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(Woody Allen)

 

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JULIO LLAMAZARES PRESENTA SU NUEVO LIBRO EN LEÓN

Un viaje al alma de las catedrales

Eloísa Otero | 23·05·2008 | 22:59 |
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Julio Llamazares en el interior de la Catedral leonesa

RGM. El escritor Julio Llamazares a su llegada al interior del templo gótico leonés, unas horas antes de presentar su libro 'Las rosas de piedra'

León. “¿Para que sirven hoy las catedrales?”. Esta es la gran pregunta que se hace el escritor Julio Llamazares después de publicar Las rosas de piedra (Alfaguara), primera entrega de un larguísimo viaje literario que conducirá a los lectores por los alrededores y entrañas de todas las catedrales españolas, 75 en total, de una en una. Cuando termine, serán más de 7.000 los kilómetros recorridos y miles también las horas de escritura. De momento, en este primer libro, Llamazares ahonda en algo más de la mitad de las seos españolas, las del Norte del país —desde Santiago de Compostela a Tortosa, pasando por Asturias, la Vieja Castilla, País Vasco, Navarra, La Rioja y Aragón—. Un viaje que le ha servido para retratar el alma de estos templos góticos, casi milenarios, pero también el alma de los lugares donde están enclavados y de sus gentes.

Julio Llamazares presentó Las rosas de piedra el jueves, de manera insólita, en el interior del templo gótico leonés. A su lado, el arquitecto y dibujante José María Pérez ‘Peridis’, todo un especialista en arte románico, y el escritor y periodista Juan Cruz. “¿Qué sentido tienen las catedrales hoy en España?”, se interrogaba el escritor durante la presentación. “En la mitad o más de las catedrales donde yo he pasado un día entero, no entra absolutamente nadie. Y si no, ocurre algo peor, que hay auténticas romerías, como en la de Barcelona, que recibe tres millones de turistas al año”.

Llamazares no tiene respuesta para su pregunta pero, ironías de la vida, recuerda que hace años, en Soria, justo al final de la ruta que se había marcado para escribir Cuaderno del Duero, también le sorprendió de pronto toparse con esta pregunta en el cartel de una obra de teatro: ‘¿Para qué sirven los viejos?’.

El escritor defiende que las catedrales son “el patrimonio más grande que nos han dejado nuestros antepasados”. Ha comprobado que en ellas se inscribe una historia colectiva, la historia de cada ciudad y de sus gentes. Un relato que ya casi nadie se esfuerza en descifrar. Pero también sabe que estos enormes templos albergan hoy, al mismo tiempo, “el alma abandonada de cada lugar y sus habitantes”, y eso es lo que ha querido retratar, desnudando al mismo tiempo su propia alma de escritor. Porque “las catedrales, por más que algunos pretendan, no son ya más que espejismos, reliquias de un tiempo ido que quedó aprisionado en ellas”.

“Las catedrales, por más que algunos pretendan, no son ya más que espejismos, reliquias de un tiempo ido que quedó aprisionado en ellas”

“Miramos, pero no vemos”

Para acometer esta obra en la que se destapan alma, historia y memoria colectiva, Llamazares se ha embarcado en un viaje de la mirada, un largo viaje en el tiempo que le ha llevado mil años atrás. Así, ha recuperado la vieja escritura de viajes para componer un relato novelesco, anclado en lo real y ajeno a misterios encriptados. “Las Catedrales son libros abiertos, y a poco que te esfuerces en leerlos acabas entendiendo cosas de la política, la economía, la vida de una ciudad”, dice el viajero. Sin embargo, “miramos, pero no vemos”.

Y tiene razón. Poco antes de la presentación, alguien preguntaba: “¿Qué catedral es la que aparece en la portada? Es la de León ¿no?”. Está claro. Ni siquiera somos capaces de reconocer a primera vista la puerta del templo gótico leonés. Y resulta que no es ésta, sino la de Tudela, junto a la que Julio Llamazares aparece sentado en la fotografía, tomando notas.

