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TENÍA 76 AÑOS

Fallece John Updike, el retratista de la clase media de EE UU

Peatóm | 28·01·2009 | 01:14 |
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John Updike

«Somos los pastores de nuestros cuerpos, que son animales tan estúpidos, peludos y repugnantes como el ganado. La muerte nos liberará de esta responsabilidad» Hacia el Final del Tiempo (John Updike, 1997)

John Updike ha hecho, a lo largo de toda su obra, la mejor ecografía de la clase media de los Estados Unidos. Rescató vidas en apariencia inocuas y que para cualquiera pasarían inadvertidas, anodinas, hallando grandeza, que ponía en juego muchos tipos de energía y anhelos, que nadie veía y que daban sentido y proporcionaban destino a sus protagonistas

Updike ha recibido numerosos premios y distintos galardones, incluida la concesión en dos ocasiones distintas del Pulitzer (en 1982 y 1991)  en la categoría de ficción, proeza lograda tan sólo por otros dos escritores a lo largo de la historia del premio, uno de ellos, William Faulkner. Es Autor de más de medio centenar de libros y su pródiga imaginación lo ha llevado a explorar todos los géneros: teatro, poesía, cuento, novela, ensayo, autobiografía, obras para niños… John Updike ha hecho, a lo largo de toda su obra, la mejor ecografía de la clase media de los Estados Unidos. Rescató vidas en apariencia inocuas y que para cualquiera pasarían inadvertidas, anodinas, hallando grandeza, que ponía en juego muchos tipos de energía y anhelos, que nadie veía y que daban sentido y proporcionaban destino a sus protagonistas. Elevó la vida cotidiana la categoríaa de epopeya.

Mantuvo un proyecto vital, la historia de Harry Conejo Angstrom, que da cuenta de su gran disciplina laboral y su meticulosidad, que publicó con intervalos de diez años y que dan cuerpo a una tetralogía, Corre Conejo, que constituye la obra capital de John Updike y la mejor disección de los Estados Unidos de la mitad del siglo XX. John Updike ha roto con muchos estándares. Era naturalista y muy descriptivo pero muy atrevido con los temas que abordó y el modo, la perspectiva, y el detalle con el que los abordaba. Reproducimos una entrevista de Eduardo Lago realizada a John Updike, que fue publicada por el Diario El País en 2007, con motivo de la publicación de su última novela Terrorista

—¿Qué siente John Updike cuando está delante de las estanterías que albergan el más de medio centenar de títulos que ha publicado a lo largo de su vida?
Los primeros años, cuando sólo había seis o siete libros, me llenaba de satisfacción contemplarlos. Ahora es distinto. A veces pienso que quizá debiera haber escrito menos y entonces no puedo evitar sentir cierta repugnancia, como si fuera un elefante delante de una montaña de excremento.

—Hábleme de su casa, de los lugares donde ha vivido, de su vida cotidiana.
Nací en un pueblecito de Pensilvania, donde transcurrió la primera parte de mi vida, hasta que fui a la Universidad de Harvard, en Nueva Inglaterra. Más adelante pasé una temporada en Londres, estudiando arte, y luego viví unos años en Nueva York. Mis primeras tres o cuatro novelas las escribí en Pensilvania, pero hay algo en Nueva Inglaterra que me sedujo desde la primera vez que puse un pie aquí: las pequeñas poblaciones, la gente, el paisaje, las ciénagas, el aire impregnado de salitre, el ambiente cargado de misterio… Desde hace 25 años vivo en las afueras de Beverly, una población costera del Estado de Massachusetts. Me encanta Nueva Inglaterra, soy muy feliz aquí, es un buen lugar para un escritor. La nómina de autores ilustres que han vivido en esta zona es muy extensa. Melville, Hawthorne y Emerson son algunos de ellos. Vivo con mi segunda esposa, Martha, en una casa de madera pintada de blanco, con unas vistas espléndidas del Atlántico. Trabajo en un ala de la casa, un conjunto de cuatro habitaciones que en tiempos fueron los cuartos de la servidumbre. Martha y yo no dejamos de decir que la casa es excesivamente grande para dos personas, pero la idea de una mudanza nos aterra, por los libros sobre todo. Llevo una vida muy sencilla, con un horario muy rígido que he mantenido siempre: me levanto muy temprano y me encierro a escribir hasta la hora del almuerzo. Desde el principio de mi carrera he procurado vivir de la escritura. Jamás he ejercido ningún otro oficio, ni siquiera la enseñanza, como hacen tantos escritores. Así que no tengo ninguna excusa, estoy condenado a escribir.

