EFE. La actriz australiana Nicole Kidman posa junto al actor Hugh Jackman a su llegada al estreno de la película 'Australia' en Londres, el pasado 10 de diciembre.
Madrid. Nació para marcar las distancias entre cine y televisión, pero el cine de gran formato ha ido perdiendo peso en Hollywood hasta que el trío de ases del cine australiano, Baz Luhrmann, Nicole Kidman y Hugh Jackman, le ha dado el definitivo golpe de gracia con Australia.
El director australiano, que revisó las adaptaciones de William Shakespeare con su ambiciosa Romeo y Julieta (1996) y devolvió el aire al musical con la anacrónica pero fantástica Moulin Rouge (2001)
A pesar de necesitar todos los recursos de la industria estadounidense, los ingleses se habían hecho previamente con la épica. David Lean fue su máximo estandarte, el que supo dar al género profundidad más allá de la espectacularidad en obras maestras como Lawrence de Arabia (1962) y, con permiso de Sidney Pollack, Anthony Minghella le dio una prórroga ‘in extremis’ con El paciente inglés (1996).
Desde Oceanía parecía llegar la alternativa. Peter Jackson propuso un giro hacia lo fantástico con la trilogía de El señor de los anillos pero, ahora, Luhrmann y su Australia frustran el que parecía el último órdago para ganar la partida a la caducidad del ‘bigger than life’ (más grande que la vida) que auspiciaba el Hollywood clásico. El director australiano, que revisó las adaptaciones de William Shakespeare con su ambiciosa Romeo y Julieta (1996) y devolvió el aire al musical con la anacrónica pero fantástica Moulin Rouge (2001), se estrella, en cambio, en su tercer impulso renovador. La estrella de su aventura melómana, Nicole Kidman, vuelve a ejercer de musa del exceso siete años después, con un aspecto físico notoriamente desnaturalizado y al lado del actual ‘hombre vivo más sexy del mundo’, Hugh Jackman, encarnando a lo que sólo puede ser definido como un hombre-objeto.
Durante una hora y media de película —el filme se extenderá durante sesenta innecesarios minutos más—, Australia fracasa en todos los aditivos que enriquecerían el hilo argumental: no funcionan ni los resortes románticos, ni la disección de los personajes, ni la folclórica-esotérica reivindicación aborigen
Huelga especificar la localización geográfica de la película, pero el momento histórico elegido es la Segunda Guerra Mundial, cuando una mujer de la alta sociedad británica (Kidman) y un arisco vaquero (Jackman) intentarán luchar contra el monopolio de un cacique colono llevando 1.500 cabezas de ganado a la ciudad portuaria de Darwin. Como es costumbre en él, Luhrmann agita varios géneros en el cóctel y arranca con una suerte de vodevil que se irá tiñendo de drama. Pero en Australia la mezcla resulta menos explosiva y su pulso estético frenético no puede con una narración escasísima que provoca la desarticulación del filme.
Durante una hora y media de película —el filme se extenderá durante sesenta innecesarios minutos más—, Australia fracasa en todos los aditivos que enriquecerían el hilo argumental: no funcionan ni los resortes románticos, ni la disección de los personajes, ni la folclórica-esotérica reivindicación aborigen. Y así, la película, con toda la complejidad que parecía conllevar y todo el despliegue técnico que realiza, acaba reduciéndose, ni más ni menos, a la poco sugerente odisea de unas vacas que quieren subirse a un barco. El resto, parece simplemente otra película.
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