RGM. Un momento de la actuación de Gil Costa, acompañado por Carlos Gonçalves a la guitarra portuguesa (izquierda) y Julio García a la guitarra española o 'viola' (derecha)
León. “El fado tiene que salir del corazón, y si no sale de ahí es teatro, pero no fado. Escribe, apunta ahí que Mariza no sabe cantar fado, porque el fado es otra cosa. Es como el flamenco: Manolo Caracol es el mejor, pero hay otros muchos que lo que hacen es solo espectáculo. La música no puede huir de la regla, y en el fado tienes que poner el alma entera, como en el flamenco, igual”. Lo dice Carlos Gonçalves, el compositor y guitarrista que durante más de treinta años acompañó a Amália Rodrigues, la más grande fadista de todos los tiempos. Y sabe de lo que habla.
Unas 400 personas eligieron ayer la “f” de fado, en lugar de la “f” de fútbol, para escuchar en el claustro de la catedral a Carlos Gonçalves (a la guitarra portuguesa), Julio García (a la ‘viola’, que es como se denomina en Portugal a la guitarra española), y a los fadistas Rosa María y Gil Costa. Un lujo auténtico para los privilegiados que se acercaron a sentir y escuchar.
La palabra “fado” significa destino, hado, suerte, y con este nombre se conoce un tipo de canción popular portuguesa honda y triste, desgarrada a veces. Para Gonçalves, el fado puro hay que cantarlo acompañado sólo de guitarra, sin alharacas. Y cuando Gonçalves pulsa las cuerdas de su guitarra, parece que hasta las campanas de la catedral molestan cuando tocan las nueve. Cuando tocan las diez es mucho peor, porque significa que el concierto se acaba, y con él esa ’saudade’ que sólo sale del corazón, y que deja de sentirse. Porque el fado es eso, es manera de entender la tristeza, otra forma de vivirla espantando la pena al mismo tiempo, “porque la vida nunca se llega a entender”.
Dicen que un auténtico fadista se caracteriza por su extraordinaria capacidad expresiva, por la calidad de la música, por el respeto a los maestros, por la intensidad de los sentimientos… pero sobre todo por reinventarse cada día en ese cante jondo que sale de las entrañas y no puede existir sin duende, como el flamenco auténtico
Dicen que un auténtico fadista se caracteriza por su extraordinaria capacidad expresiva, por la calidad de la música, por el respeto a los maestros, por la intensidad de los sentimientos, incluso por el buen gusto para la poesía y la ropa… pero sobre todo por reinventarse cada día en ese cante jondo que sale de las entrañas y no puede existir sin duende, como el flamenco auténtico.
Para escuchar el memorable concierto de ayer, pura esencia de fado, vinieron gentes de fuera, de otras provincias. No era la primera vez que Gonçalves tocaba su guitarra en León, gracias a la Asociación de Amigos de Portugal. Pero sí es cierto que a estos conciertos exquisitos solo van los “tocados”, los que saben dónde puede estar la magia. Porque un concierto como el de ayer es eso: magia que sólo fluye con arte, poesía, buena música, sentimiento, lamento, misterio y saudade.
Una guitarra como una lágrima grande
Hasta la guitarra portuguesa es especial, suena distinta. Esa guitarra con peculiar forma de lágrima grande que llegó a Portugal desde Inglaterra, vía Oporto, con su sonido propio e inconfundible de lamento. Se requiere una técnica especial para tocarla, y Gonçalves mantiene la herencia recibida de los grandes maestros, cuida de mantener por encima de todo la pureza y la autenticidad de su son genuino.
Gonçalves quería que todos los artistas del concierto de ayer estuvieran al mismo nivel pero, como dijo alguien de la Asociación de Amigos de Portugal, “eso es imposible, porque Gonçalves es el que ha acompañado durante más de 30 años a Amália, la más grande, y eso es lo máximo”.
