Cyd Charisse. La actriz vivió sus mejores momentos cinematográficos durante la década de los cincuenta
Otro mito del séptimo arte que prefiere abandonar el barco antes de su irremediable hundimiento. Año triste para un medio que ha perdido su lenguaje y se despide, a marchas forzadas, de quienes le han dotado de presencia y palabra.
Cyd Charisse fue la musa de los grandes espectáculos de Hollywood, la heroína voluptuosa y serpenteante que contribuyó con algo más que belleza al baile, a cualquier tipo de movimiento al compás de la excelsa música creada por Jerome Kern, George e Ira Gershwin, Johnny Mercer, Harry Warren, Bronislau Kaper, Arthur Freed, Arthur Schwartz, Frederick Loewe, Cole Porter…
Vinieron los sesenta y la caída en desgracia de los majestuosos musicales, el desarraigo progresivo de todas las estrellas que habían fabricado el universo de ilusiones más idílico de la gran pantalla
La actriz con mejores piernas del celuloide nació, vivió y murió para la danza. En su adolescencia formó parte del Ballet Ruso de Sergey Diaghilev y debutó en pleno meollo cinematográfico con poco más de veinte años a las órdenes de Gregory Ratoff en Something to Shout About. De ahí al olimpo fue un ininterrumpido y tortuoso camino a través de breves aportaciones en títulos de Michael Curtiz, George Sydney o Richard Thorpe, tres de los mejores ‘obreros’ de la época dorada fabricada por los grandes estudios.
La edad de oro
El contrato firmado en la década de los 50 con la todopoderosa Metro Goldwyn Mayer significó el punto de inflexión en una trayectoria irremediablemente catapultada a la gloria, imposible de encontrar oposición dentro de un estilo nunca antes testigo de semejante conjunción de belleza y talento. Cyd Charisse (Tula Ellice Flinkea de nacimiento) inició su travesía por la pasarela del estrellato engalanando títulos como Cantando bajo la lluvia, de Stanley Donen y Gene Kelly, en la que su reducido papel es de lo más recordado de la obra; Melodías de Broadway, de Vincente Minnelli, uno de los musicales más divertidos de la leyenda hollywoodense; Brigadoon, del también genial marido de Judy Garland y el cénit del género en cuanto a fusionar claves se refiere; Siempre hace buen tiempo, del tándem artífice de Singin´in the rain; La bella de Moscú, de Rouben Mamoulian; Chicago años 30, de Nicholas Ray, y un buen puñado, en suma, de cintas y autores que pertenecen, por derecho propio, a la leyenda universal del cine.

Aquellos maravillosos años
Después vinieron los sesenta y la caída en desgracia de los majestuosos musicales, el desarraigo progresivo de todas las estrellas que habían fabricado el universo de ilusiones más idílico de la gran pantalla. Ya sea en Broadway o en clubes nocturnos, Cyd Charisse mantuvo e incrementó su innata elegancia, su perenne esbeltez, siempre al lado de Tony Martin y demostrando al orbe del glamour que un corazón puede bombear algo más que sangre antes de pararse definitivamente.
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