Françoise Sagan (1935-2004). Mujer amante del riesgo, la buena vida, la velocidad, el juego, especialmente la ruleta y todo lo que se desarrollara sobre un tapete verde, el alcohol y otras drogas, vivió “al filo de la navaja”, como demuestran estas memorias, Desde el recuerdo, que publica ediciones El Cobre. Con una escritura clara, contundente, fresca, plagada de poesía, esta escritora repasa los personajes que más le han influido y a los que conoció, como Billie Holiday, Tennessee Williams, Carson McCullers o Nureyev.
De Billie Holiday, a la que conoció en Nueva York (”una hembra joven y rubia”), adonde fue exclusivamente para oirla, escribe de su último encuentro con ella en París que “en sus brazos se evidenciaban cada vez más las huellas de las agujas”
La autora de “Buenos días, tristeza” describe con fascinación la pasión que siente por la velocidad, el juego, el teatro, Saint-Tropez, las cartas de amor a Jean Paul Sartre, las lecturas y los escritores que han conformado su vida. Amante del riesgo, Sagan tuvo problemas con la ley por el alcohol, la cocaína y las deudas fiscales, pero no sólo figura en su vida este cuadro de excesos, sino sus treinta novelas, entre ellas, “¿Le gusta Brahms?”, varias obras de teatro y algunas películas.
En este texto autobiográfico, la escritora escribe así sobre la velocidad: …”A 200 kilómetros por hora…la sangre ya no se coagula al nivel del corazón, la sangre salta hasta la punta de las manos, de los pies, de los párpados convertidos en centinelas fatales e inexorables de su propia vida…quien no haya sentido cómo su cuerpo se pone en guardia mientras su mano derecha se alarga para acariciar el cambio de marchas…es que no le gusta la velocidad, que no ha amado la vida… o es que jamás ha amado a nadie”.
De Billie Holiday, a la que conoció en Nueva York (”una hembra joven y rubia”), adonde fue exclusivamente para oirla, escribe de su último encuentro con ella en París que “en sus brazos se evidenciaban cada vez más las huellas de las agujas”. “Ya no vi en ella aquella seguridad natural, ese equilibrio físico que la mantenía marmórea en mitad de las tempestades y los vértigos de su vida”, dice. Para el traductor y director de la colección, Alejandro Palomas, en este libro está la mejor Sagan. “La más íntima y brutal, la que sin tapujos y con mucha generosidad comparte con el lector su vida sin ningún filtro, algo que hoy sería muy extraño porque todo es mucho más gris y convencional”. “Escribe desde la libertad más absoluta y lo hace no al final de sus días sino cuando estaba todavía muy activa.
:: Biografía
(Seudónimo literario de Françoise Quoirez; Cajarc, Lot, 1935 - Honfleur, Normandía, 2004) Escritora francesa, icono entre los intelectuales de los años cincuenta y sesenta. Su primera novela, Bonjour tristesse (1954), la hizo famosa en pocas semanas y por ella obtuvo el codiciado Prix des Critiques. Esta historia de una adolescente privilegiada con opiniones precoces acerca del amor, el sexo y los códigos morales al uso fue llevada en 1958 a la gran pantalla por el realizador Otto Preminger, con Jean Seberg, Deborah Kerr y David Niven como personajes principales. En aquella época, consciente ya de que su vida desenfrenada la llevaba a una prematura decrepitud, la autora se sometió a varias curas de desintoxicación. Sin embargo, no tardaría mucho en volver a las andadas.
Con su segunda obra, Un certain sourire (1956), la joven novelista confirmaba las esperanzas que había suscitado. Al relatar la historia de una joven que se enamoró de un caballero casado, de edad suficiente para haber sido su padre, dio muestras, por segunda vez, de una maestría literaria asombrosa, a pesar de graves defectos en la concepción de sus personajes y en el desarrollo de la trama. Su estilo narrativo, personalísimo, no conocía prejuicios. A los 20 años, Françoise Sagan gozaba de una fama que ningún novelista había alcanzado a aquella edad.
Sagan siguió publicando no sólo novelas, sino también obras de teatro, desde que en 1960 se estrenara en este género con Château en Suède, que supuso en su carrera teatral el equivalente de Bonjour tristesse en la ficción y que se representó en el teatro L’Atelier. Aquel año inició su colaboración en L’Express y se ganó la animadversión del gobierno francés por su militancia («por razones humanitarias») contra la tortura en Argelia. Otras de sus obras teatrales fueron Il fait beau jour et nuit (1978), Le chien couchant (1980) y L’excès contraire (1987).
Antes de retirarse por incapacidad, aún escribió varias novelas, algunas de las cuales tuvieron más éxito de ventas por el nombre de la autora que por su calidad literaria: La laisse (1989), Un orange immobile (1989), Les faux-fuyants (1991), Un chagrin de passage (1993) y, finalmente, Le miroir égaré (1996), un triángulo amoroso y disonante entre una viuda millonaria y una joven pareja de intelectuales. En 1996 publicó Derrière l’épaule, en el que traza una mirada crítica sobre su vida, a pesar de que en 1993 había publicado en Francia Et toute ma sympathie, obra que ya fue considerada como su primer libro de memorias. El segundo lo publicó en 2001 con el título Aimez-vous Sagan?, porque estaba convencida de que muchos la consideraban entonces como la «madona olvidada y hasta vilipendiada de una literatura mal entendida». En 2002 publicó aún su Correspondencia con George Sand y Alfred de Musset.
Sagan pasó los últimos años de su vida enferma y arruinada, hasta el punto de que se vio obligada a vender su mansión en Normandía y su piso en París y se alojó esporádicamente en casas de sus amigos parisienses, hasta que los nuevos propietarios de su antigua mansión le permitieron volver a vivir en ella. En la última década del siglo XX, su nombre salió en portada por diferentes asuntos turbios. En varias ocasiones fue condenada por cuestiones de drogas o por fraude fiscal, y pasó dificultades económicas; Sagan había ganado dinero a raudales, pero lo gastaba con la misma rapidez que lo cobraba. Nunca se arrepintió de lo que había vivido, y vivió mucho, disfrutando y a la vez sufriendo el escándalo, las juergas nocturnas, el sexo, la bebida y las drogas. Sin embargo, su aparente felicidad escondía una gran soledad interior. Decía así que sus libros hablaban sobre todo de la soledad y de la manera, si existe, de «desembarazarse de ella».
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