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ANUNCIO OFICIAL DE BENEDICTO XVI
Nace el dicasterio para re-evangelizar países en secularización
Peatóm | 5·07·2010 | 00:00

Vaticano. «He decidido crear un nuevo organismo, en la forma de “Pontificio Consejo”, con la principal tarea de promover una renovada evangelización en los países donde ya ha resonado el primer anuncio de la fe y están presentes Iglesias de antigua fundación, pero que están viviendo una progresiva secularización de la sociedad y una especie de “eclipse del sentido de Dios”, que constituyen un desafío para hallar medios adecuados para volver a proponer la perenne verdad del Evangelio de Cristo». Con estas palabras, recién pronunciadas en la basílica romana de San Pablo Extramuros, Benedicto XVI ha anunciado el nacimiento de este nuevo dicasterio de la Iglesia católica.

El nuevo dicasterio promoverá una renovada evangelización en los países que, habiendo recibido ya el anuncio de la fe, sufren una «progresiva secularización de la sociedad» y un «eclipse del sentido de Dios»

En fechas próximas se espera el nombramiento de los responsables del citado organismo. Sobre su misión, el Papa ha profundizado en su homilía en la celebración de las primeras vísperas de la solemnidad de los santos apóstoles Pedro y Pablo —santos patrones de Roma, cuya fiesta «evoca la doble tensión típica de esta Iglesia hacia la unidad y la universalidad»—, en presencia —como es tradición— de una delegación del Patriarcado (ortodoxo) ecuménico de Constantinopla, enviada por Bartolomé I.

Benedicto XVI atribuye una cierta paternidad de este nuevo dicasterio al siervo de Dios Giovanni Battista Montini, Pablo VI, quien, elegido Papa en pleno Concilio Vaticano II, eligió el nombre del Apóstol de los gentiles, san Pablo, gigante de la evangelización. Así, en su programa de actuación del Concilio, «Pablo VI convocó en 1974 la Asamblea del Sínodo de los Obispos sobre el tema de la evangelización del mundo contemporáneo, y cerca de una año después publicó la Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi».

Tal exhortación iniciaba: «El esfuerzo orientado al anuncio del Evangelio a los hombres de nuestro tiempo, exaltados por la esperanza pero a la vez perturbados con frecuencia por el temor y la angustia, es sin duda alguna un servicio que se presenta a la comunidad cristiana e incluso a toda la humanidad». «Impresiona la actualidad de esta expresión», subrayó Benedicto XVI; «se percibe en ellas toda la particular sensibilidad misionera de Pablo VI y, a través de su voz, el gran anhelo conciliar por la evangelización del mundo contemporáneo, anhelo que culmina en el Decreto Ad gentes, pero que permea todos los documentos del Vaticano II y que, antes aún, animaba el pensamiento y el trabajo de los padres conciliares».

Además «no hay palabras para explicar cómo el venerable Juan Pablo II, en su largo pontificado, desarrolló esta proyección misionera que —hay que recordarlo siempre— responde a la naturaleza misma de la Iglesia», recalcó Benedicto XVI. Y es que el Papa Wojtyla urgió a una «nueva evangelización», «”nueva” no en sus contenidos, sino en el impulso interior, abierto a la gracia del Espíritu Santo»; «”nueva” en la búsqueda de modos que se correspondan a la fuerza del Espíritu Santo y que sean adecuadas a los tiempos y a las situaciones»; «”nueva” porque es necesaria también en países que han recibido ya el anuncio del Evangelio»; y es «evidente el impulso extraordinario» que dio Juan Pablo II a la misión e la Iglesia, no sólo por sus viajes, «sino sobre todo por el genuino espíritu misionero que le animaba y que nos dejó en herencia al alba del tercer milenio».

«Recogiendo esta herencia», Benedicto XVI abrió su pontificado afirmando «que la Iglesia es joven, abierta al futuro». «Y lo repito hoy, cerca del sepulcro de san Pablo, la Iglesia es, en el mundo, una inmensa fuerza renovadora, ciertamente no por sus fuerzas, sino por la fuerza del Evangelio, donde sopla el Espíritu Santo de Dios, el Dios creador y redentor del mundo». Igualmente «los desafíos de la época actual superan las capacidades humanas», tanto los desafíos históricos y sociales como —«con mayor razón»— los espirituales. Y ello ante un sentimiento de impotencia de los propios pastores de la Iglesia, como advirtió el Papa. Pero Jesús demostró a los Apóstoles «que, con la fe en Dios, nada es imposible».

«Existe un hambre más profunda» que el hambre del alimento material; un hambre «que sólo Dios puede saciar» —reafirmó Benedicto XVI—, porque también el hombre del tercer milenio «desea una vida auténtica y plena, necesita verdad, libertad profunda, amor gratuito». También «el alma del hombre tiene sed de Dios» «en los desiertos del mundo secularizado». Y, haciéndose eco de palabras de Juan Pablo II, insistió en que «la misión de Cristo redentor, confiada a la Iglesia, aún está bien lejos de su cumplimiento».

«Hay regiones del mundo que todavía esperan una primera evangelización; otras que la han recibido, pero necesitan un trabajo más profundo; otras más en las que el Evangelio echó raíces hace largo tiempo, dando lugar a una verdadera tradición cristiana, pero donde en los últimos siglos —con dinámicas complejas— el proceso de secularización ha producido una grave crisis en el sentido de la fe cristiana y de la pertenencia a la Iglesia», detalló Benedicto XVI.

Es el momento, en su homilía, cuando anunció la creación del nuevo dicasterio que promoverá una renovada evangelización en los países que, habiendo recibido ya el anuncio de la fe, sufren una «progresiva secularización de la sociedad» y un «eclipse del sentido de Dios». Desde la basílica de San Pablo Extramuros, epicentro de ecumenismo, el Papa recalcó que el desafío de la nueva evangelización «interpela a la Iglesia universal y nos pide también que prosigamos con empeño en la búsqueda de la plena unidad entre los cristianos». Y, acogidas con aplausos, dirigió palabras de bienvenida y gratitud a la delegación ortodoxa de Constantinopla, que participó en la celebración de vísperas, recién concluida.

Evocando la figura de Pablo, junto a su sepulcro, Benedicto XVI no dudó en subrayar: «su persona y su ministerio, toda su existencia y su duro trabajo por el Reino de Dios están completamente dedicado al servicio del Evangelio», advirtiéndose un movimiento «donde el protagonista no es el hombre, sino Dios, el soplo del Espíritu Santo, que empuja al Apóstol por los caminos del mundo a fin de llevar a todos la Buena Nueva»: «las promesas de los profetas se han cumplido en Jesús, el Cristo, el Hijo de Dios, muerto por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación».


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