León. Excesiva, histriónica, violenta, puro Al Pacino. Así es Scarface, la película que hace 25 años patentó una estética de videojuego todavía vigente y confirmó al actor italoamericano, trasunto del mafioso cubanoamericano Tony Montana, como un referente de la sobreactuación.
Scarface, que narra el ascenso y caída de un cubano que abandona la isla en el famoso éxodo de Mariel en 1980 y funda un imperio de la cocaína en Miami, era un proyecto acariciado por Martín Scorsese y Robert de Niro, pero finalmente el productor Martin Bregman decidió que la dirigiera Sidney Lumet a partir de un guión de Oliver Stone
Considerada una obra maestra por algunos, o una vulgar y tediosa apología de la violencia, por otros, Scarface (Caracortada) no dejó indiferente a nadie tras su estreno el 9 de diciembre de 1983. Pese a que reunía todas las variables para triunfar en la cosecha de los Oscar de Hollywood —historia de mafiosos, metraje largo, operística puesta en escena y grandes raciones de Al Pacino—, la película se tuvo que conformar ese año con una triste candidatura a los Razzie (los anti-Oscar) para su director, Brian de Palma, cuya carrera ha sido siempre una auténtica pesadilla para la crítica.
Scarface, que narra el ascenso y caída de un cubano que abandona la isla en el famoso éxodo de Mariel en 1980 y funda un imperio de la cocaína en Miami, era un proyecto acariciado por Martín Scorsese y Robert de Niro, pero finalmente el productor Martin Bregman decidió que la dirigiera Sidney Lumet a partir de un guión de Oliver Stone. Pero Lumet abandonó el proyecto y dejó vía libre a Brian de Palma porque, como reconoció el propio Oliver Stone en una entrevista, pensaba que el guión era “demasiado violento y exagerado”.
El guión de Oliver Stone, como buena parte de su cine posterior, elude lo políticamente correcto y permite a sus personajes referirse a los negros como ‘monos’, a los latinos como ‘indios’ y ‘cucarachas’, y que el mafioso Frank López (Robert Loggia), jefe de Montana, le presente a su esposa, Elvira (Michelle Pfeiffer), como la típica mujer que “se pasa media vida vistiéndose y la otra mitad desvistiéndose”
Brian de Palma dedicó el filme a Howard Hawks y Ben Hetch, director y guionista respectivamente de la primera versión de Scarface, de 1932, ambientada en el Chicago de la ley seca y donde Caracortada era Tony Camonte, un gángster de origen italiano. Todo en la historia es excesivo: desde el metraje a la interpretación de Pacino, que opta expresamente por la caricatura con una gesticulación bovina más propia de Silvester Stallone que de un actor del método. Él mismo reconoció que exageró los rasgos de su personaje convencido de que la sobreactuación casaba con el aire operístico y grandioso de la película.
El guión de Oliver Stone, como buena parte de su cine posterior, elude lo políticamente correcto y permite a sus personajes referirse a los negros como ‘monos’, a los latinos como ‘indios’ y ‘cucarachas’, y que el mafioso Frank López (Robert Loggia), jefe de Montana, le presente a su esposa, Elvira (Michelle Pfeiffer), como la típica mujer que “se pasa media vida vistiéndose y la otra mitad desvistiéndose”. No son las únicas ‘perlas’ de un relato misógino y verbalizado a través de un lenguaje particularmente soez: si en los casi 170 minutos de metraje el número de muertos se acerca al centenar, esa cifra se queda corta para enumerar las ocasiones en que Pacino conjuga el verbo ‘fuck’ y se acuerda de sus ‘bowls’ mientras cambia de arma con tanta soltura como un soldado de Call of Duty.
‘The world is yours’ es el lema del imperio montado por Caracortada. Un mundo del que nadie sale indemne: la policía, los jueces (Montana se cree capaz de sobornar al Tribunal Supremo de EEUU con 800.000 dólares), los banqueros y en general una sociedad hipócrita que, como subraya Montana tras montar una escena en un restaurante, necesita que haya gente mala como él para esconder sus propias miserias. Al igual que los trajes de Tony Montana y su música ochentera, firmada por el rey del techno Giorgio Moroder, Scarface ha envejecido mal como puro cine pero tiene el valor de haber inspirado una imagen de videojuego aún actual, de haber encumbrado a Michelle Pfeiffer —hasta entonces una casi desconocida protagonista de Grease 2— y de que a Al Pacino le salieran decenas de imitadores.
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