Análisis. Los Bancos Centrales son instituciones gestionadas por sabios. Son sabios porque así está dispuesto en la ley. La ley les hace sabios. No rinden cuentas a ningún poder temporal, su negocio son las estadísticas y las matemáticas, por decreto/ley. Los políticos, que entienden de pocas cosas y poco, tienen fe ciega en las matemáticas, que no comprenden, y ninguna en la física. He dicho fe, la fe que tiene el nuevo converso. Y es fe paleta lo que rezuma la variada legislación que sostiene a los Bancos Centrales, como entidades independientes, de cuyo buen juicio depende el futuro de la humanidad.
El dinero moderno no cumple con los atributos que los expertos, economistas, le atribuyen. Ha llegado el momento de revisar el concepto y acometer reformas de fondo
La matemáticas sin embargo, es una aplicación de gran utilidad, es cierto, pero que puede ser usada con ignorancia de la física e inducir una catástrofe. Las finanzas, alegremente se han asociado a las matemáticas, al interés compuesto y con numerosos productos financieros que parten de nada (dogmática) y tienden al infinito (dogmática), bien arropados por ejércitos de ecuaciones matemáticas fantásticas. Las finanzas y las matemáticas, sin la física, son pésimos aliados.
Nuestro sistema financiero, con un Banco Central en la lontananza haciendo de último prestamista, estructurado alrededor de un sistema monetario fraccionario, cada vez más fraccionario y con coeficientes de caja y de capital ridículos, ha recibido un aviso. El sistema es malo, es matemáticamente viable, pero físicamente insostenible. Los Bancos Centrales se han convertido, en la práctica, en la principal amenaza para la economía de mercado, para la libertad y para los derechos de propiedad de los ciudadanos a los que tutela. Emiten billetes, pagarés, con respaldo matemático pero sin respaldo físico suficiente.
Los Bancos Centrales han incendiado el mercado financiero, animando y jaleando las políticas monetarias expansionistas, dejándose inspirar por las matemáticas y abjurando de la física. La métrica de la economía es en exceso matemática y poco práctica o física, alejada de la realidad y muy cerca de los políticos profesionales, demasiado cerca.
El dinero, el mismísimo dinero, opera como un bien en sí mismo con demasiada alegría. Usted puede convertir el dinero, todo lo más por otra divisa con los mismos problemas y por todo aquello que sea capaz de comprar. Y su poder de compra depende casi en exclusiva de la percepción social que se tenga de su poder adquisitivo. Estamos ante un edificio muy vulnerable, sin cimientos, al albur de distintas tácticas de comunicación y marketing. No es un buen modelo, es altamente inestable.
Muchos sostienen que sería suficiente con respaldar con oro (que luce como el Sol) el dinero circulante, volver al siglo XIX, pero no hay suficiente oro en el mundo para respaldar ni tan siquiera el 5% del dinero circulante. Cosa bien distinta y mucho más interesante sería revisar las propiedades del dinero. El dinero que conocemos es un medio de intercambio (muy cómodo y útil), es un valor contable (mide el valor de las cosas), y es un bien en sí mismo, conserva su valor o mejor, debiera conservarlo, con el paso del tiempo. El último requisito, el último atributo, no se cumple en ningún caso y con ninguna moneda en circulación. El dinero moderno no es oro y se deprecia a velocidad de vértigo.
El dinero moderno comparado con los activos más importantes de una sociedad se deprecia a uña de caballo y nada conocido puede impedirlo. Desde que circula el euro en España, año 2000, hasta el 2007, el valor del euro se ha depreciado respecto al principal activo de la economía española, la vivienda, anoten, un ¡105%! La vivienda se ha revalorizado en dicho periodo a un ritmo del 15% anual. Al mismo ritmo que se depreciaba el euro.
:: Revisar el concepto dinero
Ha llegado la hora de replantearse los atributos que posee el dinero; es la hora de abandonar la dogmática y acercarse más a la física. Quizá convenga disponer de dos monedas o quizá tres, una de ellas con el atributo garantizado de bien en sí mismo, que no se deprecia o se deprecia muy poco con respecto a los principales activos de una economía, los más emblemáticos. Otra moneda con valor de cambio y contable y una tercera, neutral (más local), que se deprecia cuando no se usa. Monedas, naturalmente, con autoridades emisoras diferenciadas y solo una de ellas con algún vinculo con el poder político, la que tiene valor de cambio y contable.
La convertibilidad entre sí de las tres monedas, como es lógico, la establecería el mercado. Flotarían libremente. Lo que debiera saber la gente es que se puede vivir simultaneamente dentro de las tres monedas y se puede vivir, asimismo, dentro de cada moneda por separado. Y que dentro de cada moneda es posible la acción económica y productiva y que se puede vivir, pudiera darse el caso, dentro de una moneda estupendamente y con más dificultades dentro de otra. Se garantiza, con dicho procedimiento, eso sí, que todo el mundo puede vivir. Se evitaría la escasez de dinero que generan crisis como la presente. La existencia de tres monedas, en todo caso, sirve muy eficazmente al propósito general de impedir las crisis siniestras, estructurales, como la que padecemos y a aliviar las crisis cíclicas, lo que ocurre cada vez que se reorganiza la oferta y la demanda.
Con las monedas hay falsa mística, mucha dogmática, exceso de celo político y poca física. Le contarán todo tipo de pamemas sobre las dificultades y el engorro que supone el uso de tres monedas. La informática hace tiempo que resolvió ese tipo de asuntos. Se puede estar viviendo todo el día dentro de una moneda neutral (local), establecer los vínculos institucionales, las obligaciones fiscales, en una moneda con valor de cambio y contable (nacional) y ahorrar en una tercera no expuesta o menos expuesta al delirium tremens de nuestro actual sistema financiero y monetario. Las tres monedas pueden convivir y ser usadas libremente por parte de los ciudadanos.
El siglo XXI es el siglo del conocimiento y estamos obligados, por mandato imperativo de nuestra evolución intelectual y moral, a abandonar la superchería y buscar soluciones inspiradas en el saber. Si tenemos en cuenta la telematización imparable de nuestras sociedades y que abonaremos las cantidades, pequeñas y grandes, con un dispositivo celular (un teléfono móvil con más prestaciones que las que conocemos), la existencia de tres monedas se convierte en una anécdota sin coste funcional.
Evidentemente, la existencia de tres monedas circulando simultáneamente, requiere otro sistema financiero, otra clase política y otra forma de pensar. No importa quien lidere este debate, lo que es obvio es que las crisis cíclicas y estructurales son intolerables, intelectual y moralmente intolerables y que el actual sistema financiero y monetario es antojadizo y fantasioso.






