Al final no pudo estar Lelo Nogueira, y acompañó con la viola Julio García, magnífico. Igual que Rosa María y Gil Costa. Herederos de los grandes intérpretes de ‘la Generación de Oro del Fado’, estos fadistas son los encargados de mantener viva la llama del fado tradicional sin necesidad de acudir a otros recursos interpretativos ni a la espectacularidad, solamente utilizando la sencillez que hace grande esta interpretación, y la fuerza que se requiere en el difícil arte de cantar fado. Fuerza y sencillez. De ahí sale la magia.
En total habrá unas 500 canciones en el fado, no más, dicen los expertos. Los fados clásicos, los más antiguos, se dividen en mouraría, menor y corrido, y no tienen melodía. Después están los tradicionales, que son variaciones melódicas a partir de los clásicos. Y luego… Amália y Armandinho, que renovaron este arte de forma inigualable.
Gonçalves, por ejemplo, ha compuesto más de 40 melodías diferentes para fados, es autor de algunos de los temas imprescindibles del repertorio: Lágrima, Gostava de ser quem era, Amor de mel, amor de fel, Grito, Alma minha…
Para cada uno de estos artistas, ser fadista no es algo que se pueda conseguir aunque uno se lo proponga. “O se es, o no se es. O naciste así, o no hay nada que hacer. Además, un buen fadista nunca canta un fado de la misma manera”. Eso es lo que les pasa a Rosa María, elegante y honda, o a Gil Costa, que nació “marcado” (su padre, poeta, escribió muchos fados).
Si en lugar de en León el concierto se hubiera celebrado en Lisboa, les habrían gritado los olés del fado, que son tres: “fadista”, “boa” o “ala”. Pero como fue en León hubo aplausos, grandes, y luego se hizo un silencio, también grande, casi más que durante el concierto, como para reposar de tanta ’saudade’
“Ser fadista / é triste sorte, / porque nos faz pensar na morte / e em tudo o que nos morreu. / É andar na vida a procura / de uma duma noite bem escura / que traga o ar do sal”.
Como resumió una vez Celeste Rodrigues, hermana de Amália y también fadista: “El fado es la manera que tiene el pueblo de sacar sus heridas fuera. Nadie sabe cuándo nació. Yo creo que fue cuando nuestros marineros se iban a descubrir nuevos mundos y los que se quedaban aquí lloraban su ausencia. Pero en el fado cabe todo, la vida entera: Lisboa, el mar, el amor, la muerte, los celos… Siempre hay un fado que le sirve a alguien. Lo importante es decir el fado con sinceridad. Que el poema sea sentido. Y conseguir transmitir, dar el recado. La voz no importa tanto como el sentimiento. Y la edad ayuda. Cuando se es más joven, uno siente menos cosas”.
Gil Costa deslumbró con su fado castizo y desgarrado, el fado de las manos en los bolsillos que cantan los hombres en Lisboa. Rosa María, con vestido negro y chal, fielísima a la tradición, llegó también a lo más hondo. Si en lugar de en León el concierto se hubiera celebrado en Lisboa, les habrían gritado los olés del fado, que son tres: “fadista”, “boa” o “ala”. Pero como fue en León hubo aplausos, grandes, y luego se hizo un silencio, también grande, casi más que durante el concierto, como para reposar de tanta saudade.
Y cuando todo había acabado, mientras los artistas firmaban sus discos, una leonesa amante del fado, Ana María García, que durante el intermedio había escuchado a Gonçalves decirle a la periodista aquello de “Mariza no sabe cantar fado”, no pudo evitar preguntarle al guitarrista que si no le gustaba la canción Lágrima, interpretada por Dulce Pontes. “Y no quiso dar su brazo a torcer: Que sí, que Dulce Pontes canta bien… modula muy bien la voz… pero lo que ella hace —matizó rotundo— no es fado, es… jazz, me dijo”.
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