Llamazares se ha embarcado en un viaje de la mirada, un largo viaje en el tiempo que le ha llevado mil años atrás; ha recuperado la vieja escritura de viajes para componer un relato novelesco, anclado en lo real y ajeno a misterios encriptados

El escritor leonés empezó este trabajo hace siete u ocho años, y todavía le queda otro tanto antes de dar a la imprenta la segunda parte. “¿Qué he aprendido al escribir esta obra? Fundamentalmente a mirar las catedrales, he aprendido a verlas. Cuando estás un día entero en uno de estos templos tienes que empezar a deshojar sus hojas de piedra”. De ahí el título: Las rosas de piedra. Porque cada seo, además de ser la “caja negra” de la historia de una ciudad, para Llamazares “es una enorme rosa arquitectónica que hay que deshojar, para leer en ella y para entender incluso la salud económica del lugar”. En ese sentido, y como anécdota, el escritor reveló que “el presupuesto para restaurar la catedral vieja de Vitoria asciende a 5.000 millones de pesetas, el triple de lo que se destina a las once catedrales de Castilla y León juntas”. Una lección, pues, sobre la «decadencia de unas ciudades y el ascenso de otras».

“Cada catedral es una enorme rosa arquitectónica que hay que deshojar, para leer en ella y para entender incluso la salud económica del lugar”

Pero Las rosas de piedra es también, sobre todo, el libro de un viaje por España. Arranca en las proximidades de Finisterre, la meta de los peregrinos, en la Catedral de Santiago de Compostela. Y desde ahí Llamazares desanda el camino de los romeros por la mitad norte del país, hasta Cataluña. Cuenta el escritor que ha seguido la estela “de los antiguos viajeros, aquellos que partían por partir, en palabras de Rimbaud, o que preferían un mal camino a una buena venta, en las de Cervantes. Los viajeros, en suma, que iban buscando la magia que el mundo ofrece a los que lo andan”. Por eso en este libro hay paisaje urbano y paisanaje, pero también escritura limpia, y sobre todo mucha alma. Como resumió Peridis, Las rosas de piedra es ante todo una descripción «de las catedrales y de lo que en ellas pasa, pero también de quienes en ella fisgan, incordian o se extasían». Un libro en el que el narrador «consigue una cosa formidable: ser peregrino y testigo».

Julio Llamazares y Peridis, en la Estación de León.

Un tren de periodistas

Llamazares llegó el jueves a León en tren, desde Madrid, para presentar su libro. Renfe dispuso un vagón para que viajara el escritor con un nutrido grupo de periodistas madrileños. Les acompañaban el escritor Juan Cruz y el arquitecto y dibujante José María Pérez ‘Peridis’.

Juan Cruz definió a Llamazares como “uno de los escritores más sensibles de la generación de los 80, y uno de los que mejor han sabido combinar la contemplación del paisaje con la contemplación de los hombres”. Y en este libro, según Cruz, “lo que cuenta es lo que pasa en el alma de los pueblos a través de lo más quieto que tienen los pueblos: sus templos”. Pero, además, la obra tiene para él “una voluntad narrativa que excede lo que es un libro de viajes, porque es también un libro de retratos, escritos con voluntad novelesca”, en el que aparece toda la galería de personajes con los que el viajero se ha ido encontrando a lo largo de su periplo por el Norte del país.

‘Las rosas de piedra’ es ante todo una descripción «de las catedrales y de lo que en ellas pasa, pero también de quienes en ella fisgan, incordian o se extasían» (Peridis)

Para Peridis —que ya peregrinó a su vez por todas las iglesias románicas de España para realizar una maravillosa serie de televisión—, en las catedrales góticas se cumple el principio de la relatividad de Einstein: “En ellas la materia se transforma en energía y se hace luz, la materia se vuelve ingrávida. Porque son templos hechos no sólo para perdurar en el tiempo, sino para albergar la luz, para albergar el espíritu”. De ahí la búsqueda del alma y del espíritu que rebosa en este viaje novelado. “No hay mejor ojo que aquel que tiene que contar lo que ve”, apuntó Peridis sobre Las rosas de piedra que, para él, es además “el retrato fiel del momento crítico que atraviesa la Iglesia en España, con cada vez menos fieles y cabildos formados por personas muy mayores, sin renovación generacional”.

