Análisis. La deuda de la Universidad de León supera los 12 millones de euros. No es un caso único. Nuestras universidades están muy endeudadas, unas más que otras. Y la deuda universitaria cojea toda ella del mismo mal: su opacidad. El oscurantismo también alcanza a nuestras universidades. ¿Y cómo se enfrentan las juntas de gobierno de nuestras universidades a su abultada deuda? Pues con Planes de Viabilidad. Como lo leen. Con planes que garanticen que pueden seguir abriendo cada curso sus puertas. No es un eufemismo. Una buena parte de nuestras universidades está diseñando, en estos momentos, Planes de Viabilidad.
¿Y si el Plan de Viabilidad no prospera? Es una pregunta lógica. Pero siendo muy grave la situación financiera de nuestras universidades, sobre el horizonte se ciernen nubarrones que todos conocen, pero de los que nadie habla y que a todas afectan por igual. Nubarrones que pueden decantar una crisis muy aguda, díficil de remontar o acaso imposible o que, sensu contrario, pueden alumbrar un nuevo horizonte y nuevas oportunidades. Lo que nadie discute es que los nubarrones están donde están, encima, y con un mensaje en la tripas para el que la universidad española no tiene chubasquero ni paraguas.
Siendo muy grave la situación financiera de nuestras universidades, sobre el horizonte se ciernen nubarrones de los que nadie habla, pero que todos conocen
La financiación universitaria sigue siendo una asignatura pendiente en España. La autonomía financiera se ha revelado una quimera y la tutela que ejercen sobre las universidades el resto de administraciones se comporta como una soga que la ahorca cada día un poco más. La hipotética cualidad (de la Universidad) como agente social especialista en conocimiento, está inédita. La Universidad española no genera recursos para su propia misión, los consume, son instituciones que adelgazan el futuro, lo encogen, enfocadas a producir empleados de desdibujadas habilidades, ninguna competencia nuclear y pocas posibilidades para refundar o reconvertir sus desdibujadas competencias.
Las Universidades españolas muestran sin sonrojo, una extraordinaria capacidad para consumir o liquidar capital humano, para quemar el tiempo vital de sus alumnos, desnudándoles de competencias proyectables y sin ninguna transversalidad. Su afán, a pesar de los años transcurridos, las evidencias empíricas de sus resultados, el doloso fracaso escolar en el que incurren, de cuantiosos costes (0,3% del PIB) y el resentimiento social que inoculan en los ciudadanos que pasan por sus aulas, todo junto, no parecen ser causa suficiente para que la propia comunidad académica se interrogue sobre su papel y el golpe de timón que les es exigible.
Hay consenso en la comunidad académica sobre sus males y el tipo de antídoto que necesitan. Todos sus miembros comparten que para acabar con tanta toxicidad necesitan recuperar, estatutariamente, jurídicamente, la autonomía necesaria para establecer sus propios objetivos docentes, investigadores y generar sus propias estrategias curriculares, transversales, multidisciplinares, asociadas a sus específicas ofertas de estudios. El modelo imperial de estrategia curricular (idéntico para todos) y cuyos frutos sanciona el Rey (títulos): “Yo digo que todos los que portan el presente salvoconducto saben las mismas cosas y las saben bien”, es muy vintage pero poco útil. El título, únicamente lo puede acreditar la institución que lo expide y la evidencia empírica de que el que lo porta, efectivamente, responde a dichas expectativas. Convendría por lo tanto arrumbar las estrategias imperiales y la moda vintage de expedir títulos con sello imperial. Es una estrategia que pudo tener su utilidad a finales del XIX y principios del XX, con la formación de los Estados Modernos.
:: La Universidad como agente social
Existe consenso en la comunidad académica sobre la imperiosa necesidad de dar encarnadura a su rol de agentes sociales que intermedian con éxito —lo que no ocurre—, entre la sociedad y el saber. En un contexto de tutela asfixiante por parte de las Comunidades Autónomas, del Ministerio de Educación al que quieren añadir, con docilidad extenuante, el dogal del Espacio Europeo de Educación Superior —como si tuviera pocos arneses—, que les impedirá de por vida establecer sus propias estrategias curriculares y su oferta docente diferenciada, no es, y es fácil comprenderlo el entorno más favorecedor para recuperar el rol de agente social que intermedia con éxito entre el conocimiento y la sociedad.
Internet ha puesto sobre la mesa, la evidencia de que la Universidad ha perdido hace tiempo el monopolio del saber. Hasta hace tres décadas nadie discutía su rol de intermediario social entre el saber y la población. Ese rol ya no le viene dado y, no obstante, lo necesita para sobrevivir. Para sobrevivir necesita el reconocimiento social de la problación, recuperar su viejo rol. Hasta hace bien poco, sus títulos imperiales eran suficientes. Ya no es suficiente y si quiere recuperar el rol de intermediario tendrá que demostrar que puede. Las Universidades han sufrido una merma muy notable en su catálogo de privilegios. La Universidad sigue empecinada en expedir títulos nobiliarios para formar parte de una cámara de lores inexistente. La enseñanza no reglada y especializada, para hacer útil la enseñanza que proporciona la universidad (masters, institutos, etc.), es tan abundante y sorprendente, alargando inapropiadamente el periodo de formación y educación, con cantiosos costes que, su propia existencia, debiera, por si mísmo, ser prueba suficiente de la desestructuración que padece.
El futuro de la enseñana superior, de la universidad pública, en un momento histórico en el que ha perdido el monopolio del conocimiento, distribuido por la red, y en el que muy pocas entidades universitarias monopolizan el 95% del conocimiento de nueva factura, está sometido a una intensa revisión. Las universidades francesas, los alemanas, inglesass, suecas, suizas, chinas, japonesas, debaten con fuerza la definición de las estrategias adecuadas para recuperar su papel de agentes sociales con capacidad para intermediar entre el conocimiento y la sociedad (micro, pequeñas y medianas empresas).