—En medio de la soledad del proceso creativo, ¿hay momentos en los que su ficción se abre al lado más oscuro de las cosas?
Ciertamente, algunas de mis narraciones se adentran en el lado oscuro de la existencia. Son incursiones en las tinieblas que se ciernen sobre la isla de luz que es la vida, pero cuando estoy entregado en cuerpo y alma al acto de escribir, aunque el asunto sea trágico, siento un placer físico. Cuando estoy en pleno acto creativo y voy encontrando una a una las palabras que expresan lo que deseo decir, se apodera de mí una suerte de éxtasis.

—A lo largo de medio siglo de dedicación a la literatura profesional nunca ha tenido agente y siempre ha mantenido una fidelidad absoluta a su editorial, a la revista ‘The New Yorker’ y a la persona que revisa sus manuscritos antes de su publicación.
No tengo nada contra los agentes literarios, conozco a muchos que son excelentes personas y buenos profesionales. Cuando empecé no era necesario tener agente, hoy la cosa ha cambiado bastante, pero sobre todo no me gusta que nadie interfiera con la intimidad del proceso creativo. No quiero que nadie opine desde fuera acerca de la dirección que debe seguir mi obra. Las lealtades de las que usted habla se forjaron al principio mismo de mi carrera. Lo primero que publiqué en mi vida apareció en la revista The New Yorker. Tenía 22 años y desde entonces nunca he dejado de colaborar con ellos. Mi primer libro fue una colección de poesía. Lo saqué en Harper porque era la editorial de muchos colaboradores de The New Yorker, pero mi siguiente libro, una novela, se lo ofrecí a Alfred A. Knopf, y desde entonces no he publicado nada con ninguna otra editorial. Una cosa que me gustaba era lo bien que hacían los libros. Tenían belleza visual. Me gustaba mucho la manera de ser de Alfred. Era un editor a la antigua usanza, mucho mayor que yo, pero me encantaba. Tenía garra, chispa, y se preocupaba mucho por sus autores.

—¿Cómo es la dinámica de trabajo entre usted y su editora? ¿Interviene mucho en sus manuscritos?
Judith lleva editando mis libros desde que publiqué mi segunda novela, Corre, Conejo, en 1960. Es una mujer de inteligencia muy rápida. No consulto gran cosa con ella hasta tener la novela bastante acabada. Entonces lee el manuscrito, y si tiene cosas que decir, las consulta conmigo, y si me parecen válidas, las incorporo. No suele poner muchas pegas, básicamente me apoya y me alienta, cosa que yo necesito.

—¿A qué se debe la aureola de leyenda que envuelve a ‘The New Yorker’? ¿Qué tiene de especial?
No hay una revista igual. Hay muchas clases de revistas literarias, pero The New Yorker está por encima de todas. Se fundó en 1925 y empezó como una publicación humorística. En la década de los veinte se concedía más importancia que ahora al ingenio y al humor, conviene no perder de vista eso. Cuando yo empecé a leer The New Yorker tenía solo 11 años. Me encantaban las caricaturas y los chistes gráficos y soñaba con colaborar como dibujante algún día. Cuando andando el tiempo renuncié a mis aspiraciones como dibujante y decidí dedicarme a la escritura, mi modelo era James Thurber, un humorista. Irónicamente, lo primero que publiqué en The New Yorker fue un poema. Tenía 22 años y recuerdo aquel día como uno de los más felices de mi vida, casi tanto como cuando nació mi primer hijo. Me pareció que se me había dado permiso para entrar en el paraíso terrenal de la letra impresa. La grandeza de The New Yorker estribaba en el espíritu que animaba la revista: una mezcla de limpieza, modestia, buen gusto, inteligencia e inocencia…

—Usted ha escrito de todo: cuento, novela, poesía, ensayo, autobiografía, libros para niños, incluso una obra de teatro. ¿Qué le ha llevado a ser tan polifacético?
No hay nada comparable a la sensación de tener dentro un poema que puja por salir, cosa que no pasa siempre, por supuesto. He publicado seis o siete volúmenes de poesía, pero no tengo grandes pretensiones como poeta. Con los cuentos es distinto, un cuento es algo rápido e intenso, como tomar una instantánea de la realidad. Desde el punto de vista creativo, el relato no exige tanta inventiva como la novela, no implica la creación de un mundo completo. La crítica y el ensayo son un aspecto muy importante de mi actividad como escritor. Empecé hace muchos años, y entre otras cosas, es una manera de mantener viva mi presencia en The New Yorker. Es un ejercicio saludable, me obliga a leer libros que de otro modo no leería, y me mantiene en forma como lector.

