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Escáner: ACTUALIDAD, CONTEXTO, ANÁLISIS

SE VENDE COMO PAZ LA GUERRA

En Afganistán todo es al revés

GEES | Peatóm | 9·10·2009 | 00:00 |
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Tropas occidentales en Afganistán

Por F. Carmona y Choussat*. En Afganistán todo es al revés. Nada es lo que parece. Se vende como fracaso el éxito, como paz la guerra y como libertad la esclavitud. Es terriblemente orwelliano que al haber logrado los Estados Unidos que Afganistán no cobije a terroristas que planeen ataques contra Occidente —por mucho que el combate sea fiero— se crea ahora que se puede abandonar a su suerte. En esta guerra, que es la paz para tantos países de la OTAN, el éxito —por requerir exigencia, sufrimiento y ser revocable— es pues, en la mentalidad posmoderna, un fracaso. Como tal, se concluye, hay que devolver la soberanía a los afganos, es decir, la libertad. Pero la realidad es otra: no hay paz sino guerra, no hay libertad sino dependencia de fuerzas exteriores para garantizarla; y no, no hay fracaso sino éxito, aunque a veces no lo parezca. Sin victoria no hay paz.

La impresión de fracaso en Afganistán procede del hecho de que, oh sorpresa, el islamista radical no se deja aniquilar, devuelve los golpes, y se opone a todo intento democratizador o liberalizador con toda la violencia de la que es capaz

La crítica de origen, el argumento más razonado de todos los existentes —¿el único?— presentado como alternativa a la doctrina Bush es de Angelo Codevilla. Consideraba utópico el programa democratizador de Oriente Medio, pero sobre todo advertía de la inadecuación de los fines con los medios. Estimaba que sólo una victoria absoluta podía traer la paz y que, por tanto, habría que limitarse a una derrota bélica absoluta de AlQaeda y los talibán en Afganistán, y de los suníes y baasistas en Irak. La primera tuvo lugar hacia finales de noviembre de 2001, cuando prácticamente con las solas tropas de operaciones especiales, los americanos, ayudándose de la Alianza del Norte —un grupo de mujahidines opuestos a los talibán— venció a estos últimos, tomó las grandes ciudades y llevó a los restos a refugiarse en Tora Bora y, verosímilmente, a Bin Laden a abandonar el país a través de la frontera pakistaní.

También en Irak, a los dos meses de la invasión, las grandes ciudades estaban en manos de las fuerzas de la coalición y en todo caso se pudo dar por derrotados a los partidarios de Sadam al menos con su detención, o, sin duda, con su ejecución. Abandonar esos países en aquellos momentos hubiese podido considerarse equivalente a una victoria, por qué tal abandono traía, inexeroablemente, la paz es algo que no llega a explicar Codevilla, que, en todo caso, supone la única oposición intelectualmente seria a la doctrina Bush.

Codevilla asegura que el uso de la fuerza hubiera podido continuar de otra manera de ser necesario. Por ejemplo, cuando Al Qaeda hizo todo lo posible por suscitar una guerra civil en Irak tras el bombardeo de la mezquita de Samarra en febrero de 2006, ¿qué hubiera impedido a los americanos armar a los mayoritarios chiítas frente a los ex dominadores sunitas y esperar el desenlace desde la distancia? El caso es que los americanos prefirieron tratar de propiciar la paz en lugar de dejar que la naturaleza siguiera su curso —en la expresión de Codevilla— y quizá el resultado obtenido, el actual, haya sido más apropiado.

En todo caso ahora Bush ya no está y aunque todo el mundo finge, sorprendentemente, poseer la convicción de un neocon —¿por qué?— lo cierto es que respecto a Afganistán no hay mucha gente en Occidente que crea hoy, como lo hacía Bush entonces que: «Los intereses vitales de América y nuestras más íntimas convicciones son hoy coincidentes. Desde el día de nuestra fundación hemos proclamado que todo hombre y mujer sobre esta tierra tienen derechos, y una dignidad y valor incomparables, porque están hechos a la imagen del Hacedor del cielo y de la tierra. Durante generaciones hemos proclamado el imperativo del gobierno del pueblo, porque nadie está hecho para ser el dueño de otros, ni nadie nació para ser esclavo. Nuestra nación nació como una misión para promover estos ideales. Es el honroso logro de nuestros padres. Y se convierte ahora en un requisito urgente para nuestra seguridad y en la llamada de nuestro tiempo.»

