Entrevista. A sus 71 años, la catalana Victoria Cardona, abuela de cuatro niños que viven en Zaragoza, escribe y aporta ideas para mejorar el entendimiento entre los abuelos, los padres y los nietos. Madre y abuela de familia numerosa, Victoria Cardona presentó el jueves en Zaragoza el libro “Conciliar la vida familiar”, donde ofrece reflexiones y anécdotas sacadas de su propia vida. No olvida el papel que juegan los abuelos en el complicado rompecabezas de la organización familiar.
—En su libro se acuerda de los abuelos. ¿Son los que se encuentran más desorientados en la difícil vida actual?
—Más que desorientados, los abuelos estamos sorprendidos. Vemos que nuestras vidas fueron muy distintas a la de los jóvenes de ahora, en todo: en el trato con los padres y los suegros, en la autoridad -no autoritarismo- con los hijos, que a veces no se ejerce en la actualidad… Así que debemos irnos adaptando a los cambios, y eso siempre cuesta.
El síndrome de la abuela esclava tiene una solución: saber decir no, saber nuestras limitaciones y nuestra realidad —Usted que ya tiene nietos, ¿ha sufrido alguna vez el síndrome de la abuela esclava? —Eso es egoísmo puro por parte de los hijos… —Porque da la impresión de que también se da el síndrome de los abuelos desechables: os utilizamos cuando nos conviene, y si no nos interesáis os dejamos de lado. —Dice en su libro que hay que escuchar a los abuelos para que no se pierda su legado, la memoria biográfica…
Pienso que, en el fondo, es un asunto de respeto. A la persona nunca se la debe considerar como un objeto, y es aplicable a todos, a los abuelos, a la mujer… es la dignidad de la persona —¿Corre el riesgo de perderse ese legado? —¿También es importante transmitir la empatía, saber ponerse en el lugar del otro?
—Les diría que el mejor consejo es no dar consejos. Las suegras deben observar, callar, comprender y, por favor, no interferir nunca en la autonomía del matrimonio —¿Qué consejo le daría a las suegras? —Y a las madres trabajadoras, ¿qué consejos les daría?
—No, porque creo que el síndrome de la abuela esclava tiene una solución: saber decir no, saber nuestras limitaciones y nuestra realidad. Si no podemos atender a los nietos por salud, o porque nuestro tiempo no quedaría bien gestionado, o el marido jubilado queda aparcado por estar con ellos, hay que decirlo a los hijos. Pero este síndrome es muy natural porque hay muchas abuelas que tienen miedo de no ser útiles y creen que una manera de que los hijos las quieran es atendiendo a los nietos.
—Sí, claro.
—Pienso que, en el fondo, es un asunto de respeto. A la persona nunca se la debe considerar como un objeto, y es aplicable a todos, a los abuelos, a la mujer… es la dignidad de la persona. Debe haber respeto para no desechar nunca a nadie, y menos a los abuelos. Creo que a veces ocurre en los matrimonios jóvenes, pero sin mala intención, a consecuencia de las prisas y por lo que absorbe el trabajo. Pero para que un abuelo nunca se sienta esclavo, es decir, para que no haga las cosas por fuerza y en contra de su voluntad, hay que saber pedir y decir: “Esto no puedo”, “a esto no llego”.
—Claro, ¿quién nos transmitiría si no su sabiduría y su experiencia?
—Hay que evitarlo pasando tiempo con los nietos, transmitiendo la memoria biográfica e histórica, a través de recuerdos, de fotografías del pasado, incluso cualquier nieto es feliz haciendo con la abuela las galletas que se hacían antes. Y, aún más importante, hay que transmitir el legado de ser buenos, personas bondadosas. Pienso que muchos problemas de hoy desaparecerían si comunicáramos la importancia de tener buen corazón, de tener compasión. Cuantas asuntos de violencia solucionaríamos si vieran una actitud buena.
—La inteligencia emocional es lo más importante que hay, porque en mi época lo que primaba era el coeficiente intelectual, y ahora uno se da cuenta de que las personas que son responsables, alegres, aportan algo con su trabajo, son más felices y hacen más felices a los demás.
—Les diría que el mejor consejo es no dar consejos. Las suegras deben observar, callar, comprender y, por favor, no interferir nunca en la autonomía del matrimonio. Con calma sí se pueden decir las cosas, porque mi libro aboga por la comunicación, por crear un nivel de confianza. Es preferible que por un exceso de confianza se falte al respeto a que las nueras no digan nada y consideren que es problema de la suegra. Y a la inversa, lo mejor es hablar las cosas.
—Les digo: no olvidéis nunca que sois mujeres, que la empresa ha sido organizada por hombres desde el siglo pasado y que es muy difícil que comprendan vuestra manera de trabajar y de ser. Por tanto, debes establecer unas prioridades, no rindes más ni eres mejor trabajadora porque estés más horas en el despacho. Por eso hay que saber decir: me quedaría un rato comentando la reunión, pero me voy porque tengo unos hijos que me esperan. Esto de la mujer también debe aplicarse al hombre que comparte, claro está.
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