Por María Blanco · Instituto Juan de Mariana. «Con el debido respeto, señor presidente, eso no es cierto. (Así empieza un manifiesto dirigido a Barack Hussein Obama. Manifiesto original) A pesar de las noticias según las cuales todos los economistas somos keynesianos y apoyamos un gran aumento en el peso del Gobierno, los abajo firmantes no creemos que más gasto estatal sea una vía para mejorar la situación económica. El mayor gasto gubernamental de Hoover y Roosevelt no empujó a los Estados Unidos a salir de la Gran Depresión en la década de 1930. Un mayor gasto gubernamental no resolvió la “década perdida” de Japón de la década de 1990. Así, es un triunfo de la esperanza sobre la experiencia creer que un mayor gasto gubernamental puede ayudar a los Estados Unidos hoy. Para mejorar la economía, los economistas deberían centrarse en reformas que eliminen los impedimentos para trabajar, ahorrar, invertir y producir. Menores tasas impositivas y una reducción en el peso del Gobierno son las mejores formas de emplear la política fiscal para estimular el crecimiento.»
Los abajo firmantes son doscientos economistas estadounidenses de todas las universidades. Obviamente no son todos liberales exagerados, radicales, heterodoxos, visionarios. Son doscientos economistas sensatos que se han puesto de acuerdo para denunciar una mentira en torno al CATO Institute. Seguro que hay muchos más que lo piensan pero no han tenido la oportunidad o la voluntad de proclamarlo públicamente.
Gobierno Grande No Es Estímulo: Por Qué Keynes Estaba Equivocado (La Versión Condensada)
:: Pero ¿cuál es exactamente la mentira de la que hablan?
Para mejorar la economía, los economistas deberían centrarse en reformas que eliminen los impedimentos para trabajar, ahorrar, invertir y producir. Menores tasas impositivas y una reducción en el peso del Gobierno son las mejores formas de emplear la política fiscal para estimular el crecimiento
“No hay desacuerdo en que necesitamos la acción de nuestro gobierno, un plan de recuperación que ayude a arrancar a la economía”. Estas son las palabras que pronunció el presidente estadounidense Barak Hussein Obama el 9 de enero pasado en la Universidad George Mason de Virginia, donde expuso su plan económico de estímulo. Analizar exhaustivamente el discurso de Obama, deshacer una a una las falacias económicas y denunciar la propaganda que emplea para endulzar sus errores daría para un libro que yo no voy a escribir. Pero sí se me ocurren varias reflexiones.
En primer lugar, los economistas liberales y libertarios españoles, que cabíamos en un autobús y ahora cabemos en una furgoneta, seguimos preguntándonos por qué no somos capaces de mandar un escrito así de sencillo, apolítico, directo y unánime a los medios, sino que seguimos mareando la perdiz y jugando a ser líderes de chicha y nabo, intelectuales incomprendidos, expertos en ciencias ocultas e inaccesibles, en vez de centrarnos en denunciar las barbaridades que se dicen en los medios y hacerlo claramente.
Pero además, observando a cierta distancia, me doy cuenta de que Obama encierra más peligros de los evidentes. No solamente es peligroso que su andadura izquierdosa imprima un sesgo de normalidad a cualquier medida socialista aunque solamente sea por la actitud rutinaria con la que anuncia medidas tan desafortunadas. No solamente está reincidiendo en planes de recuperación que a Roosevelt no le sirvieron, aunque a Hitler y Mussolini sí. Además hay un efecto espejo en el resto del mundo.
Otros presidentes del Gobierno, en especial, aquellos que no saben qué hacer, que no tienen más plan que “lo que digan todos”, miran a Obama como un ejemplo a seguir
“Otros presidentes del Gobierno, en especial, aquellos que no saben qué hacer, que no tienen más plan que “lo que digan todos”, miran a Obama como un ejemplo a seguir. Los más torpes no disimulan y pocos días después de las palabras de Obama se apresuran a soltar la misma charla para rentabilizar el éxito ajeno, incluso si el aplauso se arranca por la ignorancia del auditorio y la propaganda en la que se ha envuelto el mensaje.
En el caso español, todos los políticos, no solamente el presidente, quieren ser Obama. Y nos encontramos con un panorama desolador. En España no sabemos ni copiar las recetas ajenas. Recuerdo el furor “rasta” cuando una participante de un concurso-reality de cantantes llevaba el pelo con rastas; las miles de chaquetas blancas que se vendieron en España después de que la princesa Letizia apareciera con una en televisión el día de su pedida de mano; hay muchos más ejemplos cotidianos y grotescos de la manera en que tratamos de incorporar, venga bien o no, lo ajeno a nuestra vida. Es puro complejo. Nuestros políticos intentan sin conseguirlo ser hiper-comunicadores imitando los hitos de políticos de otros sitios: el impacto en internet, los mensajes buenistas, las citas de conectados a redes sociales, el famoso “cambio”, y en especial, la amnesia histórica… todo lo copiamos, y lo hacemos de la peor manera.
Tal vez es el momento para leer de nuevo las ideas de Hayek, y dárselas a leer tanto a quienes seguramente no las han leído como a aquellos que aseguran haberlo hecho. Sospecho que en su momento miraron por encima las palabras del maestro pero el mensaje no caló. Hayek explicaba que la planificación no funciona y que lo bueno de la libertad es que ofrece muchas oportunidades para acciones muy diversas. También explicaba que el orden espontáneo no implica caos, no es “que cada cual meta el codo en el riñón que quiera”, sino que hay unas normas aceptadas por todos, un recto comportamiento que se debe respetar y que ha aflorado por un proceso de evolución social.
La solución no va a venir de arriba, de un plan ideado por una meta-inteligencia, por una elite de funcionarios; la historia habla por sí sola. La solución solamente puede venir de la posibilidad de elegir entre diferentes actuaciones. Simplemente porque nadie la sabe y nadie la puede anticipar, lo mejor es permitir la diversidad para facilitar que se encuentre el mejor de los caminos para salir adelante… de abajo a arriba, y no al revés.
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Lo perjudicial de la situación no es que existan las indemnizaciones por despido, sino que éstas no se puedan pactar voluntariamente por las partes
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