Por María Blanco · Instituto Juan de Mariana. Corría el año 1844, cuando el Comité Mimerel propuso destituir a los profesores de Economía Política y suspender sus cátedras en Francia. Mimerel era un empresario textil, líder de la patronal de entonces y un intervencionista converso. Defendió la libertad comercial hasta que se dio cuenta de que su negocio era más próspero al amparo del paraguas proteccionista, a golpe de privilegio, y por solidaridad decidió que toda la industria francesa debía ser protegida como medio de aumentar su “riqueza” (al menos la aparente). Una de sus batallas fue la mantenida contra los profesores liberales de su país Jean-Baptiste Say, Blanqui, Rossi y Garnier, quienes defendían el librecambio contra viento y marea.
Como no podía ser menos, uno de los activistas defensores del mantenimiento de las cátedras de Economía Política fue Frédéric Bastiat, en concreto, en su artículo Guerre aux chaires d’économie politique (Guerra a las cátedras de Economía Política). En esta publicación, cargada del sarcasmo acostumbrado, Bastiat ofrece una serie de supuestos argumentos de los proteccionistas para acabar con la enseñanza de la economía en Francia excepto si se adoctrinaba a los universitarios en la “santa” doctrina intervencionista.
Explica Bastiat emulando a sus oponentes cómo los hombres estamos dotados de una tendencia a vivir de los demás y despojar al prójimo de sus bienes y su trabajo, y que los tres principales medios para conseguirlo han sido la guerra, la esclavitud y, finalmente, la protección. Por tanto es una locura acabar con estas tres instituciones, y luchar contra ellas ha traído más mal que bien. Pero de todas ellas, la alternativa de la protección es la mejor, entre otras cosas porque el nombre confunde, esconde lo pernicioso de esa práctica.
Explica Bastiat emulando a sus oponentes cómo los hombres estamos dotados de una tendencia a vivir de los demás y despojar al prójimo de sus bienes y su trabajo
Se pregunta (siempre sarcásticamente, como si fuera miembro del Comité Mimerel), para qué sirven los sabios sino para “hacer” ciencia, y en consecuencia, qué impide a los científicos inventar una teoría económica a medida para ellos, los proteccionistas. Y sugiere que los economistas liberales se arrodillen como hizo Galileo, y declaren públicamente que la libertad no vale nada, aunque al levantarse murmuren E pur è buona.
Y, dado que se define la economía como la ciencia que enseña al trabajador a conservar lo que le pertenece, lo mejor sería proscribir y eliminar las cátedras de economía que aún subsistan, para evitar las funestas consecuencias de la libertad comercial.
Leyendo estos párrafos, con la inauguración del curso académico a la vuelta de la esquina, no puedo evitar traer a nuestros días las reflexiones de Bastiat y preguntarme cuál es el estado de nuestra enseñanza universitaria de economía. No será una sorpresa para nadie si digo que está como todo lo demás, hecho un desastre.
Lo que enseñamos en las facultades de economía y administración de empresas son básicamente teorías keynesianas obsoletas y un poco de monetarismo para tener algo que haga de diana. Se enseña la justificación económica de la socialdemocracia, y las maravillas del Estado del Bienestar. Como en los cómics de Astérix hay un pequeño grupito que se resiste, a pesar de ser bastante heterogéneo, y que se centra en explicar por qué las teorías keynesianas son una falacia, por qué la Escuela de Salamanca es tan rica, por qué la Escuela Austriaca de Economía a pesar de ser heterodoxia ofrece mucho más que las demás escuelas a la ciencia económica, y qué explica que la libertad económica es el único camino para salir de la pobreza de manera sólida (no con “tiritas” de quita y pon, como son las medidas estatales).
Pero, en general, y desde los manuales infectos de Economía de Bachillerato, lo que se enseña es lo que defendía el Comité Mimerel, las ideas que denostaba Bastiat y que tanto daño han hecho en el pasado siglo XX. No es de extrañar que ante la crisis actual, la solución keynesiana es la que a muchos estudiantes les parece “la natural”, a pesar de ser al revés, como Juan Ramón Rallo y otros autores se empeñan en seguir demostrando. Ni es sorprendente que en la remodelación de los planes de estudios que se implementará en pocos años, el tufillo político cuente mucho más que la racionalidad. Efectivamente se puede hacer una pseudo-ciencia a medida del político, de cualquier político. Se puede demostrar “científicamente” que el Sol gira alrededor de la Tierra, y no al revés, y que si inyectas dinero en la economía la gente tiene más para gastar y la economía “mejora”. Se ha olvidado eso de que la economía enseña al trabajador a conservar o a hacer lo que quiera con lo que le pertenece, hemos delegado la capacidad de decidir sobre lo individual en unos gobernantes que han dinamitado el sistema educativo para ganar votantes. El precio es la poca calidad del trabajador del mañana, la inmadurez de la población adulta del futuro, y la degradación a que nos conduce esta ciudadanía en actitud permanente de brazos caídos.
Si Bastiat levantara la cabeza…
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