Esta llamada de nuestro tiempo, nadie más la ha oído. Y si lo han hecho, recordar a Ulises sería hacerles un inmerecido favor. Pero tampoco parece que haya partidarios de Codevilla, ni siquiera entre quienes abogan, como el Senador Levin (Estados Unidos) por acabar de formar a las fuerzas afganas abandonando el lugar. ¿Entrenamiento por correspondencia?

:: Occidente avanza en otra dirección

¿En que dirección? Pues hay que unir civilizaciones y no hacer cruzadas; hay que extremar la delicadeza con todo tipo de regímenes; la proliferación nuclear de tiranías no es un problema; el miedo es un argumento para dejar de hacer cosas necesarias; ceder al chantaje no es tan grave y; por fin y por supuesto: todo va bien, siempre que no aparezca algún iluminado decidido a defender con armas el legado occidental, que, después de todo, es uno más entre miles y no está muy claro que tengamos legitimación para imponerlo; menos aún para esperar que sea aceptado. Este fracaso sería nuestro éxito.

Charles Murray ha descrito muy bien cómo se manifiesta el éxito en las sociedades europeas a través de una menguante vitalidad no exclusivamente física, sino extendida a la ausencia de atractivo por lo que solían considerarse vidas bien vividas: las que privilegiaban la vocación, la familia, la religión.

:: Neocón el último

En cambio, la única estrategia de victoria —de éxito no orwellianamente entendido— es la que Bush aplicó al definir su doctrina y al seguirla fielmente en el caso de Irak. De modo que quien se prepare hoy a incrementar la tropa en Afganistán sólo lo hará siguiendo a Bush y a los neoconservadores que lo sugirieron desde el Weekly Standard, allá por el año 2006. Pero cuál es el hilo argumental, el que siguen los líderes occidentalesm aquuellos que están decidiendo que hay que aguantar en Afganistán. No el de una retirada para guerrear desde la distancia, como propone George Will, el famoso columnista que por primera vez poniendo en juego la balanza ha decidido que no vale la pena. Tampoco el seguido por Andy McCarthy, conocedor del islamismo y desconfiado hasta la médula de cualquier democratización de la zona. Ni siquiera el de Mark Levin, estrella radiofónica que diciendo que hay que quedarse, hace un alegato a una vuelta a casa en el medio plazo. Tampoco estará siguiendo el lado de la crítica a Bush por la derecha, donde yacía y yace Angelo Codevilla, quien lleva siglos diciendo que sin guerra no hay paz y que se trata solo de derrotar al talibán y al suní, para poder regresar sin preocuparse por lo ajeno y desconocido. El hilo argumental que estarían siguiendo sería el narrado por Norman Podhoretz y Bernard Lewis.

Es este el único doble razonamiento que, simplificando, los neoconservadores, han venido haciendo para justificar el uso de la fuerza en Afganistán e Irak. A saber:
1. Que ha sido la percepción del islamismo radical de nuestra debilidad la que ha hecho posible los ataques terroristas;
2. Que la democratización de Oriente Medio y del Islam en general no sólo no es una causa perdida, sino que es la llamada de nuestro tiempo.

En este segundo aspecto el académico Bernard Lewis, después de darle muchas vueltas al asunto, al menos desde Las raíces de la furia musulmana (1990) —artículo que inspiró a Samuel Huntington el choque de las civilizaciones—, concluyó afirmando que “o les llevamos la libertad o nos destruyen“. El análisis de Lewis se sitúa, claro, a años luz de aquél cínico “be nice to us or we will bring democracy to you” que se hizo famoso como pegatina durante los peores meses de la guerra de Irak.

En cuanto al ataque como consecuencia de nuestra debilidad, parece evidente que el primero en sostenerlo como argumento fue el propio Ben Laden, a cuenta de la horrible historia sufrida por un grupo de rangers en Somalia en 1992: «Después de nuestra victoria en Afganistán (…) nos preparamos para una dura batalla (para derrotar al superpoder americano en Somalia). Cuál no sería nuestra sorpresa cuando descubrimos lo baja que era la moral del soldado americano, y se dieron cuenta (nuestros muchachos) que el soldado americano no era más que un tigre de papel. (…) y que, a las primeras de cambio cedía Somalia en retirada, avergonzado y desgraciado, arrastrando los cuerpos de sus soldados. (…)Estaba en Sudán cuando esto sucedió. Fui muy feliz al darme cuenta de la gran derrota que sufrió América; así se sentían todos los musulmanes.»

