![]() Por [1] Marta Lago. «La fraternidad no se puede establecer mediante una ideología; menos aún por decreto de un poder cualquiera», sino que «es posible reconocerse como hermanos desde la conciencia, humilde pero profunda, de ser hijos del único Padre celestial». Es la reflexión de Benedicto XVI a fieles y peregrinos de todo el mundo en este domingo del Bautismo del Señor. Por la mañana, durante la misa que presidió en la capilla Sixtina, el Papa bautizó a catorce neonatos, una costumbre ligada a la fiesta del Bautismo del Señor, con la que se concluye el tiempo de Navidad. Instantes después, en el rezo del Ángelus en la plaza de San Pedro, el bautismo fue centro de la catequesis del Santo Padre, porque este sacramento «sugiere muy bien el sentido global de las fiestas navideñas, en las que el tema de convertirse en hijos de Dios gracias a la venida del Hijo unigénito a nuestra humanidad constituye un elemento dominante». «Él se ha hecho hombre para que nosotros podamos convertirnos en hijos de Dios —subrayó—. Dios ha nacido para que nosotros podamos renacer», «entusiasmante motivo de reflexión y de esperanza». «La fraternidad no se puede establecer mediante una ideología; menos aún por decreto de un poder cualquiera», sino que «es posible reconocerse como hermanos desde la conciencia, humilde pero profunda, de ser hijos del único Padre celestial» «A cuantos le han acogido, se les da el poder de convertirse en hijos de Dios»: palabras del evangelista Juan que Benedicto XVI evocó para subrayar el «estupendo misterio de nuestro “segundo nacimiento”», «el renacimiento de un ser humano desde “lo alto”, desde Dios», que «se realiza y se resume en el signo sacramental del bautismo» con el que el hombre «se convierte realmente en hijo, hijo de Dios». «Conviértete en lo que eres» es «el principio educativo básico de la persona humana redimida por la gracia», señaló el Papa; «desde entonces el fin de su existencia consiste en alcanzar de modo libre y consciente lo que desde el inicio ha recibido como don». Y es que, «generado por el bautismo a una vida nueva, también el cristiano inicia su camino de crecimiento en la fe que le llevará a invocar conscientemente a Dios como “Abbà/Padre”; a dirigirse a Él con gratitud y a vivir la alegría de ser su hijo». «Del bautismo se deriva también un modelo de sociedad: la de los hermanos. La fraternidad no puede establecer mediante una ideología, menos aún por decreto de un poder establecido cualquiera. Es posible reconocerse hermanos a partir de la humilde pero profunda conciencia del propio ser hijos del único Padre celestial». «Gracias al Espíritu Santo recibido en el Bautismo», a los cristianos toca «el don y el compromiso —recalcó el Papa— de vivir como hijos de Dios y como hermanos, para ser como “levadura” de una humanidad nueva, solidaria y rica de paz y de esperanza». En ello «nos ayuda la conciencia de tener, además de un Padre en los cielos, también una madre, la Iglesia, de quien la Virgen María es modelo perenne», y a cuya intercesión recurre Benedicto XVI para que todos experimenten «la alegría de renacer cada día “de lo alto”, del amor de Dios, que nos hace sus hijos y hermanos entre nosotros». |
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