Festimad. Kusturica & The No Smoking Orchestra fumaron como chimeneas durante todo el festival mientras que los de Linkin Park fueron quienes encabezaron una cruzada anti-tabaco, sin ningún éxito. En la imagen, una vista del público, que disfrutó de lo lindo
Madrid. Miles de personas acudieron a la nueva edición del Festimad. En la puerta delantera puede verse un graffiti de más de 50 metros. El cartel es corto pero no decepciona. El viernes la genialidad enloquecida de Emir Kusturica & The No Smoking Orchestra y el sábado Linkin Park con toda su potencia arrolladora. Aquí un pequeño relato de los entresijos del festival.
Llegamos el viernes por la tarde a la cubierta de Leganés. Mucha policía por el altercado de hace dos semanas. Pronto nos enteramos que en el recinto tienen prohibida la entrada por la organización. Tienen su propia seguridad. En todo el fin de semana ni un problema reseñable. Bien.
Entramos a la vez que el grupo de Kusturica por la puerta de atrás. Llegan en varias furgonetas blancas. Parecen bastante normales, tranquilos y de buen humor. Emir es un tío grande, feo y con el semblante serio. Ocupan los camerinos de la zona VIP. El mismo que el sábado ocuparán los Linkin Park. Los de L. A. han pedido que no se fume en toda la plaza, moqueta en el albero y que les vayan a buscar al aeropuerto media docena de coches de policía para que les escolten abriéndoles paso hasta Leganés. La organización está tranquila. “Estas excentricidades son normales, habrá que negociar para que no suspendan”, nos cuenta el responsable.
Los muchachos de la irónica No Smoking Orchestra parecen haber escuchado lo de la cruzada anti-tabaco de los californianos. Fuman como chimeneas en los camerinos que les cederán mañana. Hay ambiente el viernes pero no un llenazo. Unas cuatro o cinco mil personas. La cubierta se abre un cuarto, cae la noche.
Los muchachos de la irónica No Smoking Orchestra parecen haber escuchado lo de la cruzada anti-tabaco de los californianos. Fuman como chimeneas en los camerinos que les cederán mañana
El concierto de los de la exYugoslavia fue una explosión de alegría, de música; una vertiginosa comedia rodante. En el más puro estilo de boda de los Balcanes, los componentes nada jóvenes de la banda no pararon ni un momento quietos sobre el escenario. Emir era el más parado. Pretendía estar en una esquina y pasar desapercibido pero Jankovic, el líder y cantante, le requería cada tanto para adornarse y reclamar el aplauso de un público entregado. Jankovic corría por el escenario como un loco, bajaba al público, subía muchachas a las que les proponía coreografías, juegos; se quitaba el traje, la camiseta hasta quedar en un calzón largo blanco que le daba un aspecto de futbolista después de un partido de veteranos.
Fue una actuación llena de sorpresas y buen humor. El violinista llegó a tocar su instrumento sosteniendo el arco con la barbilla enfrente de otro miembro de la banda. Llegó a disponer a dos espectadoras con los brazos levantados a cuatro o cinco metros una de la otra, sosteniendo otro arco gigantesco en el que el violinista creó un duelo de gran plasticidad tocando contra Kusturica, que también rascó en él su guitarra.
Gafas de colores con lucecitas de navidad, guitarras que giraban solas, bromas, coreografías absurdas, los temas más conocidos de Gato blanco, gato negro y La vida es un milagro, batería, acordeones, saxos. Todo se convirtió en una verbena fantástica, de las de antes, de las que ya no hay.
“A ver mañana estos Jeslinkin park qué tal”, comentaban divertidos los técnicos. Finalmente la organización no les concedió la escolta policial desde el aeropuerto. Ni utilizaron los cientos de metros de moqueta que habían hecho comprar
Cuando salimos del recinto, de madrugada, ya había muchachos esperando con sacos de dormir para ver a sus ídolos. “A ver mañana estos Jeslinkin park qué tal”, comentaban divertidos los técnicos. Finalmente la organización no les concedió la escolta policial desde el aeropuerto. Ni utilizaron los cientos de metros de moqueta que habían hecho comprar. Utilizaron gran cantidad de sándalos y otros odoríficos para librarse del olor a tabaco que dejaron los balcánicos del día anterior.
Fue impresionante ver, desde detrás del escenario, el movimiento unísono de las alrededor de diez mil personas coreando los temas de sus ídolos. Los Linkin no decepcionaron. Hubo intensidad, watios para aburrir, bises a tutiplén y todo lo que sus adeptos vinieron a buscar. Un buen directo basado más en la música que en otros efectos. Guitarras, hip hop, rap, sonidos industriales, todo por el escenario. Quien escribe no pudo disfrutar tanto como el día anterior, la verdad, aunque reconoce que los muchachos se lo curraron. Será la edad.
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