Pero quien le dio una envoltura literaria y una coherencia intelectual fue Norman Podhoretz en “World War IV: How It started, What It Means, and Why We Have To Win” y en la serie de artículos que sucedieron a este, que acabaron formando el núcleo de su libro La IV Guerra Mundial.

Si en su momento los terroristas islámicos combatieron nuestra debilidad esperando hacerse con las sociedades occidentales, o al menos dominarlas lo suficiente como para convertir a sus habitantes en dhimmis (conversos de poco fiar) una vez que se puso en marcha la doctrina Bush y que la guerra fue llevada a los campos de batalla de Afganistán e Irak, los terroristas se vieron obligados a combatir lo que Fouad Ajami ha denominado el regalo del extranjero, es decir la aspiración a la libertad de sus propios congéneres. Un éxito, que el propio Occidente, también Estados Unidos está en proceso de convertir en fracaso.

:: Terrorismo contra el regalo del extranjero

En la primavera de 2005, habiendo ya Gadafi renunciado a su programa nuclear y habiendo comenzado el Líbano a deshacerse de la influencia siria, a lo que había que añadir las elecciones egipcias y la admisión del voto femenino en Kuwait, parecía como si súbitamente una ola de democratización se sobrepusiese a lo que hasta entonces era el resultado geoestratégico de décadas de opresión; en expresión de Bush, “los pantanos” en que se cultivaba el terrorismo.

Esta tendencia, al ser combatida por los terroristas, mientras redoblaban sus explosiones suicidas en Irak, hacían el esfuerzo de controlar y fomentar las opciones más radicales como la de Hamas en Gaza, la de los Hermanos musulmanes en Egipto, y la propia baasista en Siria, y lograban eventualmente que la estabilidad de la zona no acabara de conseguirse, era la demostración misma de que lo que combatían los terroristas, la libertad, podía acabar por imponerse en Oriente Medio. ¿Luchan tan encarnizadamente a sabiendas de que van a fracasar o lo hacen por qué creen que pueden librar la batalla y salir victoriosos?

Al tiempo que fomentaban y se veían beneficiados por las quintas columnas que en los países occidentales se regodeaban en la violencia y la sangre de Bagdad, confundiendo la resistencia a la democratización con una causa justa frente a la invasión extranjera, aspiraban a expulsar al democratizador con fusiles y ajusticiarlo. Los medios de masas occidentales no han dejado de fomentar el carácter utópico del intento occidental, sugiriendo la vuelta a la perspectiva realista en política exterior. Bush se había revelado contra la poca estabilidad de la política exterior realista y la mucha opresión que inflingía a los pueblos. Bush revocó dicha política exterior.

Donde Bush revocó, los demás se revolcaron. Sin vergüenza y con naturalidad, un desinhibido realismo, en política exterior, realismo tejido con cinismo en esta do puro, vino a suceder a la política de expansión democrática. El cinismo se instaló en la propia Casa Blanca.

Pero, y aquí la paradoja, ni la re-asunción de los programas realistas más despojados de consideración moral alguna logró mejorar un ápice la situación. Y tuvo que ser otra vez Bush quien en enero de 2007, volviendo a criterios de firmeza, encomendara el cambio de estrategia en Irak sugerido por el general Petraeus. Este, con su combinación de atracción inteligente de los moderados y aniquilación del pacifismo irreductible, atrincherado en los medios de comunicación, invocó la frase máfica: “no se logrará la victoria sólo por medios militares”, dando la vuelta a la coyuntura y sin otro fin que disimular el uso masivo de la fuerza. Son esos mismos mecanismos los que ahora, el siempre virgen progresismo, después de haberlos criticado sin mesura ni razón, pretende aplicar en Afganistán como cosa suya y como cosa buena.