Cumplir un sueño

El escritor leonés recordó que emprendió su viaje a principios de este tercer milenio, entre otras razones porque quería ver “cómo ha cambiado la humanidad en estos mil años y saber qué sentido tienen estas enormes rosas de piedra en la actualidad, en un mundo que ha evolucionado tan radicalmente”. Y aunque defiende el valor de estos templos como patrimonio artístico, también argumenta que “no sólo hay que cuidarlos”, sino que hoy en día también “hay que darles un sentido, más allá de la fe que mueve a algunos de los que acuden a ellos”. En todo caso, considera que con esta aventura ha aprendido “a entender mucho mejor este país de países que es España”.

Cree también que ha merecido la pena este reto que, en principio, consistía en pasar un día en cada una de las 75 catedrales españolas. El jueves, además, cumplió uno de sus sueños: presentar la primera parte de este libro nada menos que en el interior de la catedral de León, la ‘Pulchra’. Para ello ha contado con la complicidad de los representantes de la Iglesia y del Obispado leonés, y especialmente del administrador de la seo, Máximo Gómez Rascón, “que ha apoyado este libro como si fuera suyo”. “Sólo por estar hoy aquí ha merecido la pena todo el esfuerzo”, señaló Llamazares durante la presentación, advirtiendo que este es uno de los proyectos “más ambiciosos” en los que se ha embarcado.

“Creo que el bloque de este libro se formó en mi cabeza cuando, con ocho o nueve años, mi padre me trajo a León desde el pueblo, en el coche de línea, para ver la catedral”

“Me produce una emoción muy especial, creo que es un milagro estar aquí, predicando en la catedral de León”, apuntó el escritor, recordando la primera vez que entró en el templo, de la mano de su padre, cuando era un niño. Y es que, para Llamazares, los libros no se empiezan a escribir cuando se teclea su primera palabra en el ordenador, sino muchos años antes, a partir de una idea o de una sensación que en un momento dado se quedó flotando en la cabeza. “Creo que el bloque de este libro se formó en mi cabeza cuando, con ocho o nueve años, mi padre me trajo a León desde el pueblo, en el coche de línea, para ver la catedral. Seguramente empecé a escribir este libro entonces, y eso es lo que he estado buscando todo este tiempo: la emoción que sentí la primera vez que entré en una catedral”.

De izq. a dcha. Evelia Fernández, Francisco Fernández, Julio Llamazares, Peridis y Juan Cruz

:: Un escritor muy querido en su tierra

Lleno total en el interior de la Pulchra

A Julio Llamazares se le quiere en León, y se nota. Se palpó el calor en el interior de la fría e inmensa catedral, con todas las sillas llenas y la gente sentada en los escalones de piedra. Hasta el alcalde de la ciudad, Francisco Fernández, y la concejala de Cultura, Evelia Fernández, acudieron al templo gótico para recibir al escritor como a un VIP. Allí estaban también sus viejos amigos y contrincantes de ajedrez que le adoran: Gus Berrueta, Tacho Getino, Camino Sevillano, Eduardo Fidalgo —que llegó desde Galicia expresamente a la presentación— y hasta el legendario Yuma, habitante de los montes y de los bosques, entre otros —vecinos de Olleros de Sabero, poetas de Cármenes, escritores y artistas leoneses, descendientes de Vegamián (el pueblo cubierto por las aguas donde nació Julio), familiares lectores, admiradores…—. Muchos de los asistentes, por cierto, comentaban que hacía años que no entraban en la catedral.

Máximo Gómez Rascón, administrador del templo, disfrutó también con la presentación, cómplice total, sonriendo abiertamente cuando Llamazares mostraba su simpatía por las ciudades «que tienen obispo pero no gobernador civil”, es decir, “las que no son capitales de provincia, como Astorga, Vic, Solsona, Tudela, Burgo de Osma…». Ciudades hoy pequeñas pero que en su día fueron importantes, con hermosísimos templos hoy apenas visitados. «Imaginad lo que sería hace siglos cuando la gente venía de la Sobarriba o del Curueño y veía la catedral de León sobresalir sobre las casas de adobe, y entraban en ella con todo el ambiente de cánticos, la luz, el incienso… quien no viera a Dios era porque tenía la cabeza muy dura», recordó el escritor.

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