San Sebastián. El cine latinoamericano ha mostrado dos cintas muy diferentes en San Sebastián; una dura crítica social chilena con la dictadura de Augusto Pinochet como telón de fondo y una cruda historia de bandas criminales colombianas mezclada con magia negra.
Perro come perro, del colombiano Carlos Moreno, y Tony Manero, del realizador chileno Pablo Larraín, han sido las dos películas presentadas en la sección ‘Horizontes Latinos’ del Festival donostiarra y en ambas destacan las excelentes interpretaciones de sus protagonistas. Tony Manero es un original filme en el que su protagonista, un impresionante Alfredo Castro —que también ha colaborado en el guión—, está obsesionado en ser como el personaje que John Travolta popularizó a finales de los setenta en Saturday Night Fever. Un punto de partida que podría inducir a pensar en una comedia, pero nada más lejos de la realidad.
Raúl (Castro) es un tipo mediocre que sólo vive para parecerse al protagonista de la mítica cinta realizada por John Badham y participar en un concurso de la tele que busca imitadores de personajes famosos. Para lograr ese objetivo y dentro de una amoralidad difícil de entender, no duda en robar, matar o lo que sea necesario. “Puede parecer patético para mucha gente, pero yo creo que es bastante triste”, explicó el director en un coloquio.
Con un magnífico actor principal, no muy bien secundado por el resto del reparto, Perro come perro es violenta, dura, sangrienta y bastante fatalista, con un desarrollo que se ve claramente delineado desde el principio
Es un “psicópata, peligroso”, un “ser humano totalmente alienado, resultado de una sociedad concreta, de una ciudad, de un país”, ya que está ambientada en el Santiago de Chile de 1978. Y de ahí la importancia del telón de fondo político. Pero el filme no necesita mostrar todo para que el espectador sepa lo que ocurre, algo buscado por el director, a quien le interesa un cine en el “que no está todo revelado ni expuesto; un cine más peligroso, que obliga al espectador a sacar sus propias conclusiones”. Y frente a esta extraña y, por momentos angustiosa película, una no menos difícil de ver, la colombiana Perro come perro, primer largometraje de Carlos Moreno.
Una cinta que también muestra una obsesión, en este caso la del dinero. Dinero que un matón a sueldo de poca monta quiere robar a su jefe y que le lleva a meterse en una espiral de violencia y asesinatos. Una historia ambientada en Cali en la que también se cruza la venganza que, a través de la magia negra, busca el jefe contra el asesino de su ahijado. Con un magnífico actor principal —Marlon Moreno, que ha ganado ya varios premios por su interpretación—, no muy bien secundado por el resto del reparto, la película es violenta, dura, sangrienta y bastante fatalista, con un desarrollo que se ve claramente delineado desde el principio.
De estilo frío y alternando los movimientos bruscos de cámara con largos planos fijos, la película presenta una buena factura y ritmo aunque resulta un poco farragosa en su desarrollo. Una película que el director situó en Cali pero a la que ha dado un carácter universal al no utilizar características demasiado marcadas de Colombia. “Puede ser universal, podría haberse desarrollado en Manhattan o en la Gran Vía” y en cualquier momento, ahora o hace 50 años, explicó Moreno
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