:: Las transferencias financieras a la Universidad tienden a cero
Con financiación raquítica, de naturaleza agónica, sin objetivos docentes e investigadores, instalada confortablemente en su complejo de cenicienta, a merced de los antojos de la clase política, que la vapulea y, en el fondo la desprecia porque la conoce, abúlica y, lo que es más grave, haraganizada, así están las cosas, la comunidad académica optó hace dos décadas por un dejarse ir por la pendiente de la especulación inmobiliaria produciendo daños irreparables en su credibilidad y a la propia institución universitaria.
En este contexto, los distintos Planes de Viabilidad, incluyen volver a la senda de la estabilidad presupuestaria y se elaboran eludiendo cualquier vector de futuro. Nada que sea relevante para su permanencia en el tiempo forma parte del Plan de Viabilidad. El plan de viabilidad no se interroga sobre los procedimientos de gestión, el estatuto jurídico de la universidad, sus objetivos estructurales, su papel econométrico, cualitativo, sociodemográfico sobre el territorio al que pertenece. No reflexiona sobre la encarnadura de la Universidad que conocemos, la realmente existente, y si tal encarnadura tiene futuro.
El Plan de Viabilidad no contempla una tendencia que es universal, imparable e indiscutible: su financiación tiende a cero. La financiación será canalizada directamente, en su totalidad, a los estudiantes por los que tendrán que luchar. La financiación universitaria está adoptando en todas las partes un perfil finalista. Se financia al estudiante no a los agentes intermediarios. Los estudiantes accederán a financiación para sufragar sus estudios de manera completa en la Universidad que les acepte como alumnos. Y serán los alumnos y las Universidades que les acojan las que responderán de los créditos que libere el sistema financiero o el Estado. Ningún estudiante con talento y con méritos para ello, en adelante, se quedará sin estudios, los que podrá sufragar por sus propios medios, sin necesidad de apoyos familiares. La Universidad, en el nuevo entorno que se avecina, estará obligada al acompañamiento profesional de sus alumnos porque pasará a ser responsable, en cierto modo solidaria, con el esfuerzo financiero que realizan sus alumnos.
:: Transformaciones legales
La acción ejecutiva o legislativa, de ningún modo garantiza la transformación del actual estado de cosas. La Universidad requiere profundas transformaciones legales para encarar el futuro. En todo caso, la trasnformación real dependerá, en exclusiva, de que la Universidad recupere, por sus competencias nucleares, demostradas, efectivas, el rol social que no tiene. Tendrá futuro en la misma medida que produzca hechos concretos y en el mismo momento en que su acción está enfocada a capitalizar el capital humano que forma. O las Universidades se comprometen y se hacen responsables de su difícil y muy cualificado trabajo, de su destino, o sucumben.
Hay consenso en el estamento académico sobre lo que de verdad se necesita, nadie discute lo esencial y básico. El consenso existe. La comunidad como bloque acepta que el futuro de su universidad está umbilicalmente unido, sin otra alternativa posible, a la sustanciación de su autonomía administrativa, financiera, académica y social. Todos asumen y aceptan que la libertad para establecer sus propias estrategias curriclares y oferta de formación es una vía irrenunciable para acreditar la institución para la que trabajan. La taxonomía de saberes establecida en el siglo XX, que todavía colea, no es que esté en crisis, es que ha sido enterrada hace tres décadas. La universidad española sobrevive aferrada a las reliquias, al osario de las viejas taxonomías. Su comportamiento es parecido a una parafilia académica.
El Plan de Bolonia, una perífrasis del máximo enurgenismo del que es capaz la burocracia, se ha cebado con la Universidad buscando sin piedad, su liquidación. Los créditos, los títulos no pueden ser portables y homologables en cualquier rincón de Europa. El saber está en una fase de aguda convulsión y revisión, es altamente inestable, afortonudamente, lo que le permite crecer, y así debe seguir siendo. El saber lleva incluido, cuando lo es, la portabilidad. La portabilidad que se obtiene con procedimientos burocráticos es burla, cachondeo y actuar de mala fe.
La comunidad académica sabe, lo sabe fehacientemente, que su supervivencia está asociada a su desburocratización y recuperación de los siempre necesatios patrones de libertad y sabe, también fehacientemente, que es una tendencia mundial sin vuelta atrás. Lo sabe. No hay disidencia respecto a la meta y los objetivos a alcanzar. Capitalizar la formación de sus alumnos, su creatividad, sus habilidades científicas y tecnológicas, que es lo mismo que generar capital humano y liderazgo, es un objetivo compartido.
La Universidad sabe lo que quiere pero se divide, se cuartea, se atomiza, se ridiculiza, cuando unos y otros se ofuscan en poner sobre la mesa sus cuitas personales, porque saben que el cambio de estatuto implica renunciar al estado de indolencia generalizada, arrumbar el haraganismo, que por una parte disfrutan y por otra les destruye de forma implacable. La universidad, sus miembros, conocen el futuro que les espera, que les aguarda, pero no pueden reaccionar: están asustados. Su complejo de Cenicienta, su desvalimiento, es tan agudo y lastimero que prefieren desviarse por procelosos mundos, el del especulación urbanística, por ejemplo, o imaginar la universidad como un yacimiento natural para fabricar funcionarios paneuropeos, antes que asumi,r como adultos, las tareas que le son propias para recuperar su viejo rol.






















