Madrid. Playas y junglas, bosques y desiertos, pero todos cerca de algún bar. Eran los ‘exteriores’ que Luis Buñuel atrapó con su cámara Leica en México para hacer sus películas, imágenes que ahora recuperan la Filmoteca Española y el CBC de Calanda para homenajearle en el 25 aniversario de su muerte.
En la exposición México fotografiado por Luis Buñuel que ayer se abrió en la Filmoteca Española, y que tendrá su ‘duplicado exacto’ a partir del día 29 en el Centro Buñuel de Cine, CBC, de Calanda, se pueden encontrar tantos Méxicos como en sus películas, desde las selvas tropicales a los manglares de Acapulco pasando por los parques, los cementerios o las calles de la capital.
“Lo importante de estas fotografías es que todos los lugares estaban o cerca de un bar o cerca de un restaurante porque era estricto en eso: había que parar para ir a tomar el aperitivo o a comer”, explicó su hijo, Juan Luis, que habitualmente reside en París.
“Mi padre, con el que trabajé en muchas ocasiones, era de una precisión y eficacia absoluta y en sus películas se ve claramente todo ese trabajo de preparación”, precisó Juan Luis Buñuel.
“Lo importante de estas fotografías es que todos los lugares estaban o cerca de un bar o cerca de un restaurante porque era estricto en eso: había que parar para ir a tomar el aperitivo o a comer”
El casi centenar de fotografías, en blanco y negro, que se seleccionaron del millar que guardaba en cajas la Filmoteca son, según el hijo del director, “absolutamente increíbles, de una calidad sorprendente” y recorren 12 de las 20 películas que dirigió en México.
El material fue seleccionado por Javier Espada, el comisario de la exposición para el CBC, quien recordó que esta muestra surge de la que se hizo sobre la película Los olvidados, también en colaboración con la Filmoteca.
Este es, a su juicio, el testimonio más objetivo de la eficiencia de Buñuel, imágenes pulcras y funcionales sin asomo del temperamento del aragonés, que planeaba y rodaba tan exactamente que prácticamente sólo había que quitar claquetas en el montaje.
La muestra, según la comisaria para la Filmoteca, Elena Cervera, enseña cómo era de “minucioso”, algo que le aleja de su imagen de “improvisador”.
No se trata de fotografías artísticas, pero todas tienen suficiente calidad y su mayor valor es, según Cervera, que aportan claves para ahondar en la forma en la que Buñuel preparaba su trabajo, qué lugares le interesaban y cuál era “su mirada”.
Este es el testimonio más objetivo de la eficiencia de Buñuel, imágenes pulcras y funcionales sin asomo del temperamento del aragonés, que planeaba y rodaba tan exactamente que prácticamente sólo había que quitar claquetas en el montaje
“Me dediqué a recorrer los arrabales improvisados, muy pobres, que rodean México D.F. Algo disfrazado, vestido con mis ropas más viejas, miraba, escuchaba, hacía preguntas, entablaba amistad con la gente. Algunas de las cosas que vi pasaron directamente a la película”, decía Buñuel sobre su trabajo previo de cinco meses para Los olvidados, que rodaría en tan solo 21 días.
Muchas de las fotografías tienen anotaciones al reverso, la mayoría sobre el lugar al que corresponden, y a cada una de ellas le acompaña el fotograma correspondiente al encuadre.
Luis Buñuel nació el 22 de febrero de 1900 en Calanda, Teruel, y murió el 29 de julio de 1983 en la capital de México, el país que le acogió en 1946 tras un periodo de tribulaciones en Estados Unidos, a donde había llegado en 1938 como agregado de la embajada española del gobierno republicano.
Tan pronto como llegó a México consiguió un productor para sus películas y ya en 1947 rodó Casino 1 a la que siguió El Calavera, preámbulo de Los olvidados, incluida por la UNESCO en el Memory of the World Register, Registro de la Memoria del Mundo.
Son precisamente las fotografías correspondientes a las localizaciones de exteriores de Los olvidados, las únicas que muestran a personas, las primeras de la exposición, que concluye con las que tomó para Simón del desierto.
Para completar la exposición se incluyeron ocho fotografías tomadas en el hotel-balneario de San José Purúa, donde Buñuel se refugiaba para escribir los guiones, y otras del hotel Las Hamacas, donde se hospedaba el equipo de rodaje en Acapulco.
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