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Tribunas: IDEAS Y PUNTOS DE VISTA

DESACUERDOS Y CONVERGENCIAS

Por una teoría política razonable

Instituto Juan de Mariana | Peatóm | 23·11·2009 | 21:26 |
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Todo es política

Por Berta García Faet. En muchas ocasiones, cuando dos posturas políticas se enfrentan, nos da la sensación de que se interpelan desde universos diferentes, siendo el consenso, en estas condiciones tan precarias, normalmente infactible. Es lo que sucede, por ejemplo, cuando se sientan en una misma mesa —lo que sucede raramente, por cierto— un austríaco y un keynesiano, o un neoclásico y un deconstructivista. El debate entre “incompatibles” se restringe así espontánea y tristemente, pues el disenso es el mayor activador de la creatividad y a la vez el elemento molesto que le impide a uno aferrarse cómodamente a una teoría. En este artículo expondré brevemente lo que, en mi opinión, son las características básicas de una teoría política razonable, entendiendo por razonable el estar lista para salir al mundo y defenderse; y en un próximo artículo aplicaré este esquema al caso de la teoría política liberal.

La mayoría de los desacuerdos radican en la primera parte de nuestra definición, en la parte explicativa: en numerosas ocasiones vemos cómo distintas posturas se tiran los trastos a la cabeza, reprochándose objetivos siempre inmorales desde el otro bando, cuando en realidad, como casi siempre en democracia, precisamente los objetivos son lo único en lo que convergen

Soy de la opinión de que cuanto más clara sea la articulación de las teorías, más fácil será trazar un esquema de disensos, condición sine qua non para empezar a resolverlos o, al menos, para negociar. Esta propuesta interpretativa sólo tiene el objetivo -escasamente ambicioso- de comprender cuándo una teoría política es comprensible; pero sí tiene una utilidad clara: desechar las que no son dignas de ser comprendidas, esto es, las teorías morales o grupúsculo de prejuicios deslavazados revestidos de teorías políticas.

En primer lugar, concretemos: ¿cuál es el ámbito de lo político?, esto es, ¿qué competencias se apropia toda teoría política? La respuesta es clara: todas aquellas competencias que dicha teoría política considere de contenido vinculante para todos los miembros de la sociedad en la que se inserta. En otras palabras: más grande o más pequeño, toda teoría política traza un círculo delimitador de lo que será “ámbito público”, y lo rellena sustantivamente con sus propias propuestas. Por ejemplo: la teoría política socialdemócrata metería dentro del círculo asuntos tales como educación, salud, infraestructuras, cultura, defensa, empresa, etc. y lo rellenaría con atributos tales como laicidad, igualitarismo, paridad, sindicalismo, etc. Una teoría política liberal tendería a trazar un círculo muy pequeño en el que, según versiones, entrarían justicia, defensa, parte de educación y salud, etc. y lo rellenaría con atributos tales como sobriedad fiscal, equilibrio presupuestario, igualdad ante la ley, etc. Dicho con otras palabras: lo primero que hace una teoría política es delimitar el tamaño del ágora (respuesta a ¿hasta dónde llega lo público?), y lo segundo, amueblarla y diseñarle reglas (respuesta a ¿cómo queremos regular lo público?).

Una vez aclaradas las dos tareas básicas que cubren las teorías políticas, ya estamos en condiciones de caracterizarlas como fundamentalmente normativas. Lo normativo está en la raíz de lo político; es el carácter coactivo lo que destacan casi todos los teóricos (una excepción sería Schmitt): Weber, Schumpeter, Duverger, etc. Es el carácter formalmente prescriptivo lo que distingue a la política de la filosofía y de la moral, pues toda teoría política aspira a producir ley.

La siguiente pregunta a hacernos es la siguiente: ¿flotan las teorías políticas en la nada, o subyace algo determinante? Un marxista diría que la teoría política (una humilde superestructura, en sus términos) es fruto de la condición social del que la enuncia (la infraestructura). Me permito disentir profundamente de esta respuesta que considero errada por la teoría económica que le es implícita (economía como juego de suma cero), y propongo aquí otra explicación: toda teoría política contiene en sí misma unas prescripciones no del todo arbitrarias con respecto a sus propias bases implícitas, a saber: una teoría económica y una teoría antropológica (e incluso sociológica, sobre todo en el caso de las ideologías tradicionales del siglo XX).

