EFE. El cineasta checo Jiri Menzel, que el próximo viernes estrena en España la película 'Yo serví al Rey de Inglaterra", comentó en una entrevista que cualquier cosa que no sea vista desde el punto de vista de la comedia es "aburrida y pretenciosa"
Valencia. El director checo Jiri Menzel, ganador de un Oscar en 1967 por sus Trenes rigurosamente vigilados, regresa a la comedia con Yo serví al Rey de Inglaterra, el relato de un camarero bajito con ambiciones millonarias que le sirve para proyectar una nueva mirada nostálgica hacia la Europa de los años 30. En una entrevista concedida ante el estreno en España, el próximo viernes, de su nueva película, Menzel (Praga, 1938) confiesa que “cualquier cosa que no sea vista desde el punto de vista de la comedia es aburrida, pretenciosa” y eso, según asegura, ocurre más en Europa que en América.
“Aquí hay más esnobs”, reconoce este realizador, guionista, director teatral, actor y empresario televisivo que con Yo serví al Rey de Inglaterra —presentada en las salas españolas dos años después de su estreno— vuelve a adaptar para la gran pantalla una obra, considerada entre las mejores, de su escritor fetiche y compatriota, Bohumil Hrabal (1914-1997).
“Ni Chejov, ni Tolstoi ni Chaplin eran embajadores de sus países, sólo transmitieron sus ideas y mensajes al mundo a través de la cultura”
En esta película, un pequeño camarero checo (interpretado primero por Ivan Barnev y después de la Segunda Guerra Mundial por Oldrich Kaiser) quiere ser millonario y, tras trabajar en un lujoso burdel y un elegante restaurante, se casa con una alemana de la que enviuda y hereda una colección de sellos que le permiten cumplir su sueño, aunque por poco tiempo, pues sufre la cárcel comunista y empieza, entonces, a reflexionar sobre lo que pudo haber hecho y no hizo.
Sobre Hrabal, Menzel valora especialmente cómo sabe retratar la condición humana y su significado en el mundo, y cómo la transmite de una forma accesible para el gran público, tanto por el fondo como por la forma de sus escritos, muchos de los cuales estuvieron prohibidos por el régimen comunista.
En este sentido, insiste en que debe ser una obligación moral y artística el permitir que “la gente normal” acceda a la “buena literatura” como la que, a su juicio, representa Hrabal, una de cuyas obras le sirvió precisamente para recibir hace 40 años el Oscar a la mejor película en habla no inglesa, un premio al que también optó, sin tanto éxito, en 1986 con Mi dulce pueblecito. Rechaza, por tanto, el cine y el arte en general destinados a una elite y también el que se le considere un embajador de la cultura checa: “No me gusta esa palabra. Ni Chejov, ni Tolstoi ni Chaplin eran embajadores de sus países, sólo transmitieron sus ideas y mensajes al mundo a través de la cultura”.
“Hay un importante hueco entre las subvenciones y las proyecciones, y muchos de los directores que reciben esas ayudas están preocupados en hacer su película, no en enfocarla para el público”
Menzel, impulsor de la llamada ‘nueva ola checa’ en los 60 y que se considera “un hombre honesto”, ha tardado doce años en volver a dirigir y reconoce que la ausencia de ‘pasta’ ha sido la culpable de este paréntesis cinematográfico, durante el cual se ha dedicado al teatro y a la televisión. Valora la respuesta del público a su nuevo trabajo pero lamenta que la crítica en su país no haya sido tan buena como la recibida en el extranjero, y sobre los críticos de cine, asegura con ironía que “son más inteligentes que la gente normal, incluso que los propios realizadores”.

Asimismo, expresa su desagrado hacia la implantación de las nuevas tecnologías en el cine —”No se deberían hacer películas tan caras, habría que diversificar un poco”, señala— y alerta del cierre progresivo de las salas de cine: “Están vacías porque la gente se baja las películas” de Internet, lamenta.
Para el director de filmes como Alondras en el alambre, Tijeretazos y Vida e insólitas aventuras del soldado Iván Chonkin, premiado en numerosos festivales —el último, el de Comedia de Peñíscola— y académico checo y europeo de las Ciencias Cinematográficas, las ayudas oficiales al séptimo arte acarrean, en muchas ocasiones, “una pérdida de dinero y de energía”. “Luego, esas películas subvencionadas ni se llegan a proyectar —critica—. Hay un importante hueco entre las subvenciones y las proyecciones, y muchos de los directores que reciben esas ayudas están preocupados en hacer su película, no en enfocarla para el público”.
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