Sea ello como fuere, ha resultado que la prolongación de la contienda y la ausencia de resultados definitivos en la batalla de Afganistán, además de la incesante pérdida de vidas humanas entre los militares más comprometidos, han hecho perder el ánimo a la mayoría de los soportes ideológicos de la guerra. Por eso, por dichas circunstancias, es difícil ver otra cosa que deseos de retirada en los líderes que envían una carta a la ONU para discutir un calendario de devolución de la soberanía a los afganos —como si alguna vez la hubieran tenido—, o los que reclaman tiempo para deliberar la estrategia a seguir.

:: O hay beso en Times Square, o no hemos ganado

Pero este debate no hace sino reiterar, además de los argumentos ya oídos durante la guerra de Irak, y amén de la oposición original a ambas batallas, que la ausencia de éxito —un éxito definitivo y absoluto, con confetis y banderas, un éxito infantil— es una buena razón para abandonar. ¿Desde cuando, repetía Ortega, dejó de haber hambre porque se supiera que no habría pan? ¡Brioches, que nos traigan brioches!

A falta de pan, he aquí las tortas con las que estamos engañando el hambre. Figuras de la talla de Andy Mc Carthy  han acabado constatando que al no ser posible democratizar el Islam es inútil seguir luchando y perdiendo marines en Afganistán. Por su parte, George Will, procedente de un conservadurismo más clásico sin llegar al paleo-conservadurismo de Buchanan (aislacionista, proteccionista, enemigo de los grupos de interés y del lobby judío), que tiene como única virtud el nunca haber creído en estas aventuras, sostiene que las muertes que cotidianamente provoca toda guerra, no valen la utópica democratización de Afganistán, y sugiere una intervención más distante.

Cuando el senador Lindsay Graham le preguntaba a Petraeus si pensaba que Irak merecía el sacrificio en sangre y dinero que estaba haciendo el pueblo americano, en estos términos: “¿Yo le digo que van a morir una media 60 soldados al mes y que nos vamos a gastar 9 mil millones de dólares al mes y usted me dice que vale la pena?”. “Sí señor, si no lo pensara, no estaría aquí”. Contesto Petraeus.

No hay nadie capaz de responder sobre Afganistán lo mismo que Petraeus respecto de Irak, pero, aprovechando la oleada de contestación americana a la guerra buena de Obama, el radiolocutor Mark Levin le decía a McCarthy: todavía no. Aunque tanto en su respuesta como en la de Peter Hegseth, capitán veterano de Irak, seguía advirtiéndose la duda de quien conoce las horribles situaciones que toda guerra conlleva.

Por eso no puede dejarse de lado la menos comentada apreciación de Michael Gerson. Se atribuye a Gerson el muy idealista segundo discurso inaugural de Bush, digno de compararse literariamente a las elocuciones de Lincoln, pero no es por su valor formal por lo que hay que resaltar su opinión, sino porque se dedica a pedírsela a Petraeus. El artículo, en clara referencia a Will (”La pérdida de voluntad en Afganistán” o “La pérdida de Will en Afganistán”, pues ambos sentidos tenía su título), recoge varias consideraciones del general, hoy ascendido por Obama a la condición de comandante de todas las fuerzas americanas en Oriente Medio.

Respecto a la democratización de Afganistán y al hecho de si merece la pena mandar soldados a morir por un proceso electoral plagado de verosímiles alegaciones de fraude, el siempre prudente militar, más diplomático que nunca, estima que es una pregunta que hay que hacerse más a menudo, y afirma que la democracia afgana funcionará, pero que no lo hará sola, sino que exigirá la aplicación de más recursos.

Respecto a la posibilidad de incorporar más medidas antiterroristas propias de operaciones especiales, como las que propiciaron la toma de Kabul y las principales ciudades afganas antes de diciembre de 2001, y ataques desde el aire con menor riesgo de bajas, admite que es lo que se hace en parte de Pakistán, pero que requiere una enorme infraestructura sobre el terreno y que, en todo caso, la distancia pone límites a lo que se puede hacer. Así, no es posible bombardear sin medida, ni siquiera los santuarios de los terroristas —aquellos lugares en donde los terroristas se hacen querer y proteger, a su manera: rebanando pescuezos. Tampoco cree Petraeus en ir aumentando paulatinamente tropas aquí y allá, sino en la recuperación de la iniciativa en la batalla; lo que requiere una estrategia completa y no un simple aumento de soldados.

Insiste en que si se mejora la vida de los afganos sabrán ser agradecidos. Para ello es imprescindible impedir que sean intimidados o coaccionados.

Fred Kagan, uno de los responsables de la estrategia que funcionó en Irak, también ha escrito sobre la materia no sólo para estar de acuerdo con O’Hanlon de la pro-Demócrata Brookings Institution, sobre el hecho de que hay muchas cosas que funcionan bien en Afganistán, sino para disipar las dudas acerca de la importancia de Pakistán, indudablemente clave, pero, como confirma Reuel Marc Gerecht, sin exagerar. Es precisamente Pakistán el que depende del resultado de Afganistán y no al revés.

Y por fin está Cliff May  para el que Afganistán es sólo una de las batallas de la guerra contra el terrorismo en la que lo que esperan los terroristas es una retirada. Poco importa que los occidentales la justifiquen no queriendo ayudar a Bush, porque no nos cae bien o, a pesar de querer ayudar a Obama, por lo bien que nos cae.

Coincide curiosamente con el último mensaje atribuido a Ben Laden, en donde aparte de demostrar su sintonía con los dogmas de la progresía mundial, usa como excusa de un inexistente argumento, los intereses creados, el lobby judío, la potencia neoconservadora y otra retahíla de bobadas más propias de un botellón de fin de semana, más propio de una cena entre bienpensantes, o periódico al uso —que tanto da—, y alienta a sus huestes a resistir, porque a Occidente lo que le conviene es irse de Afganistán e Irak. Lo hará porque es débil. Abandonarán así los occidentales Oriente Medio y ya se encargará Ben Laden de la entidad sionista, siempre que no sea el propio mundo occidental, con sus discusiones sobre la nada a partir del 1 de octubre, el que se haya empeñado en darle esa oportunidad a Ahmadineyad en lugar de a él.

Paradójicamente Fareed Zakaria, estrella del firmamento progresista razonable, modelo educadísimo de compañero de cocktail-party y de no sacar nunca los pies del plato, ha llegado a afirmar que la estrategia ha de ser hablar y comprar al enemigo (debe entenderse, por lo que se verá, aquellos adversarios cuya debilidad les pone en difícil situación si no colaboran con los talibán) que es lo que tan bien funcionó en Irak. No hubiera venido mal tanta convicción hace unos años en Irak y con Bush, para aplicar ahora, en Afganistán y con Obama.

:: Se busca líder. Intermediarios abstenerse

Este es pues un resumen del debate hoy existente sobre Afganistán. Lo que más pesa es sin embargo el hartazgo de las opiniones públicas occidentales empobrecidas intelectualmente a más no poder, consumidoras de productos periodísticos facilotes y pacifistoides, a lo que hay que añadir la falta de ganas y dinero para hacer la guerra y no el amor, de donde proceden las limitaciones que afectan a las tropas de la OTAN en el terreno. Entonces, Bush, en el caso de Irak, envers et contre tous, después de oír el asesoramiento del Irak Study Group, hizo valientemente lo contrario de lo que recomendaba, y acertó. No se ve a a nadie hoy capaz de, por poner un ejemplo, mandar una carta a la ONU, pedir un calendario de retirada y luego enfrentarse a esa autoridad política mundial tan sui generis y decirle: te equivocas, el camino acertado es este otro.

Una de las razones para que todo jefe de gobierno pudiera hoy, si quisiera, elevarse por encima del paisaje, es sobreponerse a las semi-verdades que la prensa generalista cuenta sobre Afganistán que en poco se diferencian de las inmensas mentiras que recopilaron entonces sobre Irak. Pero sí subsiste esa impresión de fracaso procede del hecho de que, oh sorpresa, el islamista radical no se deja aniquilar, devuelve los golpes, y se opone a todo intento democratizador o liberalizador con toda la violencia de la que es capaz. No existe hospital o escuela que convenzan al condenado, oiga. Defenderán quizá los occidentales la guerra, pero seguirán sin comprenderla. Después de un tiempo, defenderán la retirada, y acaso no entiendan qué significa para amigos y enemigos. Mientras tanto seguirán confundiendo éxito con fracaso; en la misma medida en que hoy nublan su entendimiento tomando la paz por la guerra, y la libertad por la esclavitud. Y es que todas las guerras son iguales, pero ya se sabe, algunas son más iguales que otras.

_____________
(*) Juan F. Carmona y Choussat es Doctor en Derecho por la Universidad Complutense de Madrid

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