Análisis. Nos enfrentamos a problemas físicos. No nos enfrentamos a opciones opinables. George Soros no descarta que Gran Bretaña tenga que pedir ayuda al FMI. La suspensión de pagos es algo más que una hipótesis. La expansión del gasto público, el incremento superlativo de la deuda y la imposibilidad, en las últimas semanas, de seguir colocando bonos del Reino Unido entre los inversores, colocan a Gordon Browm ante el espejo de sus propias supercherías y ante un cuadro macroeconómico espeluznante. ¿La expansión fiscal quién la paga? El laborismo inglés, contesta, con aplomo, que el pueblo británico hará frente a las obligaciones de la deuda que emite. ¿Cómo están tan seguros? ¿Existe la posibilidad de que mientan, a sabiendas de que mienten, como única baza, para ocultar las carencias verdaderas, que no saben que está pasando y qué hacer?
El Reino Unido ya solicitó auxilio al FMI en 1976, lo hizo el Partido Laborista sepultando la poca reputación que le quedaba. Poco después llegaría Margaret Thachter
El pueblo británico no tiene posibilidad alguna, ni siquiera remota, de hacer frente a la expansión fiscal que ha puesto en marcha su premier, Gordon Brown, el albondiguillas, sin dejarse la piel en el empeño. El tamaño del sistema financiero es muy superior, pero muy superior, a la economía del país. Conclusión: el sistema financiero es inrescatable y proponérselo, habérselo propuesto, pone al descubierto las debilidades intelectuales de los líderes que se han dejado arrastrar por tal delirio. No es una opción opinable, es un problema físico. El albondiguillas puede poner sobre la mesa todas las estampitas que quiera (libras), la gente sabe que no es el camino.
La hipótesis de que el sistema público colapse y que el Reino Unido se vea forzado a acudir al FMI, está cada vez más cerca. Los inversores no acuden a la compra de deuda pública. El Reino Unido no está consiguiendo colocar, en las últimas semanas, el papel que emite. Una situación insólita que padecen con distinta intensidad el resto de países europeos. Y es dudoso que los inversores cambien de actitud después del órdago lanzado por el emperador con calzas (Sarkozy). Atemorizada la clase política occidental, sin dinero, sin posibilidad de obtenerlo, con pánico a que las revueltas sociales los desalojen del poder, por las bravas, ha puesto el foco en la persecución y saqueo de las grandes fortunas. ¿Acudirán las grandes fortunas a la compra de las estampitas que están emitiendo los estados?
El Reino Unido ya solicitó auxilio al FMI en 1976, lo hizo el Partido Laborista sepultando la poca reputación que le quedaba. Poco después llegaría Margaret Thachter.
:: Más deuda es menos PIB
Está pasando que el descrédito y la desconfianza es un unto que impregna todas las acciones de gobierno y el discurso y previsiones de los expertos. Nadie les cree
Los ecos del G-20 son inaudibles. El optimismo como anestésico ya no funciona. Las poblaciones están despertando de los anestésicos con fuertes dolores. El G-20, que tragedia, llegó al acuerdo de que tenían que apoderarse, como último cartucho, de las grandes fortunas para salir del enredo en el que se han metido. Necesitan dinero para sus estampitas (euro, libra, dólar…). Los programas de deuda, de estímulo de la demanda, no está generando más PIB, lo saben bien en el Reino Unido y en los Estados Unidos. Al revés, lo están deteriorando a gran velocidad. Más deuda, en las actuales circunstancias, se convierte en menos PIB y el keynesianismo no es capaz de resolver la paradoja. El Producto Interior Bruto de los Estados Unidos evoluciona en dirección inversa a como lo hace la deuda. ¿Qué esta pasando?
Está pasando que el descrédito y la desconfianza es un unto que impregna todas las acciones de gobierno y el discurso y previsiones de los expertos. Nadie les cree. La deuda que emiten los Estados tiene poco crédito, no es confiable, y está contribuyendo a deteriorar el cuadro económico general. Lo que se adquiere con deuda, con nuevos papelines, deteriora el prestigio de lo que compra. El factor contagio es altísimo. El descrédito de los expertos, de sus previsiones, la abundancia de dinero, que no llega al público, porque se entrega a carretadas al sistema financiero y a las grandes corporaciones, cuyo agujero está conectado a todas las cloacas del planeta, está deteriorando, por ósmosis, el resto de actividades y activos.
:: El deterioro de la intermediación
El ahorro, el trabajo y la energía emprendedora de las gentes, está siendo amenazado por sistemas monetarios, fiscales, financieros e institucionales muy chuscos. La intermediación, su descrédito, su discutible calidad, se está convirtiendo en el problema estructural número uno
Más deuda pública es más recesión, más desempleo y más descrédito. La crisis de confianza es una crisis generalizada en las instituciones más emblemáticas del sector productivo y, sobre todo, una crisis de confianza, estructural, en la muy variada intermediación para el conjunto de actividades de nuestras sociedades. El dinero no circula. El intermediario tradicional entre el ahorro y la inversión, el sistema financiero en su conjunto (banca, aseguradoras y fondos) ha perdido su confiabilidad. Y se trata de un sector que ha logrado atraer a su telaraña de descrédito a todas las instituciones políticas. Y las instituciones están siendo agentes activos de la hemorragia de desconfianza generalizada (se desconfía de los partidos políticos, de los sindicatos, de las administraciones, de los bancos, de las grandes empresas proveedoras de servicios, en las grandes corporaciones industriales y en los grandes grupos mediáticos). Mucha tela. Gran parte de ellos están sentados en el banquillo, investigados, sancionados, lo estarán o debieran estarlo.
¿Y por qué no circula el dinero? Por qué la intermediación está fracasando. El sistema financiero engulle todo lo que cae en sus redes. Y fracasa porque la gente duda si debe seguir haciendo lo que hacía hace un año y porque, contra todo pronóstico, ansía que el precio de las cosas vuelva a su ser. No hace falta imprimir más dinero si entre todos se logra que las cosas valgan menos. La vía de la deflación es un vía popular para aumentar el poder adquisitivo. Y para que tal cosa ocurra es imprescindible contraer, previamente y por largo tiempo, el consumo.
Para mantener el poder adquisitivo existen dos vías básicas, el descenso generalizado de los precios o el aumento generalizado del dinero. La segunda vía incluye retribuir por igual el esfuerzo y su contrario, la disipación. Puede parecer muy cool pero inspira mucha desconfianza: es un sistema preñado de injusticia. Los poderes públicos, para empeorar el cuadro clínico, están expandiendo el dinero, usando intermediarios equivocados, depredadores, con muy poco éxito y el público, estupefacto, no se está dejando dirigir, no obedece. Estamos amenazados por la hiperinflación —pésima percepción de las estampitas (del dinero)—, y por lo contrario, por la hiperdeflacción —pésima percepción del valor de las cosas—. Tenemos una clase política y unos modelos institucionales que no aceptan que los procesos de información y conocimiento ha sido transformados por Internet. La acción gubernamental es una parte del problema y en estos momentos, la parte más controvertida, censurable y exasperante.
El ahorro, el trabajo y la energía emprendedora de las gentes, está siendo amenazado por sistemas monetarios, fiscales, financieros e institucionales muy chuscos. La intermediación, su descrédito, su discutible calidad, se está convirtiendo en el problema estructural número uno.






