—¿Qué escritores le interesan?
Los de mi generación sobre todo. Por supuesto, leo todo tipo de escritores, algunos mucho más jóvenes que yo, pero me siento parte de una generación, aunque podamos ser muy distintos. Creo que el hecho de haber venido al mundo más o menos a la vez nos confiere una cierta unidad de visión. Siempre he estado condenado a competir con Philip Roth. Los dos tenemos una obra muy amplia y empezamos a publicar muy pronto. Es una presencia muy poderosa en las letras norteamericanas. Aunque es algo más joven que nosotros, Don DeLillo me parece un novelista admirable. Su obra tiene una perspectiva política de la que yo carezco. Entre los maestros del relato breve, el más grande para mí es John Cheever. Fue un poco mi padre literario y le echo terriblemente de menos. Era un hombre atormentado, con un humor muy ácido y una agilidad mental extraordinaria. Entre las escritoras destacaría a Anne Tyler, excelente novelista, sólida, muy sutil, con una obra extensa.

—¿Cómo definiría su estilo?
Cuando empecé a escribir me influyó el nouveau roman. Por eso mi primera novela, que publiqué a los 27 años, era bastante experimental, pero mi estilo, por el que mis lectores me reconocen, es esencialmente realista. Aunque en algunas novelas me he apartado de mi modo de hacer fundamental, siempre vuelvo a mis raíces e intento darle al lector un pedazo de la realidad. Creo que fue Nathalie Sarraute quien dijo que el sustrato que hace que todo se mueva es la realidad. La realidad está en la base de nuestros deseos, de nuestros pensamientos, de nuestros recuerdos, y los novelistas no somos sino comentaristas de la realidad. Decimos lo que en ella hay de maravilloso o de terrible o de misterioso. En ningún lugar me siento más cómodo que instalado en la realidad, cerca de la gente normal. Es de ellos acerca de quienes escribo, acerca de la clase media, ni los más ricos y privilegiados, ni los más pobres, sino el ciudadano medio, los hombres y mujeres que tratan de sobrevivir día a día en la lucha diaria que es la vida cotidiana.

—Su última novela ha causado cierto estupor entre sus lectores porque en ella ha decidido dar vida a un terrorista nacido y educado en los Estados Unidos, y quizá el lector norteamericano no estuviera preparado para recibir algo así, al menos de alguien como usted.
No es ninguna novedad decir que los atentados del 11 de septiembre de 2001 marcaron de manera indeleble a la sociedad norteamericana. Por una coincidencia portentosa del destino, yo fui testigo presencial de aquella tragedia. Aquella mañana me encontraba en Brooklyn con mi mujer, y desde el otro lado del río pudimos ver lo que pasó con total claridad. Contemplamos atónitos cómo el segundo avión se empotraba contra una de las Torres Gemelas, y las vimos envueltas en llamas, exhalando una nube de humo que cubría todo el cielo de Manhattan, antes de desplomarse. Éramos perfectamente conscientes de que miles de hombres y mujeres acababan de perder la vida delante de nosotros. No puedo decirle qué sentí. No era capaz de dar crédito a lo que veían mis ojos. Escribí acerca de lo ocurrido en un artículo que se publicó en The New Yorker una semana después.
Para Estados Unidos aquello fue una conmoción indescriptible porque era la primera vez que nos ocurría algo semejante en nuestro propio terreno. Hasta entonces las cosas habían ocurrido muy lejos, en otros continentes. De niño, yo seguí los acontecimientos de la II Guerra Mundial, y la tragedia que presencié en directo me hizo pensar en el bombardeo que padeció Londres. Yo vi cómo bombardeaban Nueva York. Para mí, como novelista, haber sido testigo presencial del atentado fue un revulsivo. Tenía que dar alguna respuesta, y tardé casi seis años en hacerlo. Y es así como creé al personaje de Ahmed, que es un terrorista que busca suicidarse porque cree que es lo que le obliga a hacer su fe. Pero lo más importante es que Ahmed es norteamericano, es un chico nacido aquí, en nuestro suelo, en un barrio marginal de una ciudad norteamericana, una ciudad de Nueva Jersey, oprimida, como lo son muchas ciudades norteamericanas. Sentí que mi obligación como escritor era meterme dentro de su piel y ver el mundo y lo que él creía que era su misión a través de sus ojos.

