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(Woody Allen)

 

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Tribunas: IDEAS Y PUNTOS DE VISTA

LA QUE PUEDE APLICARSE

En defensa de la Libertad práctica

Peatóm | 17·08·2009 | 00:00 |
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Mona Breede

Por Berta García Faet · Instituto Juan de Mariana. La Libertad es uno de esos conceptos eternos que goza de más connotaciones positivas y, a la vez, adolece de michas lagunas de contenido específico. Como siempre, un prestigio desmedido no puede deberse sino a una polivalencia; no en vano ha sido la cualidad clave largamente tratada a lo largo de toda la historia de la filosofía y también de la ciencia política y la economía sobre todo desde la Modernidad, hasta el punto de que esas disciplinas se han modelado al compás de su evolución como concepto. De modo que se trata de un concepto histórico, esto es, varía según tiempos, lugares, corrientes y actores.Sin embargo, esta historicidad no significa que no podamos confrontar las “opciones” directamente, al menos en algunos casos, como propuestas teóricas, es decir, comparar pros y contras, rigurosidad, realismo y otros indicadores de validez, aunque siempre habrá un núcleo indemostrable, el final de una cadena de razonamientos, lógicos o de otro tipo. El propósito de este artículo es mostrar que, pese a esa irreductibilidad e incomparabilidad final (como por ejemplo el hombre rousseauniano bueno en contraposición al hombre malvado hobbesiano o en contraposición al hombre cultural inglehartiano), lo que sí puede establecerse es que las definiciones que subyacen a la corriente liberal son las que mejor se pueden aplicar en la práctica —si no las únicas—.

Miguel de Unamuno: “El liberalismo no sería eficaz mientras no hubiese un fuerte núcleo de liberales que se acuesten a las diez, no beban más que agua y no tengan querida

Aún hay más: el concepto de ‘Libertad’ al que apela el liberalismo, desde sus más diversas variantes, no se atasca frente a problemas epistemológicos u ontológicos sino que, “poniéndolos entre paréntesis” como diría Husserl, busca fundamentalmente poder aplicarse. Esta diferencia es capital. No en vano es un concepto básico en la ciencia económica y, concretamente, en las explicaciones austríacas de la crisis económica actual. Por el contrario, otros conceptos de ‘Libertad’ menos realistas no pueden insertarse en otras teorías (que, por otra parte, debería ser la función de los conceptos: articular teorías).

En mi opinión los grandes conceptos de ‘Libertad’ pueden abstraerse en dos grupos y subdividirse cada uno de ellos en otros dos. Están la libertad positiva —libertad como capacidad para hacer el bien y libertad como satisfacción de fines— y la libertad negativa —libertad como ausencia de determinantes y libertad como no coacción—.

La libertad como capacidad para hacer el bien tiene sus orígenes en la Antigua Grecia (Platón) pero llega hasta nuestros días: libertad para hallar la virtud, para conseguir la felicidad o eudaimonía, para actuar conforme a la razón o a la naturaleza. Es decir: sólo el sabio o el virtuoso es verdaderamente libre (de todo lo malo del mundo) cuando hace el bien. Hay una sumisión teleológica: no tiene sentido elegir libremente el mal. Esta idea puede sonarnos muy radical y moralista, y sin embargo grandes humanistas, sin ir más lejos Miguel de Unamuno, parecen haberla compartido. Dice Unamuno en su artículo Sobre la pornografía: “El hecho es, triste es decirlo, que en España parece como si la campaña contra el vicio hubiese estado vinculada a los reaccionarios. Y ésta es una de las causas del descrédito del liberalismo entre las personas limpias de corazón. (…) Yo escandalicé a ciertos liberales cuando en un banquete que se me dio en Bilbao dije que el liberalismo no sería eficaz mientras no hubiese un fuerte núcleo de liberales que se acuesten a las diez, no beban más que agua y no tengan querida.”

:: La Libertad como satisfacción de fines

El problema de esta forma de entender la libertad, claro está, es cómo discriminar el bien del mal. Simplemente observando cómo actúan los hombres, en base a qué principios, nos damos cuenta de que esta distinción no parece ser universal; y si existiera alguna moral “mínimo común denominadora” entre las culturas y las sensibilidades, no estaría tan clara y tan pormenorizada como para servir de base inequívoca para una regulación moderna. Una cuestión adicional (suponiendo que estuviera claro que el bien es objetivo, que ya es mucho suponer) es, por lo demás, quién tiene derecho a determinar quién no tiene derecho a experimentar y a equivocarse, y cómo distinguir entre los actos que merecen actuación de la sociedad (delito o crimen como robo o asesinato) y los actos que deben dirimirse privadamente (”falta moral” como infidelidad o incumplimiento de una promesa no profesional).

