Por Antonio José Chinchetru · Instituto Juan de Mariana. La llamada revolución verde iraní parece estar desinflándose. Una vez más, las esperanzas de cambio en un país sometido a un régimen especialmente liberticida dan la impresión de irse al traste. Sin embargo, en su fracaso puede estar su triunfo. A partir de ahora, nada será igual en la antigua Persia.
Según pasaban los días y el régimen se negaba a reconocer la verdad, unas protestas destinadas a exigir un recuento limpio terminaron derivando en una enmienda a la totalidad
La falsificación de los datos de las últimas elecciones fue, para las autoridades religiosas del régimen, un error fatal difícilmente comprensible. El candidato denominado “reformista” y vencedor real de los comicios, Mir Hossein Mousavi, no suponía una amenaza de ningún tipo para la República Islámica. Al contrario, era una pieza totalmente integrada en el sistema. Lo que se dirimía en las urnas no era la continuidad del actual régimen o su desaparición. Lo que estaba en juego era tan sólo cuál de las corrientes internas conseguía controlar el poder civil. Un poder civil que además no tiene una fuerza real, al estar supeditado al religioso. Este último, a través de la acción del Guía Supremo, Alí Jamenei, y los seis clérigos que conforman el Consejo de Expertos, es el que controla la política del país.
El lenguaje habitual para referirse a las corrientes internas del régimen iraní da lugar a tremendos equívocos. Los denominados “reformistas” son en realidad conservadores teocráticos y los llamados “conservadores” son ultraconservadores, también teocráticos. Las diferencias entre unos y otros son de matices, posiblemente incluso menores que las que existían entre falangistas, carlistas y tecnócratas en el franquismo. Todo queda dentro del sistema. Mousavi está tan integrado en este último que consiguió el visto bueno del Consejo de Expertos para poder presentarse a presidente, algo impensable si estos clérigos hubieran pensado que ponía en juego la estructura política del país.
Muchos de los votantes, en un país en el que décadas de teocracia no han logrado terminar con una sociedad civil que tampoco pudo someter la monarquía de los Palevi, optaron por Mousavi por ser lo menos malo. No tenían una esperanza real en que supusiera un cambio real. Sin embargo, al robarle la victoria los ultraconservadores abrieron un proceso que sí supone una amenaza real para todo el sistema. Según pasaban los días y el régimen se negaba a reconocer la verdad, unas protestas destinadas a exigir un recuento limpio terminaron derivando en una enmienda a la totalidad por parte de un sector nada despreciable de la sociedad. El formado por los jóvenes, en Irán el 60% de la población es menos de 30 años; principalmente en las grandes ciudades.
Aunque estas protestas terminen a causa de la sangrienta represión que está ejerciendo el régimen, se ha abierto un proceso de desintegración del régimen difícil de cerrar. Si las autoridades de la República Islámica optan por el continuismo las revueltas volverán con mayor fuerza y será el fin de la teocracia. Si deciden ir abriéndose poco a poco, optando por pequeños cambios para que en lo esencial todo siga igual, habrán abierto un proceso que llevará de un modo u otro al fin de la teocracia shií. Como se vio en el antiguo bloque soviético, cuando se abren pequeños resquicios a la libertad los ciudadanos exigen más.
Los días de la República Islámica están contados en Irán. La única duda que queda ahora es si el proceso será de meses o de unos años, y cómo se producirá. La democracia en la vieja Persia está más cerca de lo que quieren reconocer los barbudos con turbante.
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