Catalina de Aragón. Esposa de Enrique VIII. Fue víctima de sus intrigas y acabó muriendo, sola, asilada y abandonada en la fortaleza de Kimbolton (Cambridge), donde pereció el 7 de enero de 1536
Reino Unido y Vaticano. El Papa Benedicto XVI regalará al príncipe Carlos de Inglaterra y a su esposa, Camila, cuando visiten la próxima semana el Vaticano, el facsímil de un documento histórico que está en el origen del cisma de la Iglesia de Inglaterra. Según revela hoy el diario “The Times”, se trata de la petición que hicieron en 1530 varios nobles ingleses al papa Clemente VII para que anulara el matrimonio del rey Enrique VIII con Catalina de Aragón, hija de los Reyes Católicos y primera de las seis esposas del monarca británico de sanguinaria fama.
La interpretación oficial del Vaticano es que “cualquiera que sea la causa remota del cisma anglicano, la más inmediata y determinante fue el deseo de Enrique VIII de deshacerse de su legítima esposa, Catalina de Aragón”
Preocupado por la ausencia de un heredero varón y enamorado mientras tanto de Ana Bolena, el rey solicitó en 1527 la nulidad eclesiástica con el pretexto de la ilegalidad del matrimonio entre cuñados: Catalina había enviudado del hermano mayor de Enrique, Arturo de Gales, antes de casarse con él. Clemente VII se mostró inicialmente favorable a la petición, pero cambio de actitud debido a las fuertes presiones del emperador Carlos V, tío de Catalina, y declaró el matrimonio “indisoluble”.
En plena efervescencia protestante, la cuestión se convirtió en una acalorada polémica sobre la primacía papal en la que participaron teólogos y hombres de letras. Enrique se casó con Ana Bolena en 1533, embarazada de la futura reina Isabel I, mientras el arzobispo de Canterbury, Thomas Cranmer, anulaba el matrimonio con Catalina. Enrique VIII se separó entonces de la obediencia a la Iglesia Católica de Roma (1534) y se hizo reconocer como jefe supremo de la nueva Iglesia de Inglaterra.
Carlos de Inglaterra es el primer miembro destacado de la Familia Real Británica en casarse con una divorciada desde Eduardo VIII, que tuvo que abdicar en 1936 para casarse con la norteamericana Wallis Simpson. El príncipe de Gales y Camila son ambos anglicanos aunque el ex marido de la duquesa, Andrew Parker-Bowles, era católico, y ambos educaron a los hijos de ese anterior matrimonio en la fe católica. El llamamiento de los nobles a Clemente VII a favor de Enrique VIII, que se guarda en los archivos secretos vaticanos y rara vez ha sido visto en público, lleva 85 sellos de cera y es un documento clave en la historia de la Reforma protestante.
La interpretación oficial del Vaticano es que “cualquiera que sea la causa remota del cisma anglicano, la más inmediata y determinante fue el deseo de Enrique VIII de deshacerse de su legítima esposa, Catalina de Aragón”. Según el Vaticano, el Rey, decidido a casarse con Ana Bolena, estaba “dispuesto a cualquier decisión para conseguir su objetivo… y no dejó de presionar a Roma”. El histórico pergamino es uno de varios documentos que se ha encargado de reproducir “Scrinium”, una editorial especializada con sede en Venecia y vinculada al Vaticano.
Un portavoz de “Scrinium” confirmó a “The Times” que Carlos de Inglaterra será el primero en recibir una copia facsímil de ese documento. El príncipe y la duquesa de Cornualles viajan a Roma este domingo y el día siguiente serán recibidos en audiencia por el Papa.
:: Biografía de Catalina de Aragón
Hija de Fernando de Aragón e Isabel de Castilla, vino al mundo en el Palacio Arzobispal de Alcalá de Henares el 15 de diciembre de 1485. La presencia del cardenal Pedro González de Mendoza indica el nivel que alcanzó la ceremonia bautismal de la niña, organizada en el templo de la Magistral. La política de matrimonios pactados que fue tan característica de las monarquías de aquel periodo propició el compromiso de Catalina con el heredero de la Corona inglesa. Sin duda, la joven disponía de notables atractivos para un enlace de estas cualidades. Educada con extremos acierto y esmero por fray Diego de Deza y fray Hernando de Talavera, la joven protagonizó decorosamente las bizantinas negociaciones que la condujeron desde La Coruña hasta la costa británica. Lo comienzos, hay que decirlo, fueron gratos. Las fiestas que siguieron a su desembarco en Plymouth duraron un año. Con el boato habitual en estos ceremoniales, el matrimonio regio se celebró en la Abadía de Westminster, el 2 de octubre de 1502. Pero el destino quiso que Catalina enviudase seis meses después, lo cual propició que ella se casara con el nuevo heredero de los Tudor, luego Enrique VIII, quien era por entonces un adolescente de ingrata compañía. Basta releer a sus biógrafos para caracterizar los excesos del joven.

Los nuevos esponsales tuvieron lugar en 1509, y ya desde el principio debió de contrastar la fina espiritualidad de Catalina con el sensualismo desvergonzado de Enrique. «La reina -escribe Salvador de Madariaga- ha traído a Inglaterra la afición a las humanidades que heredó de su madre y aprendió de los mejores maestros españoles. En Westminster y Richmond se rodeó de los mejores humanistas ingleses. Su propio chambelán, lord Mountjoy, era uno de los pocos verdaderos humanistas de aquella corte, y fue su amigo personal y su hombre de confianza para la inmensa labor cultural (como hoy diríamos) de la reina» (Mujeres españolas, Madrid, Espasa-Calpe, 1972, p. 127).
La distancia entre los esposos hizo más llevadera esa divergencia intelectual y psicológica, tensada sin remedio cuando el monarca conoció en 1522 a Ana Bolena. Enturbiando la figura de la reina mediante las intrigas palaciegas de rigor, los partidarios de anular su vínculo con Enrique argumentaban que la española no era capaz de concebir un heredero. El proceso que siguió a estas intrigas debe ser analizado a la sombra de los movimientos geopolíticos de la época. Cuando Enrique VIII se alzó como jefe supremo de la Iglesia de Inglaterra, la decisión fue sellada mediante la ejecución del sabio Tomás Moro, una de las pocas autoridades que había defendido a la reina.
El 25 de enero de 1533, Enrique se casaba con Ana Bolena, y poco después un tribunal declaraba la nulidad de su anterior matrimonio, rubricada por el arzobispo de Canterbury. Por su parte, Catalina era confinada en Bedford, pasando luego a ocupar la fortaleza de Buckden y, ya en sus últimos días, la de Kimbolton, en Cambridge, donde pereció el 7 de enero de 1536.
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