Leila Jacue. El pintor Enrique Rodríguez 'Guzpeña' ante una de las obras que muestra en la galería leonesa Ármaga
León. Hasta finales de julio se podrán contemplar, en la galería Ármaga (Alfonso V, nº6), los últimos cuadros del pintor leonés Enrique Rodríguez ‘Guzpeña’. La exposición se titula Escalera de color y a través de ella el artista busca acceder a otra dimensión de la realidad, producto de la imaginación.
“Qué extraña turbación experimentarían viajeros o máquinas inteligentes, provenientes de otros mundos, si tuvieran que analizar los resultados constructivos ofrecidos por Guzpeña. Como nosotros, tratarían de establecer un patrón para determinar la naturaleza de lo indescifrable. Pero no hay modelo que sirva. No hay interpretación posible, ésta se encuentra en las múltiples reacciones que la arquitectura del cuadro convoca en el espectador”.
Este párrafo del catálogo de la exposición resume bien la sensación que provocan los cuadros de Guzpeña.
Enrique Rodríguez toma su nombre artístico del pueblo donde nació en 1963, Prado de la Guzpeña (León). “Enrique Rodríguez hay más, pero el nombre de mi pueblo no aparece en ningún sitio”.
“A medida que uno crece y avanza en la pintura, esta se va matizando y se van haciendo gradaciones cada vez más suaves, menos contrastadas”
Licenciado en Bellas Artes por la Universidad del País Vasco, empezó a exponer en 1982 y desde entonces ha participado en numerosas muestras individuales y colectivas en toda España. También ha ganado muchos premios, como la prestigiosa Medalla de Honor en el XX Premio BMW de Pintura 2005, certamen en el que ha quedado finalista otras dos veces por lo menos.
“A medida que uno crece y avanza en la pintura, esta se va matizando, se va suavizando, y se van haciendo gradaciones cada vez más suaves, menos contrastadas “, dice cuando se le pregunta por la bajada de intensidad que se aprecia en los colores de sus cuadros de un tiempo a esta parte.
En lo que no ha cambiado tanto Guzpeña es en la plasmación de esos mundos imaginarios tan suyos, tan característicos de sus lienzos. “Yo realmente no invento mundos, sino que juego con elementos plásticos. Cojo colores, líneas, planos… los transformo… Lo que pasa es que ese juego acaba siendo al final una especie de mundo extraño, de escenario, de casas, construcciones… Acaba siendo una especie de evocación, que siempre recuerda a algo de la realidad”, explica el artista.
“Yo realmente no invento mundos, sino que juego con elementos plásticos”
“Uno puede ver cualquier detalle de estos cuadros, y como que sin pensarlo le recuerda algo real. Eso es lo bonito, que cada persona encuentre algo aquí”.
Sus obras remiten sin duda a un extraño universo infantil lleno de cajas de música, engranajes, juguetes… “Es verdad”, reconoce, “pero no tengo muy claro de dónde viene esto. Siempre he dado mucha importancia al dibujo infantil, el mundo de los niños me fascina… Y es que los niños hacen un poco lo que yo, es decir, juegan”.
Porque, aunque las pinturas de Guzpeña puedan parecer muy trabajadas, elaboradas al máximo, “el proceso de creación de la obra es mucho más sencillo: es coger elementos, jugar con ellos, transformarlos. No hay pretensión de crear un mundo fantástico, aunque luego ese mundo aparezca de pronto ahí”.
Lo describe así: “Disfruto cuando pienso en cómo será el siguiente cuadro, muevo un círculo por aquí, cambio una línea por allá… como que todo fuese un puzzle… hasta que aparece el cuadro”.
Guzpeña incluso repasa sus dibujos y cuadernos de su más tierna infancia, cuando empezó con el lápiz y el papel, y rescata líneas o formas que realizó hace mucho tiempo, modificándolas, en un continuo proceso de transformación
Incluso repasa los dibujos y cuadernos de su más tierna infancia, cuando empezó con el lápiz y el papel, y rescata líneas o formas que realizó hace mucho tiempo, modificándolas, en un continuo proceso de transformación.
Al final sus obras también tienen que ver con la ilustración, una idea que no desagrada al pintor, aunque sus pinceles no vayan por ahí. “Sí, mis cuadros parecen ilustraciones realmente. Serían fantásticos para un libro de cuentos, con ligeras transformaciones podrían valer. Pero yo soy pintor y no pienso ser otra cosa. Nunca me he planteado ser ilustrador. Me manejo bien así, con la pintura. Disfruto, que es lo que busco”.
El artista vive ahora mismo un proceso de inflexión. “He llegado a un punto de demasiada meticulosidad, demasiado detallismo… Creo que he llegado a una fase en que conviene soltarse, volver a desmelenarse. No quiero perder eso de disfrutar al máximo con la pintura. Porque hay que trabajar, sí, pero sobre todo disfrutar”.
A base de insistir y trabajar, para Guzpeña lo de vivir de la pintura está empezando a funcionar. “Llevo dos años dulces, de premios. El año pasado fue muy bueno, y este año llevo ya dos premios y una medalla”, dice sin alardes, sólo cuando se le pregunta. Porque Guzpeña no se da mucha publicidad. Pero ahí están sus cuadros. Eso sí, firmados por detrás.
:: Dinamismo poético
Un extracto del catálogo
“Si pudiéramos dar vida y dotar de movilidad a los mecanismos que Guzpeña construye en sus obras, éstos tendrían un dinamismo desconocido y emitirían sonidos nunca antes escuchados. Las máquinas activarían sus engranajes con cadencias sutiles y desaceleradas. Realizarían movimientos extraños y ambiguos mientras que habría que afinar el oído para percibir el susurro constante que produciría su maquinaria. Esta delicada arquitectura fabulosa nunca tiene un aspecto estático y rígido; posee el encanto de lo quebradizo, como si sólo se pudiese resistir una contemplación breve, una mirada huidiza. Edificaciones efímeras, levantadas para transitar a su lado con paso sereno, conteniendo la respiración para no dañar su equilibrio”.
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