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EL VERDADERO VLADIMIR

Putin juega con fuego

Antonio Yuste | 21·08·2008 | 09:00 |
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Vladimir Putin. Imagen propagandística de Putin con un toque intencionado a lo Marlon Brando

«Yo tengo cuatro claveles, / uno por cada motivo: / el encuentro, tu mirada, / mis secretos, nuestro olvido. / Estoy jugando con fuego». Son estrofas de la canción de Andrés Calamaro, ‘Jugar con fuego’. Es la historia de un desencuentro, de un amor fallido pero intenso. Y ‘Jugar con fuego’ es lo que le imputó Condolezza Rice al Sr. Putin. Occidente ha considerado, unánimemente, la actuación de Putin como acoso e intimidación.

Putin está empecinado en reconstituir un polo alternativo de poder distinto al de la OTAN o el de Occidente. La hipótesis inicial de que Rusia, después del deshielo y la autodestrucción de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, formaba parte del tronco occidental, poco a poco, se ha ido desdibujando. La Rusia postsoviética no digiere su renuncia a la inmensidad como etapa previa para sobrevivir, y admite con dificultad que su tamaño militar, desproporcionado, herencia de la vieja URSS, no se compadece con su PIB, similar al de España, y con su capacidad real de influir en la marcha de la humanidad.

Putin aspira a sacar partido a su poderío militar y aspira, es más que evidente, a preservar sus zonas reservadas de influencia, ajenas al derecho internacional, poniendo a remojo la independencia jurídica, política y económica de Letonia, Lituania, Estonia, Bielorrusia, Ucrania, Moldavia, Georgia, Azerbaiyán. Armenia, Kazajastán, Turkmenistán, Uzbekistán, Kirguizistán, Tayiskistán, Mongolia y las zarpas siempre dispuestas a arañar influencia en Hungría, Rumanía, Polonia, Bulgaria, Chequia y Eslovaquia. La renuncia a la inmensidad, una estrategia indispensable para la supervivencia de la propia Rusia no cuenta con adeptos en el Kremlin de Putin, atrapado en las telarañas del subconsciente imperial ruso. El actual aparato del Kremlin se resiste a pagar los platos rotos de 75 años de desvarío criminal.

La Rusia postsoviética no digiere su renuncia a la inmensidad como etapa previa para sobrevivir, y admite con dificultad que su tamaño militar, desproporcionado, herencia de la vieja URSS, no se compadece con su PIB, similar al de España

Rusia resucitó a la vida, después de 75 años de revolución socialista continuada, mostrándonos sus heridas y el estercolero en que se convirtió Rusia tras 75 años de culto a la aberración sumaria. Resucitó sin estructuras industriales, sin infraestructuras relevantes, con el economía en derribo, con una población desmotivada, desmoralizada, descreída, psicológica y emocionalmente en quiebra, y poco receptiva a cualquier forma de incentivación. Después del deshielo, después de la glasnost (transición hacia la libertad informativa), después de la Perestroika (transición hacia la libertad política), después de la descomposición de la URSS y la aparición de 15 nuevas repúblicas, después de dichos hitos, la demanda de libertad se solapó con la demanda de comida. Las ansias de libertad convivían y conviven con otra demanda primaria, pero igual de intensa, la demanda de alimentos, de energía para calentarse en los fríos inviernos, y la demanda de esperanza para su propia supervivencia como individuos. Venían de un gulag gigantesco y aún a sabiendas de que necesitaban la libertad, sobrevivir sigue siendo, aunque menos que en la época del gulag, muy difícil. La pobreza era y sigue siendo máxima.

Una parte de los ciudadanos, en desánimo por la descomposición emocional y psicológica en la que estaban sumidos, prestaron sus oídos a viejos discursos de esplendor y gloria, caldo de cultivo en el que floreció el partido de Vladimir Putin, ‘Rusia Unida’. Una parte del pueblo ruso aplaude la determinación de Putin, y sus esfuerzos por restituir el orgullo imperial herido. ¿Es viable el discurso político de Putin? Desde el punto de vista económico es una quimera. Obliga a Rusia a un sobreesfuerzo presupuestario en asuntos militares que se retira de partidas de interés para el bienestar y despegue económico de un país con una renta per cápita anual de 10.000 €, pésimamente repartidos, con buena parte de sus infraestructuras civiles en estado calamitoso y muy lejos de los derechos civiles y políticos a los que aspira la población rusa.

Putin aspira a sacar partido a su poderío militar y aspira, es más que evidente, a preservar sus zonas reservadas de influencia, ajenas al derecho internacional

La beligerancia antioccidental de Putin y su equipo, lastra las posibilidades económicas, culturales, científicas y tecnológicas rusas. Dificulta las transferencias tecnológicas de uso civil, retrasa el despegue económico de su población y contribuye al desasosiego de sus 148 millones de habitantes. Putin quiere el control estratégico de las reservas de hidrocarburos dentro de lo que consideran su patio trasero ex soviético. Influencia que se deriva de los desproporcionados costes militares que mantiene, sin tener con qué, y que se los resta a la población civil.

La estrategia política y económica de Putin se ciñe a un duopolio menguado, de cañones y materias primas. Putin está protagonizando un viaje inaudito, del gulag a la libertad, y de la libertad al hipernacionalismo de bajos vuelos. El retorno a la inmensidad, a los tratos de dominio con su vecindad, y a la reconstitución de un polo de poder separado de occidente, se han convertido, de facto, en el programa político central de Putin.

La estrategia política y económica de Putin se ciñe a un duopolio menguado, de cañones y materias primas

La crisis de Georgia, de momento, se ha saldado, además de con la pérdida de vidas inocentes, con el destrozo de infraestructuras claves de Georgia, la destrucción de dos ciudades importantes, Gori y Chinvali, y con algo más dramático e impensable hace solo un mes: el despliegue de un sistema antimisiles en Polonia por parte de Estados Unidos con el respaldo de la OTAN y el acceso que Ucrania ha proporcionado a la OTAN para que use su sistema antimisiles, heredado de la vieja URSS. Putin ha obrado el milagro de reagrupar a Occidente.

¿Puede Rusia con su PIB embarrarse, precipitarse en la pobreza, como antaño? La exhibición de músculo militar protagonizada por Putin, en Georgia, ha puesto los pelos como escarpias a los ciudadanos de las repúblicas ex soviéticas, particularmente, a los ciudadanos de Ucrania, Bielorrusia, Letonia, Estonia, Lituania y Moldavia, todos ellas con conflictos latentes con la población de origen ruso de sus propios países. Para Occidente es una señal de extrema hostilidad hacia inversiones occidentales realizadas en Azerbaiyán y Georgia y que contribuyen al suministro de Occidente de una materia prima tan disputada: los hidrocarburos. Azerbaiyán exporta su petróleo hacia Occidente a través de Georgia para lo que usa tres grandes conducciones que desembocan en el Mar Negro y en el Mar Mediterráneo.

«Yo tengo cuatro claveles, / uno por cada motivo: / el encuentro, tu mirada, / mis secretos, nuestro olvido. / Estoy jugando con fuego». El envalentonamiento temerario de Putin necesitaba una respuesta clara de Occidente y se ha producido. Letonia, Lituania, Estonia, Ucrania, Moldavia, Polonia, Hungría, Bulgaria, Rumanía, Eslovaquia y Chequia, necesitaban comprobar si Occidente era en verdad un aliado fiable o una ilusión óptica.

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