Análisis. Una ciudad tiene una capacidad de carga, si entra un coche más, se colapsa. La carga es limitada, un coche más y se paraliza. Los cruces, las plazas, los semáforos, las calles, las avenidas, las vías rápidas, las rondas, todo, sin excepción se colapsan y se paraliza. A la capacidad de carga de una ciudad no se le pueden ir añadiendo decimales, esto es coches y coches e imaginar que se irá ralentizando la velocidad de tránsito, poco a poco, restando kilómetros por hora, después hectómetros, más adelante decámetros, y metros, y decímetros y milímetros y micrómetros y nanómetros y así sucesivamente. Antes, mucho antes, es un problema físico, la ciudad se colapsa. Estamos en el mundo real y para el mundo real, las matemáticas continuas necesitan ronzal.
Lo catastrófico, lo verdaderamente peligroso para España y los españoles, es el discurso de la inacción y el negacionismo, la actitud pasota respecto a la posibilidad de un colpaso
En el mundo económico e industrial se reproduce el mismo supuesto. Estamos colapsando. Ya hemos empezado. Imaginar que se pueden seguir añadiendo cifras y cifras de parados, de manera continua y suponer que, como un correlato fiel, la productividad se irá ralentizando, poco a poco, primero cae un 1%, un 2%… un 5%… un 30%…. un 60% y así sucesivamente, es una forma de pensar irracional. La mayor parte de las estructuras productivas por debajo de un umbral quiebran, son inviables. Por debajo de una línea roja los activos de una empresa colapsan.
Y cuando colapsan originan colas de impagados y las colas de impagados tampoco se comportan, siguiendo la lógica de las matemáticas continuas. Ahora de debe ‘x’ y después ‘x+1′… ‘x+5′… ‘x+60′… y así. Antes, según cada caso, en cada sector, la economía colapsa. Más allá de una línea roja la economía se autoejecuta.
La situación es gravísima y suponer que se podrá reactivar desde los presupuestos, con una agencia tributaria en quiebra, sin ingresos, y sin el instrumento capital para situaciones de emergencia nacional de la política monetaria, es una ensoñación. Hemos entrado en una fase en la que todos estamos advertidos y cada cual empieza a ser responsable de sus actos y de sus dichos, de lo que hace, de lo que no hace, de lo que dice y de lo que calla.
España ha entrado en una fase crítica, peliaguda. No es un problema de optimismo, pesimismo o de voluntarismo. Estamos entrando en una fase donde todos los indicadores han entrado en fase crítica. La producción industrial se desploma, de las estadísticas se deduce que se ha desplomado un 20% en el mes de diciembre. Pero si se toma en consideración que parte de dichas estadísticas son declarativas, es decir que los datos se reclutan con respuestas, y que las empresas están obligadas a optimizar sus resultados para cumplir algunos rangos de solvencia, lo suyo, lo correcto, es suponer que la caída de la productividad es mucho mayor.
:: El catastrofismo de la inacción
Confiar en lo expertos, en los ejecutivos, en los actores sociales clásicos y en sus interpretaciones, ha dejado de ser una actitud responsable
Las alarmas van saltando, una a una, primero fue el credit crunch, le siguió el paro, al paro le siguió la evidencia de bancarrota del sector financiero, a la bancarrota del sector financiero le está siguiendo la caída de la productividad, a la caída de la productividad le siguen las quiebras, a las quiebras la bancarrota de las agencias tributarias y a la quiebra de las agencias tributarias, las quiebras de las administraciones públicas. Las alertas han ido saltando, una detrás de otra en riguroso orden, metódicamente. Si fuera la aviación enemiga estaríamos todos corriendo hacia los refugios. ¿Hacia dónde debemos correr cuando los primeros clarines del colapso están sonando? Las administraciones públicas están más cerca de la insolvencia de lo que ellas mismas imaginan.
Estamos en un entorno excepcional que necesita medidas excepcionales. ¿Qué piensan en Roma, en Londres, en París, en Berlín, en Pekín, en Nueva York, en Tokio, en México, en Brasil o en Buenos Aires de nuestro comportamiento? Pues sí, hablan de nosotros. Son acreedores y en muy pocos casos clientes, se preocupan de lo suyo, y están pensando, en estos instantes, mientras escribo, que estamos bajo el impacto de un ataque de orgullo y paralizados. Lo catastrófico, lo verdaderamente peligroso para España y los españoles, es el discurso de la inacción y el negacionismo, la actitud pasota respecto a la posibilidad de un colpaso severo (ya estamos colapsando). Nuestra inacción empieza a preocupar y muy severamente. Nuestro probable (si nadie le da el alto) colapso severo, además de graves perjuicios para nosotros, traerá gravísimas consecuencias para muchos países, muchas empresas y muchos ciudadanos de allende las fronteras y los mares.
Ha llegado la hora de la verdad. Necesitamos tomar decisiones que minimicen primero el mal que se avecina, el que revelan todos los hechos ciertos, y que lo reviertan a continuación, en un horizonte de medio plazo. Se necesita declarar el Estado de Emergencia Nacional y proclamar un cuadro macroeconómico menos hostil. Tenemos que asumir la deuda internacional creada, encapsularla, hacer una quita de la deuda interior, mediante consenso, encapsular otra parte y asumir el reto de doblar nuestro PIB, impensable e imposible con el cuadro maroeconómico actual y las estructuras que le caracterizan.
Confiar en lo expertos, en los ejecutivos, en los actores sociales clásicos y en sus interpretaciones, ha dejado de ser una actitud responsable. España debe salvarse con los españoles dentro. España no es una entelequia, está poblada de españoles y a los españoles nos toca resolver lo que la partidocracia y sus expertos, lo que las administraciones públicas se niegan a resolver porque, es muy evidente, están instaladas en el catastrofismo de la inacción.






















