EFE. Los actores Burl Ives, Susan Hayward y David Niven posan con los Oscar de interpretación de 1959 al lado de Ingrid Bergman
Hollywood (Los Ángeles). Distinguido y modesto, con una irreverencia curtida en la disciplina militar, David Niven fue la máxima expresión del humor y la flema británicos en el cine, pero también en su vida que no siempre tuvo cariz cómico y que se apagó definitivamente hace ahora 25 años.
Cuando en 1974 David Niven presentaba el Oscar a la mejor película, un hombre desnudo irrumpió en el escenario del Dorothy Chandler Pavillion. El actor, sin inmutarse, espetó: “Es fascinante pensar que probablemente, la única carcajada que ese hombre ha arrancado en su vida ha sido mostrándonos sus pequeñeces”.
“El circo debe continuar en tu interior, que siga funcionando y no tomes nada demasiado en serio, porque al final será la única manera de que las cosas funcionen”
Ese gag improvisado, uno de los mejores que se recuerdan en la historia de los premios de la Academia de Hollywood, sintetizaba la sorna y la elegancia de David Niven, ‘Niv’ para los amigos. La que hacía desconectar a la platea de sus momentos más embarazosos. Niven disfrutó del privilegio de no darse demasiada importancia: “Oigo decir a los actores:’tengo que ir a trabajar mañana’. Tonterías. Trabajar es estar ocho horas en una mina o en una oficina del gobierno. Levantarse por la mañana, ponerse un divertido bigote, disfrazarse es jugar, y por ello estamos maravillosamente sobrerremunerados”, explicaba.
Pero esa modestia marcó su trabajo, el de actor cómico, que no recibió el suficiente reconocimiento hasta que, sin despojarse de su rictus pero mostrando la cantidad de matices y miserias que podía esconderse tras él, consiguió el Oscar por Mesas Separadas en 1958. Efectivamente, Niven hubo de sobreponerse a lo largo de su vida a situaciones dramáticas e hizo las cuentas con su vida en dos libros autobiográficos, uno de ellos, La luna, un globo (1971), se convirtió en un best-seller. “El circo debe continuar en tu interior, que siga funcionando y no tomes nada demasiado en serio, porque al final será la única manera de que las cosas funcionen”, explicaba en él.
Ese fue su antídoto contra la muerte de su padre en el frente de Gallipolli cuando era un niño y también cuando, en mayo de 1946, mientras jugaban al escondite en casa de su amigo Tyrone Power, su mujer Primulla Royo, madre de sus dos hijos, se mató al precipitarse por unas escaleras. Niven agradeció entonces el apoyo de sus compañeros. El de Errol Flynn, porque “siempre tienes la garantía de que te va a fallar”, bromeaba, o el de Clark Gable, porque “hurgó en su propia tragedia —Carole Lombard, su mujer, murió en 1941— para hacerme a mí superar la mía”, reconoció Niven.
David nació el primer día del año 1910 en un lugar que nunca precisó. Quizá Londres o quizá Kirremuir, un pequeño pueblo de Escocia que, decían, se sacó de la manga para añadirse sofisticación. Hasta en eso fue indudablemente ‘british’. “En cuarenta años nunca he sido impuntual”, apuntaba. “Me pagan lo suficientemente bien, así que lo menos que puedo hacer es llegar sobrio, estar a tiempo y saberme todas las bromas”, aseguraba.
He tenido la suerte suficiente para ganar un Oscar y escribir un éxito de ventas. Mi otro sueño era tener un cuadro en el Louvre, pero la única manera de que eso pase es pintando un dibujo sucio en la pared del servicio de caballeros”
La profesionalidad de Niven contrastaba con el azar con el que había llegado al mundo del cine, sólo tras interrumpir la trayectoria militar para la que se preparó y que culminó con honores cuando volvió al frente de la Segunda Guerra Mundial ya como estrella de Hollywood. A Estados Unidos llegó en un barco militar y, tras varios empleos, recaló en Hollywood y encontró trabajo como extra a principios de los años treinta hasta convertirse en una presencia secundaria pero imprescindible en el cine de la época, desde El prisionero de Zenda (1937) a Cumbres borrascosas (1939).
Sus mejores años, en cambio, llegarían en los cincuenta, cuando concatenó El puente sobre el río Kwai (1957) y Buenos días, tristeza (1958) e inmortalizó al personaje de Phileas Fogg en La vuelta al mundo en 80 días (1956). Ya en los sesenta, se metió en la piel de otro icono de la elegancia británicas, James Bond, en Casino Royale (1967) que, a pesar de ser una parodia de 007, confirmó a Ian Fleming, como él mismo había dicho, que Niven era el actor idóneo para el personaje.
La saga La pantera rosa, de Blake Edwards, o Un cadáver a los postres (1976) redondearon su condición de excelso comediante, pero su presencia en las pantallas se redujo cuando se le diagnosticó una enfermedad en el sistema nervioso, la misma que afecta a Stephen Hawkins. “He tenido la suerte suficiente para ganar un Oscar y escribir un éxito de ventas. Mi otro sueño era tener un cuadro en el Louvre, pero la única manera de que eso pase es pintando un dibujo sucio en la pared del servicio de caballeros”, resumió. El 29 de julio de 1983 murió en Château-D’oex, en Suiza.
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