—Usted es demócrata de toda la vida. ¿Qué visión tiene de las cosas en estos momentos? ¿Es pesimista?
Irak se ha convertido en una pesadilla, pero era muy difícil suponer que las cosas hubieran podido transcurrir de otra manera. Obviamente, la Administración de Bush no esperaba que las cosas fueran a acabar así. Estaban convencidos de que habría menos resistencia, de que el pueblo iraquí iba a estarles muy agradecido por haberlos liberado de la tiranía de Sadam Husein. Yo no voté por George Bush, pero he hecho un esfuerzo consciente por tratar de ver las cosas desde su punto de vista. Lo que no se puede negar es que Irak es una herida abierta que no cesa de sangrar, y lo que está pasando allí lo hemos causado nosotros, y personalmente, no me parecería muy responsable irse de la zona como quien no quiere la cosa. Es un problema nuestro y lo tenemos que intentar arreglar nosotros, y me gustaría mucho ver un Gobierno demócrata instalado en la Casa Blanca, para ver cómo afronta la situación.

—¿Cómo ve usted las elecciones? ¿A quién cree que elegirán los demócratas como candidato?
Es muy difícil saberlo. Estamos viviendo una situación única, que no se ha dado jamás en la historia: un candidato negro y una mujer. Lo que está por ver es si Estados Unidos está preparado para un cambio de semejante calibre. Con respecto a Obama, lo que va a suceder, y eso es algo muy característico de nuestro panorama electoral, es que lo van a someter a un escrutinio del que francamente creo que es muy difícil que salga indemne; aquí se examina despiadadamente el más mínimo aspecto del pasado de los candidatos. El escrutinio ya ha empezado, con cosas como si Obama asistió hace mucho tiempo a una escuela islámica y lo que puede significar algo así. A medida que transcurra el tiempo, el acoso que supone un escrutinio tan despiadado puede llegar a hacerse insostenible. En estos momentos, en las previsiones va por delante Hillary Clinton. Una mujer. A muchos demócratas y a grandes sectores del electorado les gusta el programa de Hillary Clinton. Es decir, les gustan las cosas que dice, pero no estoy tan seguro de que les guste cómo las dice. Con todos mis respetos hacia la dama, no tiene una personalidad precisamente agradable. Ahora bien, ¿por qué razón, si se da el caso de que el candidato a la presidencia de un país es mujer, ésta tiene mayor obligación de caer bien, de ser simpática, de tener una personalidad obligatoriamente agradable? No estoy seguro de que Golda Meir o Margaret Thatcher destacaran precisamente por tener una personalidad agradable. Puede que ahí esté el fondo de la cuestión. No estoy seguro de que los demócratas estén preparados para nominar a una mujer como candidata a la presidencia de Estados Unidos.

—¿Podemos abordar la cuestión del patriotismo norteamericano? A lo largo de toda su obra, y en ‘Terrorista’ sigue siendo así, usted parece oscilar entre el elogio y la crítica a su país.
Sé que no está de moda decir una cosa así, pero soy proamericano. Creo en Estados Unidos, me considero afortunado por ser ciudadano de este país. Me crié en un ambiente en el que el patriotismo era un sentimiento inocente. Históricamente, Estados Unidos fue un país pionero de la fe en la democracia, y seguimos siéndolo. Para nosotros no hay valor civil más alto ni causa más noble que la soberanía del pueblo. Nada puede sustituir una cosa así. Eso no quiere decir que no hayamos cometido y sigamos cometiendo errores. En mis novelas siempre he sido crítico con muchos aspectos de esta sociedad. En Terrorista alerto de graves errores en los que hemos permitido que incurran nuestros jóvenes. Eso es algo que ya hice en otras novelas, como Corre, Conejo, y ahora he vuelto sobre ello, sólo que en este momento se dan circunstancias que no se habían dado antes, históricamente. Sigo siendo crítico con el carácter y la sociedad norteamericanos. Me gustan cosas de nuestro carácter, como que somos abiertos y tenemos una voluntad permanente de aprender, pero tenemos muchos problemas. Somos una sociedad que se ahoga literalmente en basura, comida basura y la cultura basura de la industria del entretenimiento.

:: Biografía

Siendo adolescente, John Updike fue impelido a la literatura y a escribir por su propia madre, mientras ésta trabajaba como profesora en el instituto Governor Mifflin, quien además le inculcó un profundo amor por el Arte. Posteriormente ingresó, disfrutando una beca, en la Universidad Harvard donde ostentó el cargo de presidente del Harvard Lampoon antes de graduarse, con sobresaliente cum laude, en Literatura Inglesa el año 1954 tras escribir una tesis sobre George Herbert. Trasladándose al Reino Unido, Updike ingresó para estudiar Arte en la Ruskin School of Drawing and Fine Arts de Oxford, pasando a su regreso a convertirse en un asiduo redactor de la revista The New Yorker entre 1955 y 1957. En 1957, Updike deja Manhattan y se traslada a vivir a Ipswich (Massachusetts), que posteriormente le serviría como modelo para el pueblo de ficción llamado Tarbox en su novela de 1968 titulada Parejas. En 1959 Updike publica una excelente colección de historias cortas, La Misma Puerta, que incluye los relatos ¿Quién hizo amarillas las rosas amarillas? y Un trillón de pies de gas.

