Por Albert Esplugas Boter · Instituto Juan de Mariana. El Parlamento Europeo ha lanzado una campaña para fomentar la participación que incluye el eslogan “Si no vota, no se queje”. La idea detrás de este mensaje es que si quieres cambiar las cosas debes atenerte a las reglas del juego democráticas y votar por el partido que representa mejor tu visión reformista. Si no participas significa que te da igual quién gane las elecciones, que no te interesa cambiar nada y que te conformas con lo que salga.
Al fin y al cabo, si hubiera ganado “tu partido” querrías que gobernase. Ahora que ha ganado el adversario te toca ser consecuente y apechugar sin rechistar. Si votas, no te quejes
Pero es fácil darle la vuelta al mensaje: si te animas a jugar significa que aceptas las reglas del juego, de lo contrario no jugarías. Y si aceptas las reglas del juego aceptas que gobierne el partido más votado (porque esa es la regla primera de la democracia), aunque no sea el tuyo. Al fin y al cabo, si hubiera ganado “tu partido” querrías que gobernase. Ahora que ha ganado el adversario te toca ser consecuente y apechugar sin rechistar. Si votas, no te quejes.
¿Cuál de los dos argumentos tiene más fuerza? En realidad ambos parten de premisas dudosas. El primero asume que votando se puede cambiar cualquier cosa. Pero si la reforma a la que aspiras es muy ambiciosa a lo mejor ir a las urnas es fútil o incluso contraproducente. El segundo asume que votar implica aceptar el sistema. Pero si el sistema nos es impuesto aunque no votemos, entonces participar en él para evitar más daño puede ser un simple mecanismo de defensa.
Con respecto al voto, hay posturas liberales para todos los gustos. Algunos están a favor de abstenerse, otros están a favor de votar a partidos minoritarios “puristas”, otros creen que hay que votar al partido grande marginalmente menos malo.
En parte la elección de postura depende de nuestra preferencia temporal, algo que no siempre tenemos en cuenta a la hora de juzgar la idoneidad de cada una. Los abstencionistas arguyen que la no-participación deslegitima el sistema y que, a la larga, esa deslegitimización puede ser el germen de una reforma profunda. Los seguidores de partidos puros y marginales también tienen una visión largo-placista, pero albergan la esperanza de que la representación del partido aumente (o de que Ron Paul gane) y puedan hacerse algunos cambios radicales a medio plazo. Los votantes de partidos grandes (o peperos) a menudo tienen el punto de mira puesto en la próxima legislatura o en la siguiente. Éste sería un razonamiento pepero: la estrategia de la abstención podría dar frutos en 40 años o en un siglo (ni siquiera está claro que vaya a dar frutos), pero votando por el PP al menos nos aseguramos de que bajen un poco los impuestos en un par de años o que no regulen tanto la economía ahora que voy a buscar trabajo o empiezo un negocio.
Dejemos a un lado la cuestión de la preferencia temporal y centrémonos en otro aspecto estratégico esencial de cara a valorar el efecto de nuestro voto o de la abstención: el signalling o la señalización. Señalizar en jerga económica significa transmitir información relevante a otras personas a través de una determinada acción.
El liberalismo necesita liberales, y una forma de hacer que la gente se interese por el liberalismo es publicitando su “marca”. Si al actuar señalizamos ideas liberales, hacemos posible que otras personas descubran estas ideas y se vean atraídas por ellas. Si además la gente de nuestro entorno nos considera razonables y sensatos, es posible que sienta más curiosidad o conceda el beneficio de la duda a estas ideas aparentemente exóticas que defendemos.
La cuestión es, por tanto, ¿qué curso de acción señaliza mejor las ideas liberales: la abstención, el voto minoritario o el voto a un partido grande? El problema con la abstención es que señaliza muchas cosas. Puede señalizar pereza, conformismo, pasotismo, irresponsabilidad etc. Pero también tiene el potencial de señalizar una radical y coherente postura anti-sistema (”no voto porque no acepto el juego ni sus reglas”) susceptible de ser asociada con el liberalismo. De todos modos la principal virtud de la abstención es que no señaliza entusiasmo por el sistema, ni ansias de imponer algo a los demás o de que “los tuyos” alcancen el poder, ni disposición a hacer concesiones para que triunfe el mal menor.
El voto a un partido o candidato minoritario radicalmente liberal como podría ser el Libertarian Party o Ron Paul en Estados Unidos señaliza de forma más clara las ideas liberales. También puede señalizar marginalidad, pero tanto el LP como Ron Paul han capturado un nicho considerable que les concede cierto halo de respetabilidad. El problema con el voto al partido radical es que puede señalizar algunas de las actitudes pro-sistema que el abstencionismo no señaliza. El hecho de que Ron Paul tenga un mensaje tan anti-sistema y sea tan coherente con sus ideas en contraste con los vaivenes de los demás políticos contribuye a que sea visto como un candidato anti-sistema, por lo que votar a Ron Paul casi tiene todas las virtudes de la abstención sin ninguna de sus pegas.
El voto a un partido grande es el más problemático desde el punto de vista de la señalización, porque en el mejor de los casos el partido grande no tiene ideas liberales y no señalizamos liberalismo (ni postura anti-sistema), y en el peor de los casos es asociado con ideas liberales o se auto-califica de liberal sin que lo sea su programa, y acabamos señalizando como liberal una serie de principios y políticas que son intervencionistas. Este es uno de los mayores peligros que tiene el PP (o el Partido Republicano en USA o los Tories en Gran Bretaña): la influencia liberal en el partido se plasma más en su retórica que en sus políticas, que son casi tan intervencionistas como las de la izquierda, con el resultado de que la gente asocia al liberalismo políticas y realidades que le son ajenas. Esta señalización falseada confunde y aliena a potenciales liberales.
Desde el punto de vista de la señalización, por tanto, las opciones más efectivas son la abstención y el voto al partido o candidato radical. El liberalismo necesita publicidad, pero es preferible tener poca y que sea honesta, que tener mucha pero sea engañosa.
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