Por eso es inconcebible pensar en la propuesta marxista de la dictadura del proletariado sin vincularla con su punto de partida económico (economía como juego de suma cero; economía como manipulación de la “superabundancia” inicial y final) y con su punto de partida antropológico-sociológico (lucha de clases). Del mismo modo, es imposible convencer racionalmente a nadie de la hipotética necesidad de privatizar la sanidad sin vincular esta propuesta con la teoría económica austríaca de la distorsión de los impuestos y la ineficiencia de lo público y una cierta idea de cómo actúa el individuo (cómo es su estructura de incentivos).

:: Desacuerdos y convergencias

Sólo admitiendo que toda teoría política es la suma de tres elementos, los unos aspirantes a científicos o al menos racionalmente discutibles (teoría económica y antropología), y el otro puramente moral (conjunto de valores personales de cada uno que se tratan de inferenciar al resto de la sociedad), podremos sacar algo en claro de todo este embrollo que es el panorama ideológico de la llamada post-modernidad

Esto equivale a decir que toda teoría política mínimamente razonable da un salto, como digo, no del todo arbitrario, desde un “es” (un “creemos que es así el mundo”) hasta un “debe ser” (un “creemos que el mundo debería ser así”). Separar una cosa de la otra es fundamental, sobre todo porque la mayoría de los desacuerdos radican en la primera parte de nuestra definición, en la parte explicativa: en numerosas ocasiones vemos cómo distintas posturas se tiran los trastos a la cabeza, reprochándose objetivos siempre inmorales desde el otro bando, cuando en realidad, como casi siempre en democracia, precisamente los objetivos son lo único en lo que convergen. Un ejemplo sería el los desacuerdos entre PP y PSOE sobre cómo afrontar la crisis (ambos acusan al otro bando de no querer afrontarla, en vez de criticar sus métodos). Otro ejemplo mucho más interesante y fructífero es el del debate, para el objetivo común de “acabar con la pobreza”, entre los teóricos austriacos y los teóricos del desarrollo: los primeros proponen algo totalmente diferente (acumulación de capital desde la base del sistema, o sea, libre y descentralizadamente) a los segundos (transferencias, regulación laboral y un nuevo paradigma de intercambio), y sin embargo no es extraño oír acusaciones idénticas, de uno al otro lado y viceversa, del tipo “queréis perpetuar la pobreza”.

Este esquema según el cual de la imbricación entre una teoría económica y una teoría antropológica puede darse el salto, mediante la introducción del elemento moral o desiderativo, hasta la teoría política (resultando de ella un elemento original: el prescriptivo), puede aplicarse a toda teoría política y puede contribuir a clarificar los debates y la cuestión de cómo estudiar la historia del pensamiento. No obstante, antes de que apliquemos este mismo esquema en el próximo artículo al caso de la teoría política liberal (si es que hay una, o sólo una), conviene matizar algo esencial: la teoría política tiene una estructura, pero no la actividad política en sí. Dice John R. Searle en su libro Libertad y neurobiología: “Todo poder político es cuestión de funciones de estatuto, razón por la cual todo poder político es un poder deóntico. Los poderes deónticos tienen que ver con los derechos, los deberes, las obligaciones, las autorizaciones, los permisos, la autoridad, etc. […] Sólo existe en la medida en que son admitidos, reconocidos o, incluso, aceptados.”

En otras palabras: de lo político, sabemos sólo, y como mucho, que se reconoce, aunque no sepamos por qué (entrarían en juego modelos explicativos del voto que nunca son definitivos). De la teoría política, por el contrario, sí sabemos lo que se propone, y también por qué (no las motivaciones últimas de los individuos que la enuncian, pero sí la estructura lógica de las mismas retrotrayéndonos hasta sus bases económicas y antropológicas).

En conclusión: sólo admitiendo que toda teoría política es la suma de tres elementos, los unos aspirantes a científicos o al menos racionalmente discutibles (teoría económica y antropología), y el otro puramente moral (conjunto de valores personales de cada uno que se tratan de inferenciar al resto de la sociedad), podremos sacar algo en claro de todo este embrollo que es el panorama ideológico de la llamada post-modernidad.

Y sobre todo: sólo así podremos detectar las falacias tan habituales que suponen los intentos de refutar la parte económica por la moral, o la moral por la antropológica (y así, todas las combinaciones entre los tres elementos y el resultado).

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