La libertad como satisfacción de fines es el concepto que más ha influido en la política (ya que es este concepto de libertad el que le da un sentido a la intervención política) y ha sido defendida por numerosos autores y corrientes; por poner dos ejemplos claros, el marxismo y, más actualmente, los teóricos del Estado del Bienestar (Giddens, Baumann, etc.). La idea es la siguiente: uno no es libre cuando nadie le pone una pistola en la cabeza cuando va a comprar una casa sino cuando realiza la compra. Si uno tiene necesidad de una vivienda, de nada le sirve la libertad burguesa que se limita a decirle que tiene derecho a adquirirla si finalmente no consigue comprarla.

Que un concepto “funcione” es más difícil y más importante de lo que a primera vista puede parecer. Su factibilidad es el primer paso para su aplicación, y parece mentira que esto tenga que recordarse de vez en cuando

Este concepto es tentador: efectivamente, si el individuo no consigue la vivienda, es tan infeliz y está tan insatisfecho tanto si es libre como si no; ¿y no es la felicidad el fin de la vida? Pero en realidad esconde una gran falacia, porque ignora una cualidad del mundo fundamental, que es la escasez: esa vivienda no se construye sola; se han invertido capital y trabajo —mejor: trabajadores— que necesitan ser retribuidos. Si esa vivienda se construyera mágicamente y nadie tuviera que recibir un dinero por ella con el que proseguir la persecución de su propia felicidad o satisfacción, el caso sería muy diferente. Sin embargo, no debemos olvidar que si nada es gratis es justamente porque los recursos son escasos y cuestan, no manan infinitamente y sin esfuerzo de la tierra. Si esa vivienda se le proporciona gratis a todo aquel que la desea, entonces los que la construyeron no cobran. ¿Y quién se preocupa por ellos? En otras palabras: el concepto de libertad como consecución de fines nos lleva a una contradicción fatal: para la felicidad de unos se ha de sacrificar la felicidad de otros.

La libertad como ausencia de determinantes es o bien una utopía o bien ignorancia. Según este concepto, las influencias sociales, la genética, las experiencias (paradigmáticamente las de la infancia), las características del entorno, la cultura, etc. no son más que un peso para el individuo, que tendría más bien que “vaciarse” para poder elegir en libertad. Sin embargo, las preguntas (las refutaciones) son claras: en primer lugar, ¿en base a qué elegiría entonces la persona? Esos “determinantes” múltiples, inasibles y, sobre todo, imponderables, son los que marcan el contenido de la acción libre. Siempre hay factores (ciertamente complejos) por los que nos gusta lo que nos gusta y queremos lo que queremos. Pretender que la libertad es la eliminación de esos factores es pretender que la libertad es la eliminación de los motivos, lo cual no tiene ningún sentido. La siguiente cuestión es la de cómo aplicar este concepto de libertad en la práctica: ¿cómo determinar qué ha sido adquirido y qué es innato? Y, ¿cómo determinar a priori si una influencia será positiva o negativa?

En definitiva, tenemos tres conceptos de libertad (como virtud, como felicidad y como ausencia de determinantes) que, si algún interés tienen en el plano filosófico, lo pierden totalmente cuando se trata de vivir, cuando se trata de hallar un concepto valioso a la hora de elegir las reglas del juego de nuestra sociedad. Por el contrario, analicemos la libertad como ausencia de coacción. Por supuesto, siempre se le impone un límite, y no nos pararemos a analizar las ventajas e inconvenientes de cada uno de ellos (aunque sería el paso siguiente): o bien la libertad ajena, o bien la libertad ajena y adicionalmente otros elementos más problemáticos como puedan ser las reglas morales intersubjetivamente adoptadas como más o menos objetivas y prescriptivas en una determinada sociedad (orden público, seguridad, vida, etc.).

De alguna manera, este concepto de la libertad se desentiende de lo que ha preocupado durante siglos a los filósofos: su génesis u origen y su contenido. Para los liberales, no importa qué quiere uno hacer si le dejan, ni por qué quiere hacerlo; no importa que esos fines y deseos sean producto de una influencia, una manipulación, una moda, un origen genético, una cultura, una concepción de la vida determinada. Lo único que importa —y, atención, lo único que se puede conocer y, en consecuencia, respecto a lo único que se puede regular y actuar— es si esa libertad se lleva a cabo dentro de unos límites, digamos, formales, susceptibles de control externo. El límite más básico es la libertad de los demás, es decir, la no coacción: porque este concepto no se ha construido en el limbo sino con los pies en el suelo, con un propósito muy concreto: que pueda aplicarse.

Que un concepto “funcione” es más difícil y más importante de lo que a primera vista puede parecer. Su factibilidad es el primer paso para su aplicación, y parece mentira que esto tenga que recordarse de vez en cuando. Por descontado, además de funcionar, tiene que ser un concepto apreciado y valorado por quienes a él se han de someter; de nada sirve que, por ejemplo, la igualdad ante la ley pudiera funcionar en cualquier lugar si en el país en el que se quiere aplicar se reniega de este principio. Pero lo que no hay que perder de vista es que los otros conceptos de la libertad no podrían aplicarse ni aunque se quisiera. Porque no se trata de voluntad política, sino de condiciones del mundo.

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