Otras historias clásicas de John Updike son A&P, Plumas de paloma, Los Caimanes y Museos y Mujeres. Su ensayo Los Fans de Bid Kid Adieu, publicado en The New Yorker en 1960, trata la historia del legendario último juego del baloncestista de Boston, Ted Williams, y está considerado como uno de los mejores ejemplos escritos de crónica deportiva de todos los tiempos.

:: Estilo

En su estilo como narrador es habitual un preciso realismo naturalista, tal como puede observarse con claridad en el inicio de Corre, Conejo, donde la acción discurre con absoluto rigor describiendo, con intricados detalles técnicos, las fintas habituales del baloncesto callejero, su deporte favorito. Es habitual en su redacción enfocar con verismo y cuidado detalle las interrelaciones personales entre amigos, parejas casadas o affairs extramaritales de infidelidad. Parejas y la tetralogía sobre Conejo, abordan este cúmulo de estilos en particular. En sus relatos sobre Harry Conejo Angstrom, la cambiante sociedad, la política y economía de Norteamérica sirven de trasfondo al relato del matrimonio Angstrom y actúan ocasionalmente como fuentes para hacer comentarios relevantes sobre dichos temas.

Ocasionalmente, Updike abandona este estilo particular, como en Las Brujas de Eastwick (1984), posteriormente llevada a la pantalla con el mismo nombre; El Golpe de Estado novela de 1978 sobre un dictador africano de ficción durante la etapa de la Guerra Fría, y en su novela postmoderna Gertrudis y Claudio (un preludio de la historia de Hamlet) escrita en 2000.

:: Período de madurez

Otras importantes novelas escritas por Updike han sido El Centauro, escrita en 1963, con la cual obtuvo el National Book Award de 1964, donde Updike aborda los desencuentros generacionales, el sacrificio absoluto y la entrega total de un profesor de instituto, vencido por la vida y el trabajo, a su hijo Peter Caldwell (un vivo autorretrato del propio autor); Parejas (1968) y La Versión de Roger (1986). En consonancia con Harry Angstrom, el recurrente alter-ego de John Updike vuelve de nuevo a aparecer en el poco conocido y escasamente prolífico personaje de ficción Henry Bech, un escritor judío que aparece retratado en varios ciclos de relatos cómicos breves de Updike, como son: El Libro de Bech (1970), El Regreso de Bech (1981) y Bech en la Bahía: una cuasinovela (1998).

Sus historias, impregnadas de la llamada conciencia social, y de la lucha por ascenso (o escalada social a cualquier precio), dieron como fruto la novela sobre la familia Los Arces, que ha sido considerado un relato puramente autobiográfico y fuente para la realización de la película televisiva titulada Demasiado lejos para ir, protagonizada por Michael Moriarty y Blythe Danner, y producida por la NBC. Updike declaró que había escogido el apellido Arce para los protagonistas del film porque siempre ha admirado la belleza y resistencia de los árboles.

:: Crítica

Mientras Updike ha continuado publicando obras a razón de una cada año, la crítica literaria sobre su último trabajo, desde comienzos de los 90, ha sido silenciada, y en ocasiones incluso ignorada. Sin embargo, su alcance novelístico en años recientes ha sido extenso: cuentos sobre historias míticas, Tristan e Isolda en Brasil, también conocida como Brasil, (1994); un curioso anticipo ficticio de Hamlet en Gertrudis y Claudio, (2000), un relato sobre una saga generacional En la Belleza de los Lirios (1996), y una narración de ciencia ficción titulada Hacia el final de tiempo (1997).

En la obra Busca mi Rostro (2002) exploró la escenas del arte de la posguerra, y en su novela Pueblos (2004), John Updike retoma y aborda nuevamente el viejo tema familiar de la infidelidad en el estado de Nueva Inglaterra. Su vigésimo segunda novela, Terrorista, publicada en junio de 2006, relata la historia de un ferviente y fanático musulmán de dieciocho años viviendo en Nueva York. Updike es, así mismo, autor de un libro de memorias, titulado A conciencia.

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