Friedrich August Von Hayek. (Viena, 8 de mayo de 1899 - Friburgo, 23 de marzo de 1992) fue filósofo y economista de la Escuela Austríaca, discípulo de Friedrich von Wieser y de Ludwig von Mises. Ha sido uno de los grandes economistas del siglo XX y es considerado por muchos uno de los padres del liberalismo moderno
Por León Gómez Rivas · Instituto Juan de Mariana. Escribo con mucho retraso una somera crónica del XIX Coloquio Liberty Fund celebrado a finales de enero en la ciudad de Guatemala en torno a la obra de Hayek Derecho, Legislación y Libertad. Forma parte de un interesantísimo programa que llevan adelante la fundación citada y la Universidad Francisco Marroquín, en el que participábamos dieciséis comentaristas de toda América y España. El sistema de trabajo, ya muy experimentado en los encuentros Liberty Fund, consiste en llevar estudiadas algunas lecturas seleccionadas por el director del Programa, que se someten a un comentario dialogado bajo la supervisión de un director de Discusiones.
No hay que llevar textos preparados ni salen actas editadas; se trata de hablar, pensar y discutir en torno a una mesa redonda. Con un resultado fascinante: son apenas dos días (eso sí, con un horario intenso de sesiones académicas y actividades conjuntas obligatorias) en los que uno disfruta tanto de la disputatio intelectual que se somete a consideración como del trato con unos colegas recién conocidos que al final resultan casi amigos de toda la vida.
Un mal comprendido cientismo ilustrado, que aspira a resolver todos los problemas humanos desde las racionalización constructivista, olvida que los hombres hemos progresado más bien gracias a la creatividad innovadora en un entorno de libertad
Me resulta complicado destacar alguna de las seis sesiones que analizaban la obra de Hayek, a través de unos capítulos escogidos. Pero dada la limitación del espacio en estas columnas no puedo menos que resaltar tres de ellas, comenzando por la primera: “Constructivismo versus orden espontáneo”. Empezamos reconociendo esta gran aportación hayekiana sobre los órdenes abiertos, la organización social espontánea en contrapartida a los sistemas planificadores (tan del gusto de muchos políticos de izquierdas y derechas) que pretenden imponer a los ciudadanos valores, criterios de conducta o incluso una pormenorizada lista de precios oficiales, como ocurría en los regímenes comunistas. Es una sutil y peligrosa tentación intelectual, a veces fruto de un mal comprendido cientismo ilustrado, que aspira a resolver todos los problemas humanos desde las racionalización constructivista, olvidando que los hombres hemos progresado más bien gracias a la creatividad innovadora en un entorno de libertad. (En España resulta muy fácil de comprender esta idea a la vista de la insistencia de los gobiernos socialistas por cambiar nuestras formas de vida y de pensar, con toda esa educación para la ciudadanía y sus obsesivos esfuerzos para convertir nuestro país en lo que no es, por mucho que ellos pienses que sea lo que debería ser…)
Resultan particularmente atractivas las páginas del capítulo sobre “Razón y evolución”, en las que Hayek menciona una pionera intuición de estas ideas en nuestros escolásticos de Salamanca, al hablar de los fenómenos que “son resultado de la acción humana, pero no del designio humano”. Y recuerda, citando a Luis de Molina, cómo entendieron aquellos doctores que se formaba el precio natural: a partir de la estimación común, en ausencia de fraude o engaño.
Esta primera discusión terminó derivando hacia una comparación de los sistemas jurídicos anglosajones (en los que Hayek pensaba al escribir su obra) basados en el Common Law, frente a los códigos jurídicos de la Europa continental; así como hacia una reflexión sobre el iusnaturalismo y su carácter moral, en contra de esa insistencia racionalista por crear la realidad y no reconocerla tal y como es.
Hayek menciona una pionera intuición de estas ideas en nuestros escolásticos de Salamanca, al hablar de los fenómenos que “son resultado de la acción humana, pero no del designio humano”
Paso a continuación a recordar las dos últimas sesiones: “La mal llamada justicia social” y “La constitución de Hayek”. En cuanto al tema de la justicia, también me parece una brillante aportación hayekiana ese aviso contra la tontería (no encuentro una palabra mejor) de creer que existe una justicia comunitaria… Él escribía pensando en que lo que tienen que ser justas son las reglas, no los resultados; que en un sistema abierto puede haber éxitos y fracasos (a veces, inmerecidos) con beneficios y responsabilidades personales; y en todo caso, la cuestión a perfilar sería qué mínimos de atención humanitaria son exigibles al Estado, siempre con la precaución de que no invada más de la cuenta las libertades individuales. Yo discutiría tal vez un cierto deslizamiento hacia el relativismo que se entrevé en la argumentación hayekiana, porque defiendo con mayor convicción la existencia de unos valores que sustentan la naturaleza humana al margen de culturas y de épocas. Lo que me reafirma en la postura de que la justicia debe ser algo personal, lo mismo que la libertad y la consiguiente responsabilidad.
Hayek cierra su libro proponiendo un nuevo modelo constitucional, que permitió enriquecer el debate del encuentro que vengo comentando. Como alguien señalaba, parece que el profesor austríaco es muy bueno en su diagnóstico de los problemas sociales, pero menos hábil a la hora de proponer soluciones. También se le regañaba por caer, precisamente, en la tentación constructivista que acababa de criticar. Pero claro, es comprensible que después de señalar los males de nuestra organización institucional se tenga la preocupación por ofrecer un camino alternativo.
Hayek pensó que lo que tienen que ser justas son las reglas, no los resultados; que en un sistema abierto puede haber éxitos y fracasos (a veces, inmerecidos) con beneficios y responsabilidades personales
Su propuesta descansa sobre dos principios básicos: el reconocimiento de unas normas de recta conducta y la limitación de los poderes del Gobierno. A partir de aquí, Hayek diseña un sistema con dos cuerpos representativos: una Asamblea Legislativa compuesta por personas de 45 a 60 años que son votadas por los ciudadanos de esa misma edad; y una Asamblea Gubernativa, más parecida a nuestros actuales parlamentos. Junto a ellos, un Tribunal de Cuentas y un Tribunal Constitucional (muy independiente, repite varias veces) vigilarían la acción de los gobiernos de turno.
El punto de partida también es provocativo, porque Hayek insiste en la idea de que la democracia no tiene por qué ser necesariamente un mecanismo social perfecto. Claro que son peores cualquier tipo de dictaduras, pero considerar angélicamente que un sistema democrático siempre funciona bien es de personas bastante ilusas. Hasta los mayores crímenes pueden cometerse con un impecable sistema democrático. La cuestión aquí es definir los límites de los poderes públicos y garantizar su independencia. Yo no hacía más que acordarme de nuestro sistema judicial en España, sometido a unas cámaras legislativas, que hacen lo mismo que propone el Gobierno: ¿dónde quedó la separación de poderes?
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