Irlanda. La vetusta Erin votó en el día de ayer, el sí o el no, al Tratado de Lisboa, el sustituto o remedo de la extinta Constitución Europea, ya fracasada. El Tratado de Lisboa, en la práctica, es la reactivación por la puerta falsa del Tratado-Constitución rechazado por holandeses y franceses en referendo. El Tratado de Lisboa abría la puerta para que la mayoría de los estados pudieran ratificarlo en sus respectivos parlamentos sin la exigencia de ser sometido a ratificación popular. Es el camino seguido hasta la fecha por la mayoría de países.
El caso irlandés es muy peculiar. La Constitución de Irlanda obliga a someter a referendo todos los tratados internacionales. Irlanda votó ayer, y hoy se han abierto las urnas para iniciar el recuento. Los primeros resultados, cuando se lleva escrutado más del 50% de las papeletas, dan al “no” una victoria por goleada. La Unión Europea ha cosechado su primera derrota con la bajísima participación de los irlandeses en el referendo, apenas un 45%. La segunda derrota, si se confirmara, y lo sabremos a última hora de la tarde, la cosecharía si Irlanda dice “NO”. El ministro irlandés de Justicia, Dermot Ahern, ha reconocido que el ‘no’ era una tendencia imparable en el recuento.
Los ciudadanos del continente empiezan a percibir la Unión Europea más como una encerrona que como una ventana por la que pueda oxigenarse Europa. Los ciudadanos temen a las burocracias sobre las que no tienen ningún control y temen con mayor angustia a las tenidas de primeros ministros y jefes de Estado, reunidos a puerta cerrada y acordando cosas para las que en puridad no tienen mandato. La Unión Europea, tal como está concebida, tiene un agudo problema de legitimidad para todas sus decisiones desde un punto de vista estrictamente democrático, en derecho, y un enervante déficit de credibilidad.
Unos y otros, ciudadanos de aquí y de allá, han tomado nota del distinto peso de las naciones. No hay ciudadanía europea, hay intereses que se ventilan a puerta cerrada y que se dirimen en función del que tenga mayor poder. La homogeneidad no se da en los derechos, tampoco se da en los intereses, aún menos en las obligaciones y el que más y el que menos empieza a ser consciente de que su supervivencia depende de sus orígenes, de su peculiaridad y esfuerzos.
Como consecuencia del estado desfavorable de la opinión pública, la clase política irlandesa ha mantenido a lo largo de la campaña un perfil muy bajo. A pesar de la implicación de su primer ministro, Brian Cowen, acompañado de líderes europeos pidiendo el sí en los últimos días, los irlandeses, todo indica, que tenían tomada con antelación su decisión. Irlanda, a la espera de los resultados definitivos, ha dicho NO al Tratado de Lisboa.






















