleo para toda la vida no es más que una ensoñación fuera de lugar.
Contra el empleo para toda la vida, más seguridad en las oportunidades. El empleo para toda la vida (en la misma empresa) aunque forme parte del imaginario colectivo es trasunto para otro tipo de estudios. La reforma laboral que se necesita tiene que estar enfocada a aligerar los costes de la contratación laboral, por un lado, y a aumentar la seguridad de que un nuevo empleo sustituirá al anterior (nuevas habilidades sociales).
Necesitamos otra forma de entender la vida económica y admitir que el entorno económico el real, el de verdad, es el de la actividad autónoma, el de las micro y pequeñas empresas, en las que hay que pensar cuando se aborden las reformas laborales porque, dígase claro y alto, son los oferentes del grueso de la oferta de trabajo.
Las grandes empresas acomodan a muy pocos trabajadores, es una parte cada vez más minoritaria del mundo laboral, actúan cada vez menos como motores de la prosperidad y todas estas cosas, que son verdad, deben ser prioritarias. Necesitamos nuevas habilidades sociales y una mejor comprensión de los hechos económicos. El sistema financiero, imprudentemente, exige la garantía de una nómina para múltiples actividades crediticias, cuando debiera ser las personas, las personas por sí mismas, las únicas garantes de dichos compromisos. Necesitamos muchos cambios, un mejor entendimiento de la economía, la de verdad, con traducción en leyes y reglamentos, en los usos y costumbres, en la cultura antropológica y en la cultura financiera. ¿En qué siglo estamos